Rosario sin secretos: ¿mamá, momá o Manuel? Belgrano y el “squadron” nos interpelan
Frente a un río caudaloso y calmo a un mismo tiempo, por el que pasan a diario decenas de barcos transportando incalculables riquezas, va surgiendo el rostro agigantado de Manuel Belgrano, el hombre noble que nos dio Bandera y que pareciera mirar en lontananza, preguntándose e interrogándonos por el futuro de la Patria.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Jun 5, 2025
Justo se estaba cumpliendo el 179º aniversario del triunfo de una comunidad organizada en la Angostura Punta Quebracho, ante una poderosísima flota que avanzaba por las venas fluviales del continente americano para quedarse con sus riquezas y territorios, cuando empezaba a emerger el motivo del nuevo mural que lucirá la pared Este del Palacio de los Leones que da hacia el Monumento Nacional a la Bandera.
Ya estaba estampado el tradicional graffiti como herramienta de comunicación que utiliza el artista Martín Ron al iniciar sus trabajos.
Su squad (equipo) convertido en “squadron” venía realizando toda la previa de cuadrícula y diseño. Hubo quienes conocían que, como sello personal, el muralista escribía “Hola Mamá” para saludar a su progenitora, algo que nació como un chiste y que, al ver que el mensaje era bien recibido entre los transeúntes, continuó como cábala.
Hubo también quienes leyeron “Hola Momá”, y lo increíble, y casi providencial, fue que muchos ojos creyeron ver en las palabras estampadas en la alta pared, la frase “Hola Manuel”, quizás por el rasgo final de la última letra, tal vez por la enorme figura que honraba el dibujo.
Así respondieron un alto funcionario del Concejo, un vendedor ambulante de turrones y un vecino de un edificio del casco histórico que acertaron a pasar por el lugar, al ser consultados.
Por la pregunta, formulada también a los jóvenes estudiantes del Liceo Avellaneda que tomaban el tibio y neblinoso sol de otoño a la vera del Monumento, recibimos la misma respuesta casi al unísono: “Hola Manuel”.
Ahora bien, relacionamos todo lo ocurrido en el espacio y en el tiempo…
Desde 1974, el 20 de noviembre es el Día de la Soberanía Nacional, en memoria de aquella fecha cuando, en 1845, el general Lucio Norberto Mansilla y el coronel Martín de Santa Coloma, iniciaron una férrea defensa en las aguas del Paraná, ante la invasión anglo francesa que decidió imponer -por la fuerza, bloqueando el puerto del Río de la Plata y pretendiendo liberarse de los impuestos de la Aduana en la Buenos Aires de Rosas- el libre comercio con las provincias del interior.
Ya habíamos transcurrido 1806 y 1807, enfrentando invasiones inglesas.
En 1810, estalló el espíritu revolucionario. Domingo French y Antonio Berutti no repartían escarapelas como nos aseguraban las revistas infantiles. La escarapela, tal como la conocemos, la creó Belgrano cuando el 13 de febrero de 1812 mandó al Triunvirato, desde aquí, un pedido de autorización para confeccionarla; el 18 le respondieron afirmativamente, y el 23 de febrero la estrenamos en el Rosario por primera vez. Así que no nos equivocamos si decimos que somos Cuna de la Bandera y también de la Escarapela.
Las del 25 de Mayo de 1810 eran unas cintitas identificatorias, para evitar infiltrados en el Cabildo Abierto, pero junto a ellas, se repartían armas. ¿Acaso a los criollos de la Legión Infernal no los llamaban “los chisperos”?
En 1812, en el Rosario, junto a las baterías Libertad e Independencia, Cosme Maciel enarboló (¿la habrá encaramado a algún árbol?) la Bandera argentina, pese a los denodados esfuerzos de Bernardino de la Trinidad González de Rivadavia y Rodríguez de Rivadavia -el largo de su nombre era inversamente proporcional a su estatura- por hacerla desaparecer, destruir o esconder. ¡Menos mal que no existía el whatsapp en ese entonces y Belgrano no se enteró de esa orden porque ya se había marchado hacia al Norte con el ejército para seguir la ardua empresa independentista que tantas vidas de patriotas se cobró!
En 1816, Tucumán sería la Cuna de la Independencia.
Recién en 1853, en Santa Fe, se declaró y firmó la Constitución Nacional Argentina.
En el interín, pasaron cosas… ¡Muchas! ¡Hasta una guerra en el río Paraná!
Lo sucedido había sido casi una réplica de la lucha de David contra Goliat, con el desarrollo de un acontecimiento bélico internacional inscripto en las páginas de nuestra historia vernácula, tantas veces invisibilizada.
En esa oportunidad, las tropas argentinas, pese al admirable esfuerzo de “encadenar el río” de Mansilla, fueron derrotadas en la Vuelta de Obligado.
Sin embargo, la aventura filibustera no les resultó tan fácil en nuestras costas. Especialmente a pocos kilómetros del Rosario, cuando venían pegando la vuelta, a la altura de la que es hoy la ciudad de Puerto General San Martín, donde se libró la última de esas batallas, consolidando la soberanía.
Legisladores nacionales, ¿no estaría siendo hora de cambiar el 20 de Noviembre por el 4 de Junio para celebrar el Día de la Soberanía Nacional? En terreno bonaerense perdimos como local, y acá, en el santafesino, ganamos. ¿Acaso no se aconseja ir en busca del origen?
Mientras tanto, desde esta columna, seguimos apostando a nuestra identidad rosarina:
Los ensordecedores truenos e impresionantes fogonazos aterrorizaron a Felisa Juárez Correa, la hija de Petrona Correa Gómez Recio, cuando estaba en la azotea de la casa de Laureana Correa de Banegas, sobre calle Aduana, aquel 4 de junio de 1846.
¿Quién era Laureana? La ferviente devota de la Virgen María que propició la fundación de la basílica San José, de Cochabamba y San Martín y del Hospital de Caridad, de Alem y 9 de Julio, y la piadosa madrina del joven Cleto Mariano Grandoli, abanderado del Batallón 1º de Santa Fe que murió abrazado a la Bandera argentina en Curupaytí, cuya sangre -¡tenía 17 años!-, quedó impregnada y eterna en la enseña blanca y celeste que podemos ver en el Museo Histórico Provincial “Dr. Julio Marc”, en el parque de la Independencia, antes de su inminente cierre por refacciones.
Cuando la joven Felisa tenía apenas 14 años y ni siquiera soñaba con casarse con el teniente coronel Estanislao Zeballos, el “bautizador” de las calles rosarinas, autor del primer censo y ayudante del gobernador Juan Pablo López; ser madre del multifacético Estanislao Severo Zeballos, y convertirse también en caritativa dama ejerciendo el cargo de secretaria del Hospicio de Huérfanos y Expósitos de calle Laprida al 2100, se desataba la batalla de la Angostura de Punta Quebracho. ¿Cómo no recordar y narrarle a Eudoro Carrasco para que lo transmita a la posteridad esas angustiosas y vívidas experiencias?
Porque más que una batalla, fue una verdadera guerra protagonizada sobre las aguas de nuestro río Paraná por un convoy de 95 buques de las flotas imperialistas más poderosas del mundo de entonces, Inglaterra y Francia.
¡Cuántos mensajes nos tira la historia, ¿verdad?!
Una imagen de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano mirando hacia la Llama Votiva encendida en memoria del Soldado Desconocido, en el Monumento erigido en honor a su propia creación.
A su izquierda, el río Paraná, testigo natural de tantas batallas en las que se defendió la Soberanía y la Patria a sangre y fuego, por donde pasó una flota poderosísima a la que se le hizo frente con municiones, piedras y cadenas, y se la venció.
Y a su derecha, el enorme caserón con 80 habitaciones que mandó construir Camilo Aldao y en el que actualmente se brinda educación a hombres y mujeres jóvenes -aquello por lo que tanto bregó-, el Liceo “Nicolás Avellaneda”.
Por esas cosas que tiene la historia, en ese sitio (aunque con un piso menos, el tercero ya no existe), alguna vez funcionó, con elegantes porteros vestidos de librea, el lujoso y distinguido Grand Hotel (el primero en la historia rosarina con agua caliente) ¡de France et Angleterre!




