LUNES, 20 DE JUL.

Rosario sin secretos: ¡no te des por vencido, ni aún vencido!

Juan Álvarez era un promisorio historiador, abogado y funcionario (no llegaba a las cuatro décadas) cuando le encargaron, desde Buenos Aires, que liderara una comisión en homenaje al recientemente fallecido, en 1917, Pedro Bonifacio Palacios. Y no se dio por vencido.

 

Habían pasado exactamente 40 años desde aquel día de 1877, en el que el puerto de Rosario recibió una importante producción de limones provenientes de la bella Italia, importados por los prósperos Echesortu y Casas.

A pesar de haber sido aprobada tiempo atrás una ley de Aduana con tendencia proteccionista, no se podía impedir la impresionante “invasión” de productos extranjeros.

A la ciudad “fenicia” y que avanzaba a pasos agigantados por la saludable competencia de los poderosos y nuevos millonarios en dejar obras en la ciudad que todo les había dado, también se sumaba un verdadero interés por la cultura nacional y el accionar de cada uno de los protagonistas que hicieron grande a la Argentina.

Entre ellos, “Almafuerte”, como llegamos a conocerlo, el maestro y poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios, considerado uno de los escritores más apreciados de su generación y también uno de los “cinco sabios” en la ciudad de La Plata, juntamente con Florentino Ameghino, Juan Vucetich, Alejandro Korn y Carlos Spegazzini.

Había fallecido el 28 de febrero de ese 1917 y muy pronto Rosario conformó una activa comisión para rendirle diversos homenajes.

Fue el 25 de marzo de ese año cuando en el Rosario de la Santa Fe de la Vera Cruz, el más activo promotor de la Biblioteca Argentina y del Teatro El Círculo, Juan Álvarez -hermano de Clemente, otro hacedor imprescindible de la ciudad- reunió a los rectores de escuelas y colegios y a los más conspicuos referentes de la ciudad, para darles las póstumas gracias a quien había logrado llegar con su pensamiento al pueblo.

Arcelia Delgado de Arias, Ricardo Caballero, Dermidio González, Isidro Quiroga, Víctor Pessenti y Camilo Muniagurria, fueron algunos de los integrantes de la comisión que también sumó -estratégica decisión para difundir las actividades- a los directores de los diarios rosarinos, que no cobraban pautas publicitarias para promocionar la cultura de la ciudad, sino que consideraban un verdadero privilegio ser parte de esta gran ciudad que se hizo entre todos.

Diría de Almafuerte, el mismísimo Rubén Darío: “Él posee una coraza de sinceridad que le defiende de todo”.

Nació en San Justo, igual que Lidia Elsa Satragno, nuestra inolvidable “Señora Televisión” Pinky, la periodista, política, actriz, modelo y conductora televisiva argentina que tuvo a su cargo la presentación de Argentina Televisora Color (ATC) aquel 1 de mayo de 1980, en Canal 13, cuando dejamos atrás la tele en blanco y negro.

Volviendo a Almafuerte, que además de poeta, fue pintor, docente, escritor, bibliotecario, traductor y periodista, es considerado prácticamente una bisagra en la literatura nacional por su calidad, coherencia y compromiso.

Su palabra tiene la fuerza atemporal y universal necesaria como para inspirar las mayores proezas. Porque de eso se trata la palabra que ayuda, que cuida, que busca motivar y despertar valores en cada lector.

Una anécdota cuenta que el presidente Sarmiento, en una oportunidad que durante 1884 visita Chacabuco, Chile, dónde él daba clases en escuelas rurales, desde sus 16 años -aún sin tener el título de maestro, sólo educaba para civilizar- pretende trasladarlo a Buenos Aires, él le respondió: “Yo me quedo en el desierto y cuando la pampa se haya poblado, me iré de maestro al Chubut”.

Fue también el primero en denunciar, primero con el pseudónimo “Alma Viva” y luego ya como “Almafuerte”, desde el diario “Buenos Aires”, de Carlos Olivera, la corrupción que significó el reparto de tierras después de “la conquista del desierto”, de Julio Argentino Roca.

Cuenta la profesora Eleonora Gonano que “cuatro días antes de las elecciones de 1904, el poeta, que vive en ranchos y covachas (no por bohemio, calificación que lo indigna hasta la ira, sino por pobre) provoca un escándalo: denuncia en el elegante Bon Marché (hoy, Galerías Pacífico) el lamentable impacto en el interior del pseudo progreso de Buenos Aires, pervertida y corrupta, y de Quintana dice que “recibe sueldos de Londres, como un abogado de Egipto”, y que “no conoce otro territorio argentino que las vidrieras de la calle Florida”.

Sí, Manuel Quintana, el mismo que aún tiene una calle con su nombre en el sur rosarino y quien, siendo diputado argentino, aconsejó al gobierno británico, bombardeara el Rosario “para que aprendan que no les será fácil entrometerse en los intereses del Banco de Londres”, cuando el gobernador de Santa Fe, Servando Bayo, decidió la soberanía económica, creando el primer banco provincial con moneda propia, y eligiendo como su primer presidente al poderoso Carlos Casado del Alisal, el hombre eternizado en bronce por Eduardo Barnes en la esquina de Santa Fe y San Martín.

Almafuerte vivió en el humilde “Barrio de las Mil Casas”, el primer barrio obrero de Sudamérica, ubicado en la zona de Tolosa en La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina, hoy Villa Rivera, ese increíble y nunca bien ponderado emprendimiento de otra poetisa comprometida con lo social, y autora del primer best seller de la novela argentina, la rosarina Emma de la Barra de de La Barra. No, no es un error. Su padre, Federico de la Barra, el primer periodista que tuvo la ciudad de Rosario, fundador del Diario La Confederación, había hecho casar a su hija con su tío Juan Eduardo León, residente en Buenos Aires y dueño de una importante fortuna que Emma convirtió en obras para los más vulnerables.

“Los quinientos millones de la Begum”, ¿la habrán inspirado? ¿Habrá sido tal vez la lectura de la precoz escritora de aquella historia en la que Julio Verne describía a la Begum, esa princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal?

Emma supo convertirse en el personaje de la novela de Verne y en su viudez, la rosarina desarrolló el maravilloso proyecto de Tolosa, que aún no ha sido suficientemente difundido y valorado en su tierra natal.

En Rosario, la escuela primaria Nº 56, de Salta 2558, que se inauguró exactamente el mismo año del fallecimiento del imprescindible literato (causalidades de la vida), lleva el nombre de Almafuerte.

La ordenanza Nº 1 de ese año 1917 también impuso su nombre en la zona norte a una calle entre Reconquista e Ingenieros, que va desde calle Tuella (el papá putativo de Catalina Echevarría de Vidal, la rosarina -aunque algunas fuentes la ubican nacida en Pergamino- que cosió la primera Bandera de la Patria), a la calle De Angelis (el napolitano que fue uno de los primeros historiadores de la Argentina y en cuyo taller de imprenta en Buenos Aires trabajaron como tipógrafos Eudoro Carrasco y Ovidio Lagos, antes de venirse al Rosario a fundar el diario La Capital).

Una de las bandas más populares de heavy metal, en Argentina, que adoptó su pseudónimo, dice sobre Almafuerte en uno de sus temas: “Masticaste soledad / por no callar verdades / y contra la ignorancia guerreaste / sin títulos que te respalden”.

Y en 1997, la banda rosarina de punk rock Bulldog interpretó el popular “Pie Avanti” en su disco Un lugar para juntarnos.

Almafuerte, a pesar de haber quedado huérfano de madre a los 5 años, abandonado por su padre y muerto a los 62 años en la mayor pobreza, sigue logrando juntar a todas las generaciones, de este Rosario Sin Secretos.

¡Piú avanti!: No te des por vencido, ni aun vencido, / no te sientas esclavo, ni aun esclavo; / trémulo de pavor, piénsate bravo, / y arremete feroz, ya mal herido. / Ten el tesón del clavo enmohecido / que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; / no la cobarde intrepidez del pavo / que amaina su plumaje al primer ruido. / Procede como Dios que nunca llora; / o como Lucifer, que nunca reza; / o como el robledal, cuya grandeza / necesita del agua y no la implora… / ¡Que muerda y vocifere vengadora, / ya rodando en el polvo, tu cabeza!

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