Rosario Sin Secretos: más perdidos que de Frías en el Pago de los Arroyos
A propósito del Tricentenario en este 2025, ¿cuántos años tenemos por detrás? 300? 336? 280? Al igual que la ley de relatividad de Einstein y acriollando la fórmula del genial científico que, por otra parte, también anduvo por estos pagos, sin dudas que ¡“todo es del color del cristal con que se mira! Abundan jugosas versiones. ¿Nos sumergimos en algunas de ellas?
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Jul 16, 2025
Dice el saber popular, que encierra todo el saber, que “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. Sin llegar a ese extremo, y con el debido respeto por los no videntes y amblíopes, encaramos esta columna con la sana intención de despertar la curiosidad en los lectores sobre nuestra historia vernácula y para incentivarlos en la búsqueda de datos que coadyuven a descubrir nuestra identidad y esencia.
En julio de 1810 un grupo de valientes defendieron la Capilla del Rosario, al mando del jefe de milicias, Pedro Moreno (uno de los que salió a recibir a Belgrano aquel 7 de febrero de 1812 a “las afueras de la aldea”: hoy Pellegrini y Buenos Aires, al llegar aquí para levantar las baterías Libertad e Independencia y convertirnos en Cuna de la Bandera y de la Escarapela), y dispararon desde la costa a embarcaciones realistas, capturando cuatro tripulantes.
Emulados por ellos, acá estamos, “atacando”, a nuestra manera, las sombras de la indiferencia hacia el pasado que tenemos en común, a las orillas del teclado, y confesando que, más investigamos, más datos deseamos compartir para que, a su vez, cada uno lo comparta con su familia y amigos. No se puede defender lo que no se ama, no se ama lo que no se conoce…
Allá por julio de 1810, recién saliditos de la Revolución de la Patria, mientras las mujeres fabricaban pan para los soldados y cosían las vestimentas que usaban los milicianos, algunos vecinos, entre ellos, Grandoli, Benegas, Tuella y hasta el mismísimo cura Julián Navarro, donaban materiales para construir algunas fortificaciones que impidieran el paso realista, y al mismo tiempo escondían la hacienda tierra adentro para evitar saqueos.
Fue precisamente Pedro Tuella quien escribió por primera vez la historia del Rosario en un diario porteño, del que era único suscriptor, recogiendo las vivencias y la tradición oral que los propios y más viejos vecinos del poblado le habían relatado.
Buscando en este sitio digital, Conclusión, encontrarán imperdibles escritos que hemos reproducido y ofrecido en cuatro entregas para hacer un viaje en el tiempo que nos pudiera trasladar a la realidad del villorio en 1801. Algo así como subirnos a un DeLorean y llegar al pasado a través de las palabras, sin movernos del Siglo 21.
Sabemos que el primer propietario, Luis Romero de Pineda, tuvo la escritura de su merced real allá por 1689, pero eso no quiere decir que haya habitado estas tierras.
El Arbolito de la Cruz, mojón ubicado en España y el río, en el Parque de las Colectividades, señalado y rescatado por iniciativa de la delegación sur del Colegio de Profesionales de la Agrimensura y la Asociación de Profesionales de Agrimensura, definió el límite de la vasta herencia de Romero de Pineda otorgada a sus hijas, Francisca y Juana, siendo ésta la primera señal territorial de división de estas tierras.
Si bien el Oratorio de Nuestra Señora de la Concepción se levantó primeramente en lo que hoy constituye el querido barrio Saladillo, donde enterraron al vasco Beláustegui, el primer difunto que tuvo el Pago de los Arroyos (cuando le quede algún tiempito ver la nota “de la cuna a la tumba, una historia que retumba”), por decisión del hijo de Juana se fueron a vivir a la zona que hoy conocemos como microcentro, «igual que concejal electo”.
¡Claro, no es lo mismo vivir a la orilla del arroyo Saladillo, por más aguas curativas que tuviera y que tan bien supo aprovechar aquel muchachito español, Manolete Arijón, que con sólo quince años llegó a Montevideo con su padre y después de un par de años se vino al Rosario, “con una mano atrás y otra adelante” (preguntarle a los abuelos que significa esta expresión), que aposentarse con vista al frente del majestuoso y bravío “pariente del Mar”, que eso es lo que significa en idioma aborigen, el nombre del río Paraná.
El importado de la Coruña, Arijón, empezó como dependiente de un almacén que Luis Lamas había instalado en la periferia del poblado, allá por Córdoba y España, calle esta última que en esa época recibía el hermoso nombre de “Orden”.
Don Manuel, que levantó un palacio en la esquina de Comercio (Laprida) y Santa Fe, demolido por la “modernidad”, amasó una impresionante fortuna sin abandonar jamás la cultura del trabajo, especie en extinción en algunos hogares y lugares. Claro que no tuvo que soportar ni períodos de consuetudinarias inflaciones ni la voraz sociedad de consumo que hoy nos ahoga y pone barreras a la felicidad.
Bien, como decíamos. Si tomamos como fecha a Luis Romero de Pineda, tenemos 336 años.
Si, en cambio, nos referenciamos con la llegada a estas tierras de Francisco Godoi (así se escribía originalmente su apellido vasco) junto a los pacíficos y ya cristianizados calchaquíes, estamos en los 300 del Tricentenario.
Pero, hete aquí, que esta fecha fue defenestrada por eruditos historiadores académicos quienes aducían no haber encontrado “ningún documento que respaldara su existencia”. ¿Será porque buscaron Godoy con “y griega” o “ye”, como nadie menciona a la penúltima letra de nuestro riquísimo alfabeto?
Por otra parte, en una época en la que todo era europeizante y europensante, parece no haber tenido mucho “glamour” descender del mestizaje, y Godoi, su familia y sus hombres y mujeres de pueblos originarios, fueron enterrados en el olvido, hasta el punto de llegar a decirse que en el Rosario ¡no hubo indígenas! y que sólo descendíamos de españoles, italianos, árabes, croatas, griegos, ingleses o alemanes, especialmente después del aluvión inmigratorio que transformó tanto la demografía como la cultura de la ciudad.
Así, de los 7.000 que éramos en 1852 cuando se abrió la libre navegación del río Paraná a partir de la designación de Ciudad en épocas de la Confederación, pasamos a ser 23.000 -según el censo de 1869- y, en poco tiempo más, 45.000, con un 70% de población foránea, convirtiendo al Rosario en la Meca de los extranjeros.
Pero el ninguneo de los aborígenes fue hasta 1925, año en el que “tiraron la casa por la ventana” para celebrar el Bicentenario al que asistió hasta el mismísimo presidente radical Máximo Marcelo Torcuato de Alvear Pacheco, el estudiante díscolo descendiente de la más alta aristocracia porteña que había sido expulsado de todos los colegios y terminó la secundaria en el Nacional Nº 1 de Rosario, donde cursó junto a Elpidio González, hijo del coronel Domingo González, viejo soldado federal del Chacho Peñaloza, a quien llevó en su fórmula radical cuando fue elegido presidente de los argentinos.
Les compartimos una foto histórica de aquel insigne colegio, gentileza del estimado colega Oscar Martino, quien fue “la voz” durante tantos años de la lamentablemente desaparecida FM Tango, pero que hoy podemos escuchar de 5.30 a 7.30, y de 15 a 17, en AM 1330.

Otro dato que nos convierte en únicos a los rosarinos: la de Alvear y González es la única fórmula presidencial que honró una amistad juvenil, aun cuando el dandy “Torcuatito” como le decían las damas más rancias de la alta alcurnia, el primer presidente argentino que habló por radio, uno de los ideólogos de la Revolución del Parque allá por 1890, persiguiera durante ocho años, en sus giras por toda Europa, hasta lograr casarse en Lisboa con la soprano portuguesa, de ascendencia italiana y andaluza, Regina Pacini, la misma que dejó -entre muchos de sus legados-, la Casa del Teatro en Buenos Aires, por un lado, y, por el otro, el joven Elpidio terminara en la miseria como vendedor ambulante ofreciendo anilinas Colibrí y recibiendo orden de desalojo de la pensión en la que vivió sus últimos años cuando se ensanchó la 9 de Julio, en Buenos Aires.

¿Cuántos políticos y funcionarios sabrán que Elpidio González rechazó una jubilación de privilegio por considerarla indigna? Fue la primera que se creó en el país para ayudar en su desgracia a este honesto funcionario y es la misma que todavía siguen usufructuando hoy muchos sin tan siquiera darle las gracias o recordar a quien la originó.
Buena oportunidad este 1 de agosto para recordarlo con algún acto reivindicatorio que le rinda homenaje a 150 años de su nacimiento en Rosario y, bueno sería, solicitar la derogación de esa ley. ¿No es mucho pedir, verdad? Más aún en esta época en la que se dice que para los discapacitados y los jubilados con la mínima “no hay plata”.

Volviendo al Godoy que originó el festejo del Bicentenario en 1925, en el que no sólo se organizaron fastuosas fiestas y espectáculos, sino que se nos dejó a las siguientes generaciones muchísimo legado, fundamentalmente en bellísimas obras, vale resaltar un dato significativo: igual que a su compatriota vizcaíno, Bruno Mauricio de Zabala Cortázar Churruca y Estarte, el gobernador rioplatense que ordenó la creación del Curato del Pago de los Arroyos en 1730, a quien dejaron sin su Pasaje Zabala, ese que conduce al PAMI I de calle Sarmiento (antes Libertad) entrando por Mitre (antes Progreso), al vasco Godoi le mutaron su nomenclatura y convive como “ex” de avenida Juan Domingo Perón.
Lo bueno es que también hubo quienes defendieron y creyeron en el escrito de Tuella, entre ellos, Eudoro y Gabriel Carrasco, José Oliva Nogueira, Fausto Hernández y hasta el inefable Wladimir Mikilievich, inagotables fuentes en las que podemos abrevar para seguir buceando en nuestra historia, y develando sus secretos.
El Cabildo de Santa Fe designó en 1725 el primer Alcalde de la Santa Hermandad para el Pago de los Arroyos, determinación establecida en las Leyes de Indias, libro 5, título 4, ley 1.
¿Por qué “de la Santa Hermandad”? Simplemente porque los Reyes Católicos pretendían se cumpliera aquello de “amarás al prójimo como a ti mismo” y además, y lo precisa específicamente en su reglamentación: “por las distancias que hay de unas poblaciones a otras, y refrenar los excesos cometidos en lugares yermos y despoblados por la mucha gente ociosa vagabunda y perdida que vive en ellas, con grave detrimento de los caminantes y personas que habitan en partes desiertas, sin vecindad ni comunicación de quien los ayude en la necesidad, robos e injurias que padecen…”
El nombramiento existió y permanece desde el 1 de enero de 1725 en las Actas Capitulares del Cabildo de Santa Fe, pero recién fue descubierto por el Decano de la Prensa Argentina el Día de la Escarapela, ya que así lo publicó el 23 de febrero último en su versión online.

Pero sucede que a Francisco de Frías se lo nombra ad honorem y sin asignársele ningún lugar fijo porque no había ningún pueblo formado, así que su tarea era recorrer a caballo la extensa territorialidad en forma ambulante.
La bella fotografía de portada, gentilmente cedida por la doctora Patricia Ferrerya, reconocida profesional que tuvo el privilegio de conocer y atender a Wladimir Mikilievich, y con quien nos unió, alguna vez, el deseo de salvar una mural olvidado de Vanzo, nos permite tomar conciencia visual de lo que pudo haber sido la capilla del Rosario por 1725…
De Frías, el primer Alcalde de la Hermandad, supo elevar su queja en estos términos: “quien suscribe …habiendo de salir a correr el partido, no tiene conocimiento del deslinde y hasta qué paraje llega, haciéndose necesario se le diga por expreso escrito, en el que constará para qué se quiere”, texto que originó el título de esta nota de manera coloquial para tomar dimensión, en tiempo y espacio, de lo que significaba este cargo al que fue obligado a ejercer en cuatro períodos el novel funcionario, que terminó siendo “enterrado de limosna”, marcando esto un desagradable antecedente de desagradecimiento ciudadano que es necesario rever.
El preclaro historiador Manuel Cervera sostuvo que la capilla que hizo construir Santiago Montenegro fue levantada sobre las ruinas del oratorio de Domingo Gómez Recio. Estas tierras, que después donó para la realización del templo, y que comenzaron a delinear la urbanización del poblado, se las compró al porteño Narciso José de Suero, a quien le habían quedado en pago por su rol de acreedor quirografario en las deudas del heredero de Romero de Pineda.
El apasionado e incansable investigador, ingeniero Augusto Fernández Díaz, postula, en cambio, que los verdaderos orígenes del Rosario deberían fijarse por 1745/46, porque es la fecha en la que comienza a realizarse la obra del nuevo templo, otorgando al primer urbanizador, el santiagueño Montenegro, la responsabilidad de esa fundación.
En una nota publicada en La Capital, Fernández Díaz nos recuerda que, en 1763, a raíz de la territorialización en lonjas, en lugar de la actual distribución de los lotes en las clásicas “manzanas” cuadradas que constituyen el damero español, sólo había dos edificios que tenían una posición correcta: uno, la capilla construida por Montenegro y el otro, la casa del maestre de campo, Pascual Pedro de Acevedo, casado con Tomasa Benítez Contrera, nada menos que los abuelos maternos de la entrañable María Catalina Etchevarría, hermana de Vicente Anastasio, amigo y abogado de Manuel Belgrano.
Esta dama, que junto a amigas y a su servidumbre, tuvieron el honor de coser la Bandera argentina que se enarboló por vez primera aquel 27 de febrero de 1812, en las altas barrancas de las ceibas, se casó en 1810 con Manuel León Vidal Lucena, dueño de una tahona en la San Lorenzo que un año después permitiría a Celedonio Escalada preparar la previa para el primer combate de José Francisco de San Martín en tierras americanas.
Como regalo adicional, recordamos un feliz suceso ocurrido en julio de 1957: la reinauguración de la emblemática Biblioteca Popular de la Asociación Empleados de Comercio que hoy lleva el nombre del recordado compañero, alguna vez secretario general, Victorino Rodríguez.
Sin dudas que libros, diarios y revistas fueron compañeros inseparables e inspiradores de los pioneros, desde los albores del gremio mercantil. Por eso hay varias fechas que recuerdan memorables hechos vinculados a este lugar sagrado, muchos de ellos relatados con apasionados conceptos en su órgano de difusión: Unión. Con la colaboración inestimable de cófrades igualmente enamorados de la historia vernácula, fuimos tras sus huellas y encontramos esta página de Unión donde corroboramos el dato y queremos compartir:

Este espacio de lectura, ubicado actualmente en el primer piso de Corrientes 450, que se encuentra en la órbita de la Secretaría de Cultura de la entidad, se abre de lunes a viernes, en el horario de 9 a 18, a los espíritus ávidos de encontrar nuevos mundos y apasionantes historias en los casi 25.000 libros que atesora, siendo también un centro de confraternidad y aprendizaje, a través de diversos talleres y encuentros culturales que interrelacionan y permiten el crecimiento interior, tanto a los afiliados mercantiles como a los asociados a Amecro.


