Cuando el “país” (realmente) fue un puño apretado
Entre 1806 y 1807, una semana decisiva de agosto consagró algo que se repetiría muy poco en la historia de la región: Buenos Aires y el pueblo rioplatense fueron uno solo en la defensa y reconquista ante la invasión inglesa, que buscaba coronar un viejo anhelo. Un hito insoslayable, insólitamente ignorado por la agenda oficial y la dirigencia política.*
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- Ago 12, 2020
El 12 de agosto (en realidad toda la semana) de 1806 es uno de los días más gloriosos para recordar en suelo argentino y suramericano: tuvo lugar la Reconquista -por parte del pueblo rioplantense- de la ciudad de Buenos Aires, que había caído brevemente en manos del invasor inglés, imperio en pleno auge al mismo tiempo en que el proceso de decadencia de España se consolidaba.
Comprender la relevancia y lógica de los acontecimientos de la Defensa y Reconquista resulta clave no sólo por el hecho en sí de oponerse y frenar el avance de una fuerza muy superior y en pleno ascenso hacia la dominación mundial, sino porque permite analizar cabalmente los años posteriores, en los cuales la región se vería inundada por las ideas del iluminismo y prácticamente todos los hombres «ilustres» se llenarían la boca hablando de “revolución” e “independencia”, lo que años después culminaría con fuertes rasgos de hispanofobia y sumisión ante “las luces” europeas.
El vil invasor
En el ámbito político británico, desde hacía tiempo era un propósito asumido hacerse con el control de las colonias españolas, aprovechando la decadencia de los ibéricos para consolidar la hegemonía mundial, en este caso en lo que se denominaba entonces el “Nuevo Mundo”.
Desde Francia se propalaba “el mito de las libertades” como un arma letal para el absolutismo, con puntales iluministas como Montesquieu y Voltaire, quienes ajustaban retóricamente la fórmula para exaltar conciencias deprimidas ante el débil y socavado estado de la península ibérica, otrora vigorosa. España se había convertido de hecho en un satélite francés –ante un avasallante Napoleón-, y no ofrecía otra perspectiva a sus posesiones que la continuidad de una a opresión agravada día a día. De allí el gran potencial de penetración de esas ideas en la región americana, que podrían tener un gran valor para la nación francesa pero poco tenían que ver con la realidad que en estas lides se vivía.
Así las cosas, en el Río de la Plata el virrey marqués de Sobremonte fue anoticiado de la entrada en guerra con Inglaterra en 1806, previo aviso de que no se podrían enviar tropas para resistir una probable invasión que se calculaba inminente. El material para repeler ataques ingleses era muy reducido. Los dos cuerpos de blandengues, también veteranos, de Montevideo y Buenos Aires, apenas si daban abasto a la atención de las fronteras con los indios.
El 9 de junio, desde Montevideo advirtieron la presencia de navíos acercándose. Traían 1200 hombres de desembarco, comandados por el General Guillermo Carr Beresford. Un mal cálculo -que desembarcarían en la hoy capital de Uruguay-, le dio aún más ventaja al invasor. El 25 de junio desembarcaron en Quilmes, y arreciaron la ciudad. Prontamente fueron enviados 400 milicianos para detenerlos, y cien blandengues mal armados, que fueron dispersos con el fuego de las baterías inglesas. Despejado el camino, Beresford intimó a la rendición. El jefe militar de la ciudad, Hilarión de la Quintana, aceptó ante la imposibilidad de resistir.
El general inglés tomó entonces posesión del gobierno -en nombre del Rey Jorge III- y obligó a la administración a jurarle fidelidad. Nunca lerdos ni perezosos, no descuidaban las tareas de proselitismo y contactaron casi de inmediato a elementos masónicos existentes en la ciudad: fundaron 3 logias nuevas (la más importante fue “La estrella del sur”, integrada entre otros por Saturnino Rodríguez Peña y Miguel Aniceto Padilla).
Puño apretado
El virrey Sobremonte se había retirado a Córdoba con los tesoros para organizar desde allí el rescate. Simil tarea cumplían Ruiz Huidobro en Montevideo y Juan Martín de Pueyrredón, entre otros dedicados al reclutamiento. Justo cuando el liderazgo comenzaba a brillar por su ausencia, se ofreció a tamaña empresa un oficial francés –que militaba en el ejército español-, para liberar la ciudad: Santiago de Liniers.
Fue a Montevideo y allí le dieron a su cargo 600 hombres con los que se embarcó desde Colonia. Se le sumaron trescientos marineros y 63 franceses de un barco al que, al llegar a San Isidro, se le unieron las fuerzas de Pueyrredón. Desde los Corrales de Miserere, le dio 15 minutos a Bresford para que se rinda. La negativa empujó a Liniers a marchar hacia Retiro, en cuya plaza de toros se había fortificado el enemigo. El combate se extendió todo el día y la noche también. Se incorporaban al ejército nacional voluntarios de toda la ciudad, hasta duplicar las fuerzas iniciales. Al día siguiente se atacó la plaza desde 4 puntos, lo que obligó al repliegue de los ingleses.
Liniers exigió la rendición incondicional. Los enemigos supervivientes depusieron las armas y desfilaron ante las milicias locales, triunfantes. El botín de guerra consistió en 35 cañones de muralla, 29 de campaña, 1600 fusiles y las banderas del regimiento 71. Buenos Aires era sólo júbilo, por haber recuperado la ciudad pero además por el hallazgo de un caudillo.
En Ausencia del Virrey, el gobierno había recaído en la Real Audiencia. Pero el 14 de agosto, un Cabildo abierto bajo presión popular se pronunció en contra del Virrey y designo jefe militar a Liniers. A regañadientes, Sobremonte tuvo que aceptar la decisión. Después se fue a la Banda Oriental por la defensa de Montevideo.
Las dotes de organizador de Liniers lograron guiar a una población de comerciantes a convertirse en una República Militar, ante la inminencia de un peligro que sólo había sido demorado. Formó distintos cuerpos, agrupándolos por sus orígenes locales o raciales: andaluces, gallegos, catalanes, patricios, arribeños, cazadores correntinos, negros, mulatos, pardos y la lista sigue.
Organizó además 6 escuadrones de caballería y un cuerpo de artilleros. Se ocupó de la instrucción, a menudo personalmente. A principios de 1807 los ingleses estaban fondeados en el estuario, donde recibían constantemente refuerzos para preparar un nuevo ataque. El General Withelocke contaba con alrededor de con 12 mil hombres a su cargo. Optó por ocupar primero la Banda Oriental y establecer allí la base de operaciones. Liniers, a punto de embarcarse con 1500 hombres, se enteró que había sido tomada por asalto. Al conocerse en Buenos aires que el Virrey Sobremonte no le hizo frente al cuerpo inglés, lo destituyó la junta de guerra, por moción de Álzaga en el Cabildo.
Buenos Aires se veía obligada nuevamente a hacer frente a un ejército muy poderoso, con 20 barcos de guerra y 90 de transporte, un ejército de 12 mil hombres. Para ellos solo había 8600 combatientes, en su mayoría principiantes. El 28 de junio de 1807 desembarcaron los ingleses en la ensenada de Barragán y el 2 de julio su vanguardia llegaba a las orillas del riachuelo.
Por un retraso de Liniers, esta vez debió salvar la situación el Cabildo, comandado por el alcalde Martín de Álzaga. Con la colaboración de todos los habitantes dispuestos, se puso rápidamente a la ciudad en estado de defensa: se cavaron trincheras en las calles, con baterías estratégicamente colocadas y convirtiendo las casas en fortalezas. El 5, Withelocke atacó con 8 mil hombres divididos en tres columnas, que debían avanzar por las calles paralelas a la plaza mayor. Tomaron la plaza de toros, el parque de artillería. Al entrar en las calles, los ingleses fueron atacados por una lluvia de proyectiles que se tiraban en las casas. Dos columnas se tuvieron que rendir. La tercera se refugió en el convento de Santo Domingo. El enemigo había perdido la mitad de sus fuerzas. El 7 de julio se firma el convenio de paz. Los ingleses debían evacuar Montevideo y todos los puntos del Río de la Plata.
Una fecha real
Especialistas en la historia argentina, como el catedrático de la UNR, Jorge Ripani, no dudan en calificar a los sucesos de agosto como “decisivos” en el devenir argentino y continental, básicamente por tres motivos:
1) Implicó el nacimiento del ejército nacional. De manera improvisada pero decidida, tanto hombres como mujeres paraguayos, peruanos, orientales, altoperuanos, criollos, paisanos-gauchos, indios, esclavos y españoles conformaron un solo cuerpo para vencer en las calles de Buenos Aires. El usurpador Whitelocke reconoció: “No hay un solo ejemplo en la historia, me atrevo a decir, que pueda igualarse a lo ocurrido en Buenos Aires, donde, sin exageración, todos los habitantes, libres o esclavos, combatieron con una resolución y una pertinacia que no podía esperarse ni del entusiasmo religioso o patriótico, ni del odio más inveterado o implacable”. Se combatió con hacha y tiza: piedras, facones, grasa y agua hirviendo.
2) La solidaridad hispanoamericana. Desde California hasta Chile se envíaron dineros, vestimentas, armamentos y soldados para vencer al invasor. Huánuco, Arequipa, Cuzco, Andahuaylas, Huamanga y Lima, colaboraron con donaciones directas de las arcas públicas y privadas. Luego también desde el río Grande hasta el Mapocho se realizaron festejos ruidosos y multitudinarios. En México comparan a Liniers con Epaminondas; en la Catedral de Bogotá se realizaron exequias a los héroes caídos; en Lima se iluminaron las calles durante tres noches, se pusieron coros musicales y repique general de campanas; en Santiago y Valparaíso misas de acción de gracias, salvas de artillería, fuegos artificiales y colectas para huérfanos y viudas; en Charcas y La Paz otro tanto. La nación hispanoamericana explotó de alegría y emoción.
3) El ascenso de Santiago de Liniers, que se convirtió en el héroe de la epopeya y único virrey elegido por el pueblo.
Las guerras napoleónicas -entre las potencias emergentes Francia y Reino Unido, en las que éste ultimo sería el vencedor- continuarían y la región finalmente quedaría inmersa. Pero esa es historia se ahondará en otro momento.
Si se tiene consciencia de los hechos narrados, a primera vista parece increíble que la fecha pase aquí en la más absoluta indiferencia. Ni en tuiter se acordó la dirigencia argentina. Quizás, allí radique el origen de alguno de nuestros verdaderos males.
*Artículo de índole periodística realizado en base a Ernesto Palacio. Historia de la Argentina. 1515 – 1976 (Abeledo-Perrot); Cátedra de Historia Constitucional Argentina, Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

