Baja en la edad de imputabilidad: un sistema que primero excluye y después castiga
Se avecina un nuevo y rancio debate que tendrá como objetivo llevar tras las rejas a menores desde los 14 años, aunque no habría que descartar que sea a partir de los 13. Aquellos que el Estado y las políticas públicas olvidaron, siguen siendo el chivo expiatorio de una realidad tan dolorosa como invisible.
- Política
- Por Alejandro Maidana
- Nov 22, 2025
“Existe un imaginario muy romantizado de los espacios donde van los menores que cometen delitos, como si fueran a una granja con conejitos, y esto no es así. Son lugares donde hay puertas, muros y rejas de encierro”. María Dolores Aguirre Guarrochena (jueza de menores).
A lo expresado por la magistrada, habría que agregarle que la institución donde son alojados los menores en conflicto con la Ley Penal se encuentra gravemente sobrepoblada, lo que genera dificultades concretas e inaceptables para brindar un abordaje especializado y digno a esta población. Una realidad que hace que el trabajo restaurativo, lo que debería ser la médula de todo accionar carcelario, se torne sumamente complejo.
Vigilar y castigar, esa la tarea (del Estado)
El 6 de mayo de este año, se aprobó en Diputados un dictamen para tratar un proyecto de reforma del Régimen Penal Juvenil que baja la edad de imputabilidad a los 14 años. La intención manifiesta de lograr una modificación en la ley que permita bajar la edad de responsabilidad penal, de los 16 a los 14 años, vuelve a resonar en los pasillos de una rancia partidocracia que entiende que la punibilidad sigue siendo una maravillosa colectora a la hora de sumar votos y esquivar responsabilidades.
En las últimas horas, fue la ministra de Seguridad y senadora nacional electa, Patricia Bullrich, quién volvió a referirse acerca de que el Congreso avance con el proyecto de Ley Penal Juvenil antes mencionado. Nuevamente lo punitivo e irreflexivo utilizado como ariete de respuestas facilistas, la lógica de castigar por sobre la de garantizar derechos y puntos de partidas. Los pibes pobres, el chivo expiatorio predilecto de un sistema deshumanizante que puede cambiar de ropaje, pero jamás dejar de ser el mismísimo Doctor Frankenstein.
Debido a ello, vuelven a surgir preguntas que buscan tener respuestas concretas ¿Juzgar y encerrar a niños y jóvenes cada vez más chicos resuelve el problema de la inseguridad previniendo el delito? ¿O solo profundiza la criminalización de los pobres por el solo hecho de serlo, por sus caras, su vestimenta, por el lugar que habitan y elude una responsabilidad central del Estado que es garantizar el ejercicio pleno de los derechos de los niños?
Las estadísticas oficiales señalan que los delitos graves cometidos por menores de 16 años son realmente insignificantes. Lo verdaderamente preocupante, o al menos lo que debería alertar a las autoridades, es el índice de violencia letal a las que están expuestos los jóvenes de nuestra ciudad. Los pibes se matan entre ellos, pero eso claramente puede llamar la atención si sucede de las avenidas hacia el centro. En un contexto socioeconómico exasperante, donde la retracción del Estado le abre las puertas al dolor que no tarda en manifestarse, los pibes vuelven a estar en la mira. Un chivo expiatorio que se renueva de manera sistemática.
Mientras que el Gobierno nacional habilitó la posibilidad de blanquear todo dólar que no fue declarado sin la necesidad de tejer una trazabilidad de los mismos, quienes son carne de cañón del negocio del narcotráfico, y el eslabón más pequeño de esa cadena de engranajes, son tirados a la cancha para ser enjuiciados, primero por una sociedad atravesada por la doble moral, y segundo por una Justicia que al igual que las víboras, solo muerde a los descalzos.
“La pobreza no es hija de la violencia”, sostienen los titiriteros de una marioneta raquítica, pero claro, omiten argumentar que la pobreza en sí misma es un hecho violento. En una sociedad quebrada, los vínculos siguen oficiando de salvavidas, de ese instrumento capaz de sostener a flote aquellos sueños pulverizados por una realidad desigual. Los pibes, los soldaditos, los tira tiros, aquellos que en muchas oportunidades son tildados de “alto perfil” ¿qué locura, no?, cuando tan solo se trata de la pieza más rústica, descartable y manipulable de una organización criminal.
Pibes que descubren en el encierro el verdadero significado de un abrazo sentido, como así también, lo reconfortante de un beso y una caricia, de esas que al menos por un momento, son capaces de rearmar fugazmente, el rompecabezas de un corazón castigado. Pibes que ven pasar raudamente y sin tiempo para el disfrute su adolescencia, ya que para aquellos que tienen que sobrevivir en la frondosa marginalidad, esa maravillosa etapa de la vida no significa otra cosa que un concreto privilegio de clase. Jóvenes que a la hora de tener que rescatar recuerdos felices de infancia, se ven envueltos en una disyuntiva que termina decantando en un «no recuerdo».
Los pibes, nuestros pibes, adolescentes atravesados por un sinfín de historias que buscan ser silenciadas para la conservación de un statu quo enemigo de las transformaciones que puedan interpelarlo medularmente. Quiénes atesoran sus vivencias y se animan a adentrarse en sus historias para intentar reconstruir sus caminos, tienen en claro que el encierro no persigue un horizonte restaurativo, sino seguir oficiando de yunque para que el aplastamiento de las subjetividades y los sueños adolescentes no se animen a florecer. Los pibes no son un peligro, están en peligro.

