LUNES, 20 DE JUL.

Rosario sin secretos: ver a Berni… ¡todo un desafío!

Un Deliso que, de liso, nada tenía. Porque su vida fue una constante de curvas y contracurvas, subidas y bajadas, éxitos y fracasos, que ubicaron al rosarino Antonio Berni, quizás, el más importante artista plástico de Latinoamérica, en un lugar privilegiado de la historia.

 

Único, ¡como su nombre! No encontramos un solo tocayo. Tal vez se haya usado en Italia, de donde era oriundo el padre, sastre, que -dicen- murió en la guerra siendo Berni niño, pero nada hallamos en cuanto al significado.

¡También! ¡Bautizar a una criatura con el nombre Deliso!

Deliso hizo bien en abandonar el nombre y arrancar su vida social con el de Antonio, “el que enfrenta al adversario” (latín), “el que destaca entre todos” (griego), “quien es digno de alabanza” (romano).

Si hubo dificultad en conocer el significado, ¡qué decir entonces cuando la mitad de la información hablaba de Deliso y la otra de Delesio! Panorama, más oscuro aún para cualquier aprendiz de investigador…

Tal vez sea la consigna para quien quiera bucear en su excepcional vida: él supo que iba a morir, lo sintió y se lo dijo incluso a “la enigmática Graciela”, modelo de su último cuadro inconcluso “Sin título”.

Vivió 76 años, y un martes 13, en octubre de 1981, dejó este mundo para convertirse en leyenda junto a sus personajes Juanito Laguna y Ramona Montiel, un niño pobre (no un pobre niño, como él mismo definiera) que “no pide limosna, reclama justicia” y una prostituta con relaciones influyentes que narran crónicas del “Siglo XX, problemático y febril” de una multitud anónima y marginada. Collages -vendidos algunos en alrededor de 800.000 dólares- que confirman que hasta la basura (latas oxidadas, clavos, restos industriales, tapitas), pueden convertirse en obra de arte en la mano del Maestro.

Nació un día como hoy, 14 de mayo, hace 120 años. Algunos dicen que en España 288, donde alguna vez hubo un instituto de psicología social, lo mismo que él aplicó todo el tiempo.

Hoy, ese lugar, que alguna vez tuvo en su frente una placa con su rostro, es una férrea muestra del paso del tiempo en la que persisten, obstinadas, escaleras con verdes mayólicas traídas de España, que parecieran querer contar a gritos los años de su tierna infancia.

Dejó huellas de campo en la chacra de Roldán, en los escenarios orilleros de San Lorenzo, en los conventillos de la famosa “cuarta” de guapos y laburantes, y hasta en los prostíbulos de Pichincha, a los que iba con su cámara a retratar, a escondidas, escenas cotidianas de la mancebía reinante por aquellos tiempos.

Tenía sólo 9 años cuando los ojitos celestes del catalán Salvador Buxadera (Boixaderas en el libro de los 100 años del Centre Catalá) lo aceptara como aprendiz en el arte del vitreaux, en la planta alta de Mitre al 1100.

Seguramente el talentoso catalán adivinó al gran artista y lo guió al taller de pintura de Enrique Munné, en Entre Ríos al 700, aquella señorial propiedad que fuera de Jaime Soler. ¿Soñaría a sus 12 años que, enfrente, en el Colegio de la Santa Unión de los Sagrados Corazones funcionaría, con el tiempo, la Facultad de Humanidades y Artes, esa fabulosa “fábrica” de historiadores y artistas plásticos?

Fue luego el creador de su germen con el Taller Escuela de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos.
Apenas había cumplido los 15 y expuso en el Salón Mary (¿homenajearía el cartel que luce hoy el comercio de Córdoba 911 a su primera esposa francesa?).

La revista El Círculo le auguraba un futuro brillante. Se codeaba con la élite de una Rosario progresista y culta. Es fácil adivinar entonces porque, en 1925, hace exactamente cien años, el Jockey Club le otorga una beca para estudiar en España.

De este viaje, ¡regresaría comunista!

Los claroscuros son una constante en este hombre que recibió un “abrazo de oso” del ex almirante Emilio Eduardo Massera y se dio el gusto de denunciar (“por lo menos, así lo veo yo”, diría el bizarro árbitro de fútbol y comentarista deportivo Guillermo Nimo), “los vuelos de la muerte” en su obra “Sin título”.

Ni siquiera la abogada que posaba, a quien él llamaba Graciela Amor, pudo descifrar ese paisaje diurno convertido en nocturno, plateado con luz de muerte.

“Voy a hacerle un avioncito, porque nunca se sabe en qué estás pensando”, le había dicho a su joven modelo, aludiendo quizás a su propio enigma.

En Europa, abrevó la “belle époque” de los bohemios años ’20 (“París era una fiesta”, confesaría Ernest Hemingway), sus ojos devoraron todas las corrientes artísticas, se convirtió en el primer artista surrealista sudamericano. Finalizada la beca, regresó. Con subsidio provincial, marchó otra vez a París.

Volvió a su ciudad natal con mujer francesa, la escultora Paula Cazenauve, la misma que recibió una cachetada de Margarita Pico, la madre de Berni, cuando arribaron a la estación de trenes de Rosario Norte, al verla con su boina francesa y ¡las uñas pintadas! ¡En esa época! Su permanente vanguardia siempre le costó caro.

Sería la hija que tiene con la escultora, Helen Margaritte Anne, Lily para todos, quien posaría sus “Primeros pasos” danzando.

Soltera, sin hijos, Lily debió hacerle juicio al parapsicólogo y astrólogo Waldo Casal, por la apropiación de más de 50 obras del artista luego de su muerte, valuadas en alrededor de 5 millones de dólares. ¡De Ripley!

Y otra: desde Holanda, le habrían canjeado a Lily un par de invitaciones a la boda real de la princesa Máxima por el retrato que su padre le hizo a Astor Piazzola.

La “década infame” argentina, dictadura, miseria, desocupación; lo que ocurría en el mundo, nazismo, fascismo, guerra civil española, cobraron protagonismo y en Berni, compromiso.

Su famosa “Manifestación”, obra plasmada en 1934 sobre arpilleras de bolsas de azúcar de distintos ingenios, muestra en escala monumental y artística la injusticia social. Mide 1 metro 80 de alto por casi 2 y medio de ancho, y se ha convertido en una gigantesca denuncia para reclamar por pan y trabajo.

Lo que no muchos saben es que esa “manifestación”, así como aparece hoy ante nuestros ojos, y que en la actualidad se expone en el MALBA, jamás existió, porque pintaba individualmente cada rostro con modelos reales, y luego los unía en el lienzo.

Con la “Leica”, fotografiaba todo lo que iría al soporte que se le ocurriese, como un verdadero cronista gráfico. Si hay algo que reconocer en Berni es que siempre hizo lo que le vino en gana.

Propicia en murales el arte para el proletariado y se casa con una empresaria ganadera, Nélida Gerino con quien tuvo, con una diferencia de 20 años, su segundo hijo: José Antonio.

Convivió casi 10 años con una joven 40 años menor (él 65, ella 25), la explosiva “Sunula”, que eternizó en “El Amor” de la cúpula de las Galerías Pacífico y que terminó arrojándole su ropa a la calle desde el departamento que él había puesto a su nombre.

Expuso en todo el mundo, aun siendo mayor, en un joven y pop Instituto Di Tella. Ganó con sus grabados el Primer Premio en la XXXI Bienal de Venecia.

Medía 1,65 pero alcanzó altura de gigante.Dicen que murió atragantado con un hueso de pollo, aun cuando su amiga Marta, que cenaba con él aquel martes 13, jura que estaban comiendo lomo en un restaurante de Caballito.

¿Sería que se atragantó con una verdad que conocía y no podía denunciar, salvo con obras?

En Salta al 2000 también se respira Berni. Allí, donde también vivió, se distinguen en el portón de hierro, la U y la G (Unión Gremial) como dato casi premonitorio a su conciencia social.

Su vida fue todo vértigo. Conocerla, una obligación de todo buen rosarino. Las bibliotecas e internet ayudan muchísimo. Después me cuentan, si sobreviven al vértigo.

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