Un mamarracho trágico
A casi seis años de la muerte de Julián Usandizaga, una exposición recupera obras realizadas entre 1965 y 1976. Fue uno de los grandes dibujantes de Rosario y maestro de varias generaciones de artistas. También fue un hombre atravesado por el miedo, la memoria y una profunda necesidad de los demás. Esta es una historia sobre su obra, la dictadura y el valor que tenía para él la palabra “amigo”.
- Ciudad
- Por Nicolás Heredia
- Jun 18, 2026
Este viernes 19 de junio, a las 18.30, se inaugurará en Subsuelo Galería de Arte, Balcarce 238 de Rosario, la exposición Medianoche ó los viajes. Obras 1965-1976, de Julián Usandizaga, con curaduría de Guillermo Fantoni.
La muestra reúne trabajos pertenecientes a un período fundamental de su producción: una década atravesada por la consolidación de su lenguaje artístico, sus experiencias de viaje y un contexto político que avanzaba hacia la violencia, la persecución y el terror.
En la presentación de la exposición, la galería define a Julián como un “creador virtuoso” y un “autor faro” entre los artistas vinculados con el surrealismo y el arte onírico. También lo reconoce como un maestro indiscutible en el campo de la gráfica. Y agrega: “Julián Usandizaga es todo esto y mucho más”.
Yo también creo que fue mucho más.
Cuando las puertas de la galería se abran y sus obras vuelvan a encontrarse con el público, habrá quienes se detengan frente a la precisión de sus líneas, las anatomías alteradas y esas criaturas que parecen haber sido construidas, desarmadas y vueltas a construir por una imaginación inagotable.
Se hablará de su lugar en el arte de Rosario, de su oficio, de sus años como maestro y de la potencia política de sus imágenes.
Yo también miraré sus obras.
Pero mientras las mire voy a buscarlo a él.
Buscaré sus manos, su voz, su humor y la manera en que pronunciaba algunas palabras. Buscaré al hombre que se escondía y se revelaba detrás de aquellos dibujos. Al amigo que, en medio de una conversación, podía detenerse y preguntar:
—¿Qué es la vida?
En mi memoria hay una pausa. Un instante en el que la pregunta permanecía suspendida sobre la mesa, como si todavía fuera posible encontrar una respuesta.
Después decía:
—Un mamarracho trágico.
Julián siempre tenía una frase para algo.
No eran sentencias pronunciadas por alguien que creyera comprender el mundo. Sus frases estaban hechas de lucidez y desconcierto, de humor, tristeza y duda. No cerraban las conversaciones: las abrían.
Desde 2014 hasta 2020 nos encontramos casi todos los sábados a las siete de la tarde. Tomábamos café, comíamos algo y hablábamos. A veces hablábamos de arte, pero sobre todo hablábamos de nosotros: de las relaciones, los miedos, las decisiones que no sabíamos tomar y las personas que queríamos.
Nuestras reuniones no tenían un programa. No eran clases ni encuentros profesionales. Éramos dos amigos intentando poner en palabras lo que la vida hacía con nosotros.
Julián había sido maestro de muchos artistas. Su enseñanza dejó una marca profunda en varias generaciones. Pero conmigo nunca necesitó ocupar el lugar del maestro. Fue un amigo y, con el paso de los años, también algo parecido a un padre.
No porque tuviera respuestas para todo.
Tal vez fue exactamente por lo contrario.
Julián sabía permanecer junto a una pregunta. Sabía acompañar la incertidumbre sin apresurarse a resolverla. Podía escuchar y, de pronto, decir algo que no solucionaba el problema, pero cambiaba la manera de mirarlo.
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La palabra amigo
Para Julián, la palabra “amigo” tenía un peso particular. No era una expresión casual ni una categoría social. Cuando llamaba amigo a alguien, le otorgaba un lugar dentro de su propia vida.
Necesitaba saber de sus amigos. Esperaba sus llamados, organizaba encuentros, compartía comidas y largas conversaciones. La amistad no era solamente una forma de estar acompañado: era una manera de sostenerse.
Esa necesidad puede comprenderse mejor al escuchar su testimonio sobre los años de la última dictadura. Julián recordaba aquel período como un tiempo de encierro, miedo y aislamiento. Su casa había sido un refugio, pero también un límite frente a un exterior amenazante.
La dictadura no solamente persiguió cuerpos y destruyó vidas. También intervino los vínculos, instaló la desconfianza y obligó a muchas personas a reducir su mundo. Hablar podía ser peligroso. Reunirse podía ser peligroso. Confiar podía ser peligroso.
Julián atravesó ese tiempo encerrado y dibujando.
El dibujo no parece haber funcionado para él como una evasión. Por el contrario, tomó aquello que sucedía y lo transformó en cuerpos alterados, máquinas, animales, raíces, arquitecturas y seres imposibles.
Sus obras no ilustran la dictadura de una manera evidente. No necesitan mostrar uniformes, armas o escenas reconocibles. El miedo aparece en el clima de las imágenes: en los cuerpos sometidos a fuerzas que no pueden controlar, en las estructuras que los aprisionan y en los espacios donde no parece existir una salida clara.
La precisión de su dibujo no genera tranquilidad. Cuanto más minuciosa es una imagen, más inquietante puede resultar. Cada línea conduce hacia otra forma y cada forma parece esconder una nueva pregunta.
Julián decía que escribir la palabra “casa” era sencillo, pero que para dibujar una casa era necesario construirla: hacer una puerta, una ventana, imaginar qué ocurría adentro y qué existía afuera.
Durante la dictadura, esa relación entre el adentro y el afuera dejó de ser solamente un problema artístico.
Afuera estaba el peligro.
Adentro, el encierro.
Y entre ambos estaba él, construyendo una salida sobre el papel.
“El lápiz pone, la goma saca”, decía.
Dibujar era agregar y borrar, construir y corregir. Era hacer aparecer una imagen y decidir qué debía desaparecer. También era conservar un territorio de libertad cuando el mundo exterior se había vuelto amenazante.
No podía modificar lo que ocurría afuera, pero podía producir una imagen que diera testimonio de ese tiempo.
Dibujar para no desaparecer
La obra de Julián fue política porque nació de una experiencia humana. No dibujaba conceptos abstractos: dibujaba lo que el poder hace con los cuerpos, con la memoria y con los vínculos.
Sus imágenes hablan de opresión, pero también de la capacidad de imaginar en medio de ella. Tal vez el arte haya sido su forma de no desaparecer dentro del encierro.
Y tal vez los amigos hayan sido su manera de regresar al mundo.
Si la dictadura empujaba a las personas hacia la sospecha y la soledad, la amistad hacía el movimiento contrario. Permitía volver a hablar, recuperar la confianza y construir un espacio donde fuera posible bajar la guardia.
Por eso los encuentros, las comidas y las conversaciones tenían para Julián un valor que iba más allá de lo cotidiano. Eran pequeñas formas de reparación.
Nuestros sábados también formaban parte de eso.
Desde afuera, alguien podría decir que nos reuníamos a tomar café. Pero durante aquellas horas construíamos un espacio contra la soledad. Hablábamos de lo que nos dolía, de aquello que no comprendíamos y de las cosas que todavía esperábamos de la vida.
En 2016, cuando publiqué mi primer libro, Julián escribió unas palabras para acompañarlo. Un año más tarde fue quien me presentó durante la inauguración en la sala Lavardén.
Aquellos gestos tenían para mí un valor enorme. No solamente porque venían de un artista al que admiraba profundamente, sino porque venían de mi amigo.
Su presencia decía algo que no siempre necesita palabras: estoy acá, creo en vos, esto que hacés merece ser visto.
En 2018 comencé a viajar al Gran Chaco. Mis tiempos cambiaron y nuestros sábados dejaron de ser regulares. Pasaba períodos largos fuera de Rosario y, cada vez que regresaba, debía avisarle para organizar una salida.
Él quería saber cuándo volvía.
En ese momento podía parecer algo cotidiano: un llamado, un mensaje, la búsqueda de un día y una hora. Hoy comprendo la profundidad de ese gesto. Mi regreso a Rosario ocupaba un lugar dentro de su mundo.
Cuando nos reencontrábamos intentábamos poner al día la vida.
Como si la vida pudiera ponerse al día.
Como si fuera posible contar en unas horas todo lo que había ocurrido durante la ausencia.
Un hombre lleno de dudas y amor
Julián estaba lleno de dudas y de amor. Podía ser vulnerable, tener miedo y encerrarse en sí mismo. Al mismo tiempo, poseía una enorme necesidad de los demás.
Esa contradicción también estaba en sus dibujos. En ellos convivían el encierro y la búsqueda de una salida, el dolor y el humor, lo monstruoso y lo profundamente humano.
No dibujaba desde la seguridad. Dibujaba desde la pregunta.
Tal vez por eso su obra permanece viva. No ofrece una explicación ordenada del mundo, sino que nos obliga a detenernos frente a su desorden. A mirar las heridas, los mecanismos del poder y las deformaciones que muchas veces preferimos no ver.
Sus dibujos parecen advertirnos que el ser humano nunca está terminado. Que somos una acumulación de experiencias, memorias, miedos, deseos y vínculos. Que estamos siendo construidos y desarmados todo el tiempo.
Un mamarracho trágico.
Julián podía pasar de una reflexión profunda a una broma en pocos segundos. En él, el humor no negaba el dolor. Era una forma de acercarse a aquello que dolía sin dejarse aplastar por completo.
Quizás allí también se encuentre una clave para mirar su obra. Sus imágenes pueden ser oscuras, inquietantes y hasta amenazantes, pero nunca están vacías de vida. Siempre hay algo que se mueve, se transforma o se resiste a quedar inmóvil.
Incluso sus criaturas más perturbadoras parecen conservar un resto de libertad.
La última noche
En agosto de 2020, mi compañera de entonces, que era médica, fue llamada para certificar una muerte. Fuimos juntos.
Quien había muerto era Julián.
Hay momentos que la memoria no consigue convertir completamente en pasado. Permanecen suspendidos en algún lugar del cuerpo y continúan sucediendo.
Aquella noche no murió solamente uno de los artistas más importantes de Rosario. No murió solamente un dibujante extraordinario, un grabador o el maestro de varias generaciones.
Murió mi amigo.
Murió el hombre con quien había compartido los sábados, las comidas, las preguntas y los silencios. El hombre que había escrito en mi primer libro, que me había presentado en la Lavardén y que esperaba que lo llamara cada vez que volvía del Gran Chaco.
Durante años, Julián utilizó el dibujo para acercarse a la muerte, al miedo, a la violencia y al encierro.
Pero aquella noche ya no había dibujo que pudiera mediar entre nosotros.
Quedaba su cuerpo.
Quedábamos nosotros.
Y quedaba la tarea imposible de comprender que una persona cuya vida estaba hecha de amigos acababa de quedar fuera de todas las conversaciones.
Desde entonces extraño su voz, sus frases y la manera en que podía pasar del humor a la tristeza. Extraño avisarle que había regresado a Rosario. Extraño organizar una salida y sentarnos sin saber hacia dónde nos llevaría la conversación.
Extraño incluso lo que entonces parecía rutinario: los sábados a las siete de la tarde.
Lo que no entra en un catálogo
Ahora sus obras vuelven a presentarse. Se hablará de la precisión de su dibujo, de su imaginación, de la dictadura, del encierro, de la memoria y de su lugar en la historia del arte rosarino.
Todo eso será cierto.
Julián fue un artista inmenso.
Pero ninguna retrospectiva puede contener completamente una vida. Los museos conservan las obras, los catálogos ordenan las fechas y los investigadores reconstruyen las trayectorias. Existe, sin embargo, una parte de las personas que no puede entrar en un inventario.
¿Dónde se guarda la voz de un amigo?
¿Dónde se archivan las conversaciones de un sábado?
¿En qué catálogo se anotan las comidas compartidas, las llamadas, las esperas y las preguntas que quedaron sin responder?
Cuando mire sus obras pensaré en el hombre que las hizo. En el artista que atravesó el terror dibujando. En la persona que conoció el encierro y que, quizás por eso, comprendió profundamente el valor de un amigo.
Pensaré en sus manos construyendo imágenes y en su voz preguntando qué era la vida.
No sé si alguna vez encontraremos una respuesta mejor que la suya.
Quizás la vida sea verdaderamente un mamarracho trágico: algo imperfecto, absurdo, doloroso y hermoso que construimos, mientras podemos, junto a las personas que amamos.
Yo solamente sé que una parte importante de la mía ocurrió los sábados, a las siete de la tarde, conversando con Julián.
La muestra
Medianoche ó los viajes. Obras 1965-1976, de Julián Usandizaga.
Curaduría: Guillermo Fantoni.
Inauguración: viernes 19 de junio, a las 18.30.
Lugar: Subsuelo Galería de Arte, Balcarce 238, Rosario.
Auspicia: Meridiano.
Invita: Giro Circuito de Galerías.
Acompaña: Darkhaus Galería.

