Rosario Sin Secretos: príncipe y último rey de Italia, dos días, por las calles de la ciudad
Pasaron ciento un años del día en que un príncipe alborotó la ciudad con su presencia. Todos, especialmente las más jovencitas, se acercaron lo más que pudieron a la mismísima encarnación masculina de un soñado cuento de hadas.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Ago 12, 2025
Banderitas tricolor de Italia y albicelestes de Argentina, flameaban al paso del príncipe Humberto de Saboya, o mejor dicho, en su propio idioma, Umberto di Savoia, el hijo del Rey Víctor Manuel III, candidato a heredar la Corona italiana. Entendemos que perdió la hache en la traducción para llegar al nombre original, aunque sorprende que la v corta se haya convertido en b larga. Pero este no es ahora nuestro tema.
Éramos entonces alrededor de 300.000 habitantes, habiéndose multiplicado por 100 la cifra existente en 1852 cuando, a fuerza de insistencia del pueblo en su conjunto, y con Nicasio Oroño a la cabeza, se había logrado, para Rosario, la declaratoria de ciudad.
Umberto Nicola Tommaso Giovanni María di Savoia había emprendido la gira por Sudamérica y en Buenos Aires lo recibió, con gran pompa, Marcelo Torcuato de Alvear, el estudiante del Nacional Nº 1 que llegó a la presidencia dela Nación junto al rosarino Pedro Elpidio González.
Acá hicieron lo propio el gobernador radical Ricardo Aldao y el intendente Emilio Cardarelli, junto a lo más granado de la sociedad rosarina, todos compitiendo a cual poseía sobre su cabeza la más encumbrada de las galeras.
Las féminas emperifolladas de “punta en blanco” y los caballeros luciendo trajes confeccionados con telas directamente traídas desde París, se alborotaban al acercársele y muchas de las damas empujaban sin disimulo a sus propias hijas casamenteras hacia el príncipe, en el afán de emular la suerte de La Cenicienta, aunque no existiera ningún zapatito de cristal que calzar.

Ya estaba construido, en ese entonces, y visitó, el glamoroso edificio de Maipú (ex Aduana) y Córdoba, sede social del Jockey Club, diseñado por el arquitecto francés que también proyectó la Bola de Nieve, Eduardo Estanislao Luis Le Monnier, en el mismo solar en el que existía la casa en la que vivieron dos tocayos suyos: Estanislao y Estanislao Severo Zeballos.
Con elegante morrión, decenas de condecoraciones en el pecho y una imponente capa imperial, el joven muchachito al que el tiempo le deparó ser el último monarca de Italia, gobernando apenas 33 días, porque ya el pueblo italiano se había pronunciado a favor de la República, había arribado a la Estación Rosario Central, a las dos y cuarto de la tarde de ese 11 de agosto de 1924.
El príncipe piamontés se casaría seis años más tarde no con las ilusionadas rosarinas, sino con la sobrina nieta de Sisí Emperatriz: María José Carlota Sofía Amelia Enriqueta Gabriela de Bélgica (¡menos mal que a sus padres los llamaron a desayunar porque si no todavía le estarían poniendo nombres!)
Con ella, la “Reina Rebelde” que enfrentaría a Mussolini, tendría cuatro hijos, un varón y tres niñas, pese a los rumores de su afición por sus congéneres, jóvenes y apuestos oficiales del reino, a los que solía regalarle preciosas joyas con formas de flor de lis.
Aquí en Rosario fueron miles quienes acompañaron el lujoso carruaje guiado por dos gallardos caballos que lo trasladaba, en el cortejo en su honor por calle Córdoba, escoltado por Escuadrones de la Caballería provincial. Entre las muchas manifestaciones de afecto, adherían especialmente sus connacionales, una ya numerosísima y mayoritaria colectividad italiana.
Entre ellos estaba, el empresario, diputado, concejal e intendente, Santiago Pinasco, desde cuyo palacio, aún erigido en la esquina sureste de Córdoba y Oroño, asomados a sus balcones, disfrutaron del desfile militar organizado para agasajar a Su Alteza Real.
Ese mismo día, por la tarde, Humberto de Saboya colocó, en solemne acto, la piedra fundacional del edificio del Colegio Dante Alighieri, y por la noche participó de un baile de gala en los salones de la Municipalidad, no sin antes haber asistido a un copioso banquete bien regado con abundantes vinos al que concurrieron alrededor de 250 invitados especiales, en el fastuoso edificio de Santa Fe 1950.
Tras la opípara cena y los tradicionales discursos políticos, Su Majestad salió al balcón desde el que contempló la alguna vez “Plaza de las Carretas” y en ese entonces y hasta la actualidad, “San Martín”, iluminada a giorno con lamparitas de colores que, ingeniosamente, formaban las banderas italiana y argentina. ¡Qué linda idea para imitar en este Tricentenario ahora que tenemos la tecnología led, económica y de bajo consumo!
Los diarios de la época dan bastante información acerca de las multitudes agrupadas en el lugar para ver al “mensajero de paz y concordia”, como lo había caratulado la prensa, y participar del pintoresco espectáculo de árboles creativamente iluminados.
Después de pernoctar en lo de Pinasco, ya en un día como hoy, a las 9 de la mañana, la comitiva real visitó el Hospital Italiano “Garibaldi”, acto al que también concurrió gran cantidad de personas, entre las que se encontraban los apellidos más ilustres que le dieron lustre a la ciudad que estaba, por esos años, en su máximo esplendor.
Serían los patios y salones del Colegio San José de Salta y Presidente Roca (ex Independencia) y todos sus directivos, docentes y alumnos, los testigos de su visita por la tarde. Allí sonaron, para su regocijo, la antigua Marcha Real Italiana y el Himno Nacional Argentino.
El mediodía rosarino los hallaría almorzando en el Círculo Italiano ubicado en Córdoba y Mitre (ex Progreso). Tras una reparadora siesta en la casa que lo hospedaba, la de don Santiago Pinasco-el preclaro mentor de la erección de la estatua ecuestre de Belgrano aquí y su copia idéntica en Italia-, luego de varias reuniones privadas con la elite local, emprendió su regreso. En un carruaje que lo llevó desde bulevar Oroño y Córdoba hasta 25 de Diciembre (hoy Brigadier Juan Manuel de Rosas) arribó, por esa arteria, a la Estación del Ferrocarril Central Córdoba. Allí, en esos andenes, le aguardaba un tren especialmente preparado para llevarlo a la Docta, y así continuar con su real periplo sudamericano.

Mientras tanto, lejos de las luces monárquicas y los faraónicos festejos, la Vecinal de Empalme Graneros celebraba, ese día, el primer aniversario de su solidaria y pionera fundación.

