MIéRCOLES, 03 DE JUN.

Rosario Sin Secretos: el otro combate de San Lorenzo, al rugir de fusiles y cañones

Adolfo Saldías, abogado y vicegobernador de Buenos Aires lo escribe; Eudoro Carrasco lo transcribe y nosotros nos encontramos con aquel 16 de enero de 1846 para reflejarlo en esta columna que nos acerca a los orígenes de nuestra joven Patria.

 

Cuesta adentrarse en las escenas que vivieron quienes nos precedieron para lograr la independencia, la libertad, la soberanía ganada a fuerza de sangre y lucha. Ante tanto estímulo de informaciones de toda índole provenientes de todos los rincones de un Universo globalizado virtualmente, el sentido de pertenencia se va deformando con modas efímeras y costumbres ajenas que nos hacen preguntar sobre los distintos métodos que hoy se utilizan para una moderna colonización.

Por eso es tan importante volver a los orígenes. No para retroceder nostálgicamente, sino para comprender mejor este presente y tratar de vislumbrar y desarrollar un mejor futuro.

Bien señalan que todo órgano que no se usa se atrofia. La memoria no es un órgano, pero sí es la capacidad que nos posibilita registrar, conservar y evocar experiencias, propias y ajenas, para aprender y aprehender, y no volver a cometer viejos errores. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. El hombre olvidadizo, lo hace una y otra vez infinitesimalmente.

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San Lorenzo no es Rosario, pero su historia está íntimamente ligada a la nuestra por muchas razones. Entre otras, allí culminó sus días, octogenaria, aquella Catalina Etchevarría que tuvo el honor de coser, junto a otras damas y su servidumbre, el máximo símbolo nacional que Belgrano nos legó, convirtiéndonos en Cuna de la Bandera, para ser “libres de los reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.

En 1846 flotas inglesas y francesas se unieron para remontar los ríos y hacerse de las riquezas de esta tierra, burlándose del decreto del 22 de enero de 1841 que había declarado cerrados los ríos Paraná y Uruguay a la navegación de todo buque que no fuese patentado por el gobierno argentino bajo el pabellón nacional, considerando a los invasores verdaderos piratas.

Adolfo Saldías, abogado, historiador, escritor, periodista, militar, diplomático, ministro de Obras Públicas de Bernardo de Irigoyen y vicegobernador de Buenos Aires con Marcelino Ugarte lo escribe; Eudoro Carrasco lo transcribe en sus Anales y nosotros, navegando en la historia, nos encontramos con aquel 16 de enero de 1846 para reflejarlo en esta columna que, en conclusión, nos acerca a los orígenes de nuestra joven Patria.

Haciendo honor a esas luchas independentistas, trascribimos textuales este contenido republicado en el Rosario de 1897:

El día 16, los anglo franceses y su convoy, llegaron a la altura de San Lorenzo.

Aquí tronó otra vez con gloria el cañón de Obligado.

En la expectativa segura de un combate, Mansilla había colocado en las barrancas de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la Punta del Quebrado (poco más de una legua), ocho piezas de artillería ocultas bajo montones de yuyos, 250 carabineros y 100 infantes de las milicias de San Nicolás y San Pedro, tendidos en el suelo, y había dado a los oficiales la orden de no aparecer a la vista del enemigo ni hacer la más leve demostración, fuesen cuales fuesen las hostilidades de éste, hasta que él no diese la señal general de ataque. Así espero hasta las 11 de la mañana en que aparecieron el vapor Gorgon, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin, King y dos goletas armadas en la Colonia, o sea, 6 buques de guerra con 37 cañones de grueso calibre, convoyando 52 buques mercantes.

Cuando enfrentó una parte del convoy, la Expeditive y el Gorgon hicieron tres disparos a bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla.

Los soldados argentinos permanecieron ocultos en sus puestos a tal punto que la costa parecía desguarnecida. Cuando Mansilla vio que todo el convoy se encontraba en la angostura del río que se pronuncia en San Lorenzo arriba, dio la señal de ataque. Un vivísimo fuego de cañón y fusil llevó la sorpresa al enemigo, particularmente a los buques mercantes que en la confusión rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos aumentado con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra.

Los buques de guerra los auxiliaban con sus lanchas aliviándolos en lo posible para que siguiesen aguas arriba y enfilando toda su poderosa artillería contra las baterías de tierra mandadas respectivamente por el mayor José Sereso y los capitales Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray.

A las cuatro de la tarde, el combate continuaba recio todavía, y el convoy no compensaba lo andado con sus grandes averías, pues si favorecido por el viento en popa, y a la retaguardia de los buques que vomitaban sin cesar un fuego mortífero, había conseguido aproximarse a El Quebracho, Mansilla iba reconcentrado sus fuerzas en el mismo punto y debía hacerles más daño aún.

En el Quebracho fue el duro batallar hasta después de puesto el sol, cuando desmontados cuatro de los cañones de Mansilla, y neutralizados sus fuegos de fusilería por el cañón enemigo, el convoy pudo salvar la punta del Quebracho con grandes averías en los buques de guerra, pérdidas de consideración en las manufacturas, y más de 40 hombres fuera de combate. El contralmirante Inglefield en su parta oficial al almirantazgo británico dice: “que los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media, que apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo”. Debido a las ventajas de su posición, la pérdida de los argentinos fue insignificante, y el general Mansilla pudo decir con verdad que habíale tocado una vez más el honor de sostener el pabellón de la Patria en el paraje de San Lorenzo, que regó con su sangre el general San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos granaderos a caballo.

A pesar del desastre que significó para ellos, la flota anglofrancesa continuó río arriba para reacomodar fuerzas. En junio emprendió el retorno y otra vez, Lucio Norberto Mansilla, el cuñado del brigadier Juan Manuel de Rosas, les haría frente en la Angostura del Quebrado, para poner fin al hostigamiento pirata.

Habría que revisar si el Día de la Soberanía, en lugar de ser el 20 de noviembre que recuerda a 1845, no debiera ser el 4 de junio, memorando aquel glorioso día de 1846 frente a Puerto General San Martín.

No sólo las cadenas de la Vuelta de Obligado contribuyeron a lograr la soberanía. La historia no se termina en la General Paz.

 

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