Rosario sin secretos: de mensajerías y otras yerbas…
Súbase, ¡ajústese los cinturones! Prepárese para un vertiginoso viaje hacia 1854. La diligencia nos espera!
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Jun 9, 2026
Ni el tren bala ni su llegada a la estratósfera nos permitirá llegar tan lejos como nuestra imaginación si nos ubicamos en el Rosario de 1854. Más precisamente, el día 8 de junio, cuando un decreto de entonces habilitó a “Mensajerías Nacionales, Postas y Caminos” a recorrer con carretones y diligencias a personas, bultos y mensajes.
¿Quiénes fueron los empresarios favorecidos con la concesión? Pues dos catalanes de ¡pura cepa! Juan Rusiñol y Joaquín Fillol
Desconocemos si fue algún ancestro de Ubaldo Matildo, el arquero que se desempeñó en River, Racing y en la selección nacional y que, junto al goleador Mario Kempes y al capitán Daniel Passarella nos dieron la primera alegría mundialista, pero que la empresa de los catalanes en el Rosario fue “un gol de media cancha”, no queda ninguna duda.
Una placa de mármol propuesta a iniciativa del Museo de la Ciudad “Wladimir Mikielievich”, recuerda la hazaña de aquel año en el que tantas cosas importantes sucedieron en el Rosario.
Está ubicada al frente de una conocida empresa aseguradora en Juan Manuel de Rosas, antes 25 de Diciembre (por la fecha del pronunciamiento de Urquiza contra Rosas) y mucho antes, y en su origen, calle Mensagerías (sic).
Rosario era, sin lugar a dudas, la capital económica del país a causa de la secesión de Buenos Aires. Eso lo tenían bien en claro Rusiñol y Fillol cuando instalaron el novedoso sistema de transporte que realizaba viajes con diligencias que tenían capacidad para 17 viajeros con sus equipajes, casi como una trafic moderna, pero sin gasto de combustible porque eran los caballos quienes tiraban de ellas. ¡La Patria se hizo a caballo!
Eso sí, para llegar a Córdoba se tardaba tres días; a Mendoza, diez y a Santa Fe, día y medio.
En el camino había postas para aprovisionarse, así que los pasajeros llevaban consigo una viandita sencilla cada vez que subían a esas galeras. Aun así, muchas de esas postas eran meros ranchitos con alguno que otro corral y agua de pozo. Memoraban, muchas de ellas, castillos medievales, ya que tenían en derredor puentes levadizos sobre fosos para protegerse de posibles asedios de malones de indios.
Llevábamos ya en 1854 dos años de flamante declaratoria de “Ciudad”, pero desde 1774, los caballos y las diligencias partían de la Bajada Grande (hoy la preciosa cortada Sargento Cabral, soldado heroico) también llamada San Miguel por ser la cuadra donde estaba la panadería de ese italiano, donde estaban los galpones más cercanos a las barrancas naturales que tendrían tan importante protagonismo en 1812 cuando Manuel Belgrano creó la escarapela el 23 de Febrero, y la Bandera nacional el 27 de Febrero, que hizo bendecir (él era profundamente mariano) por el padre Julián Navarro y jurar a todos sus soldados como lo establece la normativa castrense.
Fue justamente en 1774 cuando se estableció la «Posta del Rosario de los Arroyos», un servicio a caballo entre Buenos Aires y Asunción del Paraguay, hasta que llegaron Rusiñol y Fillol y más tarde Timoteo Gordillo, en 1858, cuando el gobierno de la Confederación firmó acuerdos con su empresa para conectar Rosario con Córdoba, Tucumán, Mendoza, La Rioja, Catamarca, Tucumán y Salta, transportando pasajeros, correspondencia y mercadería en carruajes.
Las primeras diligencias llegaron a Colonia Candelaria (hoy Casilda). Carlos Casado del Alisal (sí, el hombre que se yergue con su dedo inmenso en la esquina de Santa Fe y San Martín, obra en bronce de Eduardo Barnes para recordar al primer director del Banco Provincial que fundara Servando Bayo siendo gobernador de Santa Fe) mucho debe haber utilizado ese transporte primitivo porque llegó desde España a esta zona en 1857, año en el que Gordillo llegó a Rosario y se asoció con Justo José de Urquiza. Casado del Alisal ya para 1870 estaba casado (valga la redundancia) con Ramona Sastre Aramburu, la hija de Marcos Sastre; había fundado un banco con su nombre, con billetes propios, que luego vende al Banco de Londres, y con lo ganado con la venta de la entidad crediticia compra campos y más campos, dando origen a Casilda.
No es casualidad que el 12 de abril de 1878 realice la primera exportación de trigo a Europa, que traslada con su propio ferrocarril, el Oeste Santafesino, que concluía su recorrido en donde hoy está el Parque Urquiza, alguna vez llamado “Parque de los Derechos de la Ancianidad”.
El Sembrador, esa magnífica obra de Lucio Fontana que se puede apreciar sobre la avenida Belgrano tapa justamente la boca del túnel por la que ese ferrocarril accedía al puerto…
Y ya que viajamos tantos años atrás detengámonos un momento en aquel lugar que tiene un histórico mangrullo, y al que le dieron su nombre dos aborígenes de los pueblos originarios: el cacique Melín y su hijo Cué, los líderes ranqueles que forman parte de nuestras raíces más autóctonas y profundas, y que fueron masacrados en una batalla a orillas de esa laguna que los recuerda, Melincué.
Tal vez haya sido una maldición de “Nube Azul”, la esposa de Melín y madre de Cué, la que hizo crecer con su profundo dolor y tristeza, y logró inundar con su llanto haciendo crecer la laguna hasta hacer desaparecer mucha tierra firme en su derredor…
Mientras tanto, Gordillo, asociado a Justo José de Urquiza, traía consigo dos naves, desde Estados Unidos, cargadas con maquinaria agrícola, dos molinos, 150 carros de cuatro ruedas y 100 coches diligencias. ¿Adónde fueron a parar los molinos? Pues al querido barrio Saladillo, uno a la altura de Ayacucho y el arroyo (Molino Blanco) y otro en Anchorena y avenida Argentina (Molino Rojo). ¿Le suenan estos nombres relacionados con empresas de colectivos? Mucho más recientes, claro.
Después de Gordillo, fue un francés, Louis Saule, quien se hizo cargo de las Mensajerías Nacionales, en la línea Buenos Aires, Pergamino, Rosario y Santa Fe. Eso sí, con todo glamour, el francés había establecido precios diferenciales. Uno para viajar cómodamente en el interior, y una “clase turista” para los que se animaban a hacerlo en un apartado posterior, al aire libre, o en el pescante, al lado del mayoral. El riesgo eran las lanzas que podrían llover, las balas de los bandidos rurales dispuestos a saquear a los viajeros o las inclemencias del tiempo, pero, con la ayuda de Dios, todos llegaban a buen destino.
¿Le gustó la aventura? ¡Hasta el próximo Rosario Sin Secretos!


