MIéRCOLES, 03 DE JUN.

Rosario Sin Secretos: de Los Toldos, a convertirse en “manto protector” y “abanderada”

Ríos de tinta han corrido para narrar la historia de una mujer que, en un poco más de tres décadas de existencia, revolucionó la historia social y política de la Argentina. En el 106º aniversario del nacimiento de Eva Perón, una pincelada más, con color rosarino.

 

“Mucha tela para cortar” hay en esta cuestión del “género”. Esto de “tejer” y “entretejer” redes, esto de “coser” y “unir los retazos” de una historia fragmentada, nos viene desde tiempos inmemoriales.

Fueron mujeres las que crearon la primera institución, pionera y decana -la Cofradía de la Virgen del Santísimo Rosario-, en los albores del incipiente poblado, allá por 1736, y que seguramente asistieron al oficio que se celebró, un día como hoy, en 1731, en el Curato del Pago de los Arroyos: el bautismo de Petrona Ávalos Medina, la primera rosarina «con papeles» inscripta en el flamante libro parroquial.

Fueron mujeres las que cosieron la primera Bandera creada para enaltecer la Soberanía argentina en aquel, no tan lejano, 1812, aquí mismo, en nuestras barrancas.

Fue una mujer rosarina la primera piloto en remontar un avión en Sudamérica y otra mujer rosarina la que llevó un deporte para pocos, como el tenis, a la práctica popular.

Todo está guardado en la memoria, como dice la canción, libre como el viento.

Por estos días, en 1949, llegaba a Rosario para participar de un encuentro con la CGT (Confederación General del Trabajo) local, María Eva Ibarguren, Duarte o Perón, Evita en el corazón popular, y subía uno de los primeros peldaños de su ascendencia entre las multitudes.

El mismo año en el que había tenido la “osadía” de enviar un avión cargado de ropa de invierno para los niños pobres negros de los barrios periféricos de la siempre “creciente y próspera” Washington, en los Estados Unidos, que causó un tremendo revuelo diplomático.

Ella, que sufrió en carne propia la miseria y la exclusión durante su niñez y adolescencia, torció su destino prefijado de pobreza a los quince años, cuando decidió irse a la Buenos Aires “de las luces europeizantes”, siguiendo el camino del teatro y la radiodifusión, el mismo que la llevó a participar de este festival solidario por las víctimas del terremoto de San Juan, donde conoció al entonces secretario de Trabajo y Previsión de la, conocida con el tiempo, Revolución del ’43.

Todo lo demás es ampliamente conocido, por eso sólo nos detendremos en dos tópicos:

Al ser rechazada, por “demasiado joven”, en la Sociedad de Beneficencia, creó la Fundación con la que construyó hospitales, asilos y escuelas, promovió colonias de vacaciones y difundió el deporte, organizando campeonatos que, en realidad, eran la excusa perfecta para conocer y seguir de cerca el desarrollo de la salud de los niños argentinos.

Si hay algo que la caracterizó especialmente fue su férrea voluntad en la promoción de los derechos sociales y laborales de la clase trabajadora.

Al recibir la ley 13.010 que permitió a la mujer argentina, votar y ser votada, dijo: “Recibo en este instante de manos del Gobierno de la Nación, la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo, ante vosotras, con la certeza que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria”.

A su muerte, en 1952, esta ciudad le levantó -en barrio Saladillo- el primer monumento del país a su memoria.

A instancias del gremio de la Carne, cuando el frigorífico Swift, de capitales ingleses, ubicado cerca del Matadero y el vaciadero municipal se enseñoreaba desde 1924, dando trabajo a miles y miles de trabajadores de todas las nacionalidades, se decidió levantar un memorial en la esquina de Lucero y Diana (hoy avenida del Rosario y Lituania).

 

Allí mismo, frente donde el “Turco Gul” tenía su tienda y mercería con mercadería «buena, bonita y barata», antes de venderle la propiedad al italiano Mario Chiess para que instalara, para alegría de los parroquianos, el emblemático bar, café y billares «Il Piave».

Allí, frente a la punta de línea del 54. Ese colectivo rojo, con líneas azules y blancas, dicen que por los colores del Club Central Córdoba, que iba desde el Molino Blanco que tuvo Urquiza en la hoy calle Ayacucho y el viejo puente del Saladillo, hasta la Estación Rosario Central. La misma imponente obra ferroviaria soñada y diseñada por Alan Campbell y ejecutada por William Wheelwright desde la que, hasta 1977, salieron trenes (¡hasta 100 por día!) y hoy alberga el Distrito Centro.

Allí, frente a la casa que compró Juan Pedro “Resorte” Berón, el campeón rosarino de boxeo criado en el Hogar del Huérfano y en Villa Manuelita, de Centeno al fondo, en el bajo Saladillo, al que una vez no permitieron entrar al cine Diana porque estaba sin calzado apropiado y sus amigos, mostrando y demostrando ese consuetudinario sentido de la amistad rosarina, se solidarizaron con él y devolvieron sus entradas.

 

El busto a Eva Perón levantado en 1952 sufrió todo tipo de vejaciones, desde la colocación de una bomba hasta ataques a martillazos por parte de los “servicios” y de los “comandos civiles” integrados por “adalides de la democracia”, en esa reaccionaria furia humana que pretende invisibilizar a golpes la historia, con incomprensibles actos vandálicos.

Muchas de las partes del material de la obra fueron recogidas y ocultadas celosamente durante años, al igual que el busto en mármol de Carrara que enterró, para protegerlo del odio antiperonista, en un monte santiagueño, la maestra rural Chela Pazos, obra que donó y hoy encontramos en el Salón «Puerto Argentino» del Concejo.

Cuando llegó 1992, el gremio de la carne convocó al talentoso Francisco Pelló Hernadis para que esculpiera la matriz del fabuloso monumento de cuerpo entero de Eva Perón, de 2 metros 30 centímetros de alto y 350 kilos de peso en bronce.

Estamos hablando de Paquito Valencia, tal su nombre artístico en sus comienzos, el artista que dedicó su vida a legarnos magníficas obras, entre ellas, el Monumento a los pilotos de la Fuerza Aérea Muertos en Acción instalada en Río Gallegos y que, gracias a las gestiones del Círculo de Egresados de los Cursos de Trascendencia del Poder Aeroespacional Nacional (CTPAN Rosario), los rosarinos pudimos admirar en el hall del Banco Nación, en 1983.

 

 

El mismo artista que, a sus 16 años, ganó la Medalla de Plata en el concurso de pintura 1951, de Amigos del Arte de Rosario, y que pintó las gigantografías al óleo sobre tela de lino con los retratos de los generales Manuel Belgrano y José de San Martín para la inauguración, en 1957, del Monumento a la Bandera, obras que fueron robadas y trabajos que nunca le pagaron.

El mismo Francisco Pelló que creó la única obra móvil de Sudamérica dedicada a honrar al Cooperativismo Internacional, ubicada en el parque de la Independencia.

Envuelta en la Bandera Argentina, con una mano en alto, y la otra sosteniendo unas tablas en las que está inscripta su emblemática frase: «Donde hay una necesidad, existe un derecho», la descomunal estatua de quien hoy se cumplen 106 años de su nacimiento, es la única en el interior del país, declarado por el Congreso, Monumento Nacional.

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