MIéRCOLES, 03 DE JUN.

Rosario Sin Secretos: dos por uno, en un decreto, que “enlaza” a valiosas y valientes educadoras

Lo que hoy conocemos como avenida del Huerto, alguno vez se denominó “Enlace” y una plazoleta ubicada entre San Juan y La Rioja (no Rioja, como la llamamos a secas), las avenidas del Huerto y Belgrano, recibió en 1963 el nombre de una destacada docente del Normal Nº 1, “Arcelia Delgado de Arias”.

 

En la cuenca hidrográfica del Ebro, en España, existe un afluente al Tirón que se llama río Oja, vocablo que según algunos investigadores deriva de las palabras euskeras “ogga” y “oia”, que a su vez representa “bosque” o “valle” y que también podríamos emparentarla al latín “folia”, que termina siendo “hoja” en castellano.

¿A qué viene todo esto? Bueno, acompáñenos a hojear y a ojear algunas páginas de nuestra sabrosa historia vernácula, y se enterará.

El gobernador Patricio Cullen, un día como hoy, en 1863, decidió firmar un decreto para que se crearan dos colegios de niñas, uno en Santa Fe y otro en el Rosario, dirigidos por la congregación religiosa Hijas de María Santísima Nuestra Señora del Huerto, las que llegaron a esta ciudad ese mismo año representadas por la reverenda madre provincial María Clara Podestá y la hermana Inés Prefumo.

Faltaban todavía cuatro años para que Eudoro Carrasco pusiera su negocio a disposición de su viejo compañero tipógrafo Ovidio Lagos, con quien trabajó en la imprenta oficial porteña de Pedro de Angelis, a fin de crear en el Rosario el diario La Capital.

Por este motivo la llegada de las religiosas, a pesar de haber sido celebrada “con bombos y platillos”, no pudo salir publicada en aquella oportunidad en el Decano de la Prensa Argentina.

No obstante, uno de los más encumbrados hombres de la high society de la época, el salteño Aarón Castellanos, cedió para la propuesta educativa de Cullen una propiedad en la calle Comercio (hoy Laprida) entre Córdoba y Rioja (o La Rioja, la misma del Río Oja ibérico), que se convirtió en el primer colegio católico del Rosario, 163 años atrás.

Sí, todo quedaba cerca entonces. Castellanos ya había adquirido en un remate los restos del primer muelle que en 1856 había instalado el norteamericano, que algunas fuentes señalan de cuna británica, Edward Hopkins, destruido parcialmente por una fuerte crecida del río Paraná.

 

Cuando entregó la casa para las hermanas del Huerto, Castellanos ya hacía 10 años que había firmado con el ministro Manuel Leiva, en representación del gobernador Domingo Crespo, el primer Contrato de Colonización de la provincia.

Así fue como se originó la primera colonia agrícola organizada del país, Esperanza, cuna también del “Piognak” -Doctor Dios», en pilagá- el entrañable Esteban Laureano Maradona.

Cada 8 de septiembre allí se celebra la Fiesta Nacional de la Agricultura, recordando aquel 1856 en el que se instalaron las primeras 200 familias europeas a las que se les dio tierra, rancho, instrumentos de labranza, bueyes, caballos, semillas de algodón, tabaco, trigo, maíz, maní y tubérculos de papa para empezar a construir el modelo agroexportador de una entonces despoblada Argentina.

Hombre aguerrido este Aarón Castellanos, que hasta llegó a ser teniente de las Montoneras Infernales de Martín Miguel de Güemes en su Salta natal, y hace ya más de 200 años propuso explorar los ríos Bermejo, Paraguay y Paraná como vías de comunicación estratégica en las luchas por la independencia.

Mientras estuvo en Rosario fue uno de los mayores impulsores de la construcción del ferrocarril Rosario Buenos Aires y su propio muelle, ya restaurado, fue sin dudas el germen del progresista puerto que vio llegar tantos inmigrantes y exportar tanta riqueza, empezando por el primer embarque de trigo a Glasgow que partió de Colonia Candelaria (hoy Casilda) aquel 14 de abril de 1878, y que hace un par de días fue conmemorado en la Bolsa de Comercio. De “la Capital de la Miel” compartimos este enlace.

 

Por esas cosas que la Providencia dispone, la calle Castellanos cruza las arterias por las que circulaban los dos ramales que tenía -avenida Pellegrini (antes bulevar Argentino) y avenida Presidente Juan Domingo Perón (antes Francisco Godoy)- el Ferrocarril Oeste Santafesino construido por Carlos Casado del Alisal, el fundador de Casilda, que desemboca justamente en ese gran espacio verde que es el Urquiza, nominación que sustituyó la gloriosa y olvidada designación de Parque de los Derechos de la Ancianidad, y que fue el ámbito desde donde salió el primer embarque argentino de cereales. ¿Cuántos sabrán, al pasar por el lugar, que la boca del túnel ferroviario que terminaba en el puerto para descargar el cereal que nos convirtió en “el granero del mundo” fue tapada con la maravillosa obra escultórica de Lucio Fontana, “El Sembrador”?

Sin dudas, un trabajo artístico colosal a imagen y semejanza de los suizos, alemanes, franceses, luxemburgueses, belgas e italianos llegados y llevados a la Esperanza argentina.

Y como si esto fuera poco, la calle Hopkins, el dueño del primer muelle, está ubicada en la actualidad en el barrio Carlos Casado, aledaña a ese pequeño paisaje galo que emula diagonales de un barrio francés que convergen en la plaza ¡Argentina!

Pero ¿por qué llegamos en tren hasta acá, si titulamos con educadoras pioneras? Todo tiene que ver con todo, diría Pancho Ibáñez.

Castellanos fue quien cedió la primera casa para que las Hijas del Huerto fundaran el primer colegio católico de Rosario en 1863 y exactamente 100 años después, el decreto 28.625 firmado por el entonces comisionado municipal doctor Luis Beltramo, une en un mismo documento la nomenclatura para designar a ese tramo de la avenida “del Huerto” en honor al colegio creado y al mismo tiempo da nombre a la Plazoleta “Arcelia Delgado de Arias”, primera profesora diplomada nacional que actuó en Rosario -con acertado criterio- como regente, vice directora y finalmente directora del Colegio Normal Nº 1 “Dr. Nicolás Avellaneda”.

Por otra parte, Arcelia Delgado fue también una tenaz impulsora de una colonia de vacaciones escolar en Andino para recreo de las alumnas rosarinas y la principal promotora de la comisión presidida por el doctor Nicolás Amuchástegui para la erección de la estatua a Domingo Sarmiento que esculpiera el italiano Víctor de Pol.

 

 

El conjunto escultórico está ubicado en la plaza homónima que alguna vez fueron dos y recibieron los nombres de Iriondo y Urquiza. Sin embargo, la costumbre popular durante décadas la llamó Santa Rosa en virtud de su cercanía al templo parroquial edificado por los franciscanos bajo la advocación de la primera Santa de América, la limeña Isabel Flores de Oliva, ubicado en calle Mendoza, entre las de Entre Ríos y Corrientes, sobre aquel terreno donado por Ramón Sánchez, justamente el mismo año en el que las hermanas del Huerto llegaron al Rosario, 1863.

Ese importante solar céntrico que hoy constituye un nudo estratégico del transporte y un populoso enclave comercial de la ciudad, originalmente estaba ocupado por una laguna, que llevaba el nombre del propietario de las tierras, Sánchez, a la que rosarinos y extranjeros solían ir a pescar patos y ranas. Con el tiempo, iban a parar allí todos los desperdicios y animales muertos de la zona hasta que se decidió su secado y relleno al convertirse en un gran foco de infección para una ciudad que, sin prisa, pero sin pausa, no paraba de crecer y desarrollarse.

Nicolás Remigio Aurelio Avellaneda fue el primer presidente civil argentino. “El primero sin pistolas”, como le señalaría Sarmiento. Como su ministro de Justicia e Instrucción Pública, este tucumano defendió las ideas educadoras del gran sanjuanino, propició la ley de Inmigración y Colonización y cuando fue senador presentó la Ley de Universidades en 1885 que otorgó la autonomía a la enseñanza superior a nivel académico, respetando la libertad de enseñanza y de pensamiento en un claro antecedente de la reforma universitaria de 1918.

Y siguiendo con las coincidencias significativas, ayer mismo, en el aula magna de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario se proyectó “Puan”, nominada a los Premios Goya como mejor película iberoamericana y ganadora en el Premio Sur, Martín Fierro de Cine y en el Festival San Sebastián.

El conmovedor filme fue presentado por el profesor de historia Eduardo Taleti, en el marco de la jornada en defensa de la universidad pública “La Universidad no se apaga”. ¡Que así sea!

 

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