El almacén como termómetro de la crisis: compras pequeñas, segundas marcas y fiado para llegar a fin de mes
Los comercios de barrio reflejan el deterioro del poder adquisitivo cuando los clientes compran cada vez menos, eligen productos más económicos y recurren al crédito vecinal. Los almaceneros también enfrentan aumentos de costos, tarifas y alquileres que ponen en riesgo la rentabilidad del sector.
- Economía
- Ago 14, 2026
Los mostradores de los almacenes de barrio se convirtieron en un reflejo cotidiano de la situación económica de las familias argentinas. La pérdida de poder adquisitivo modificó los hábitos de consumo y las compras grandes fueron reemplazadas por adquisiciones pequeñas y diarias, mientras crece la búsqueda de segundas marcas y vuelve a cobrar protagonismo la tradicional libreta de fiado. El vicepresidente de la Federación de Almaceneros, Fernando Savore, describió el escenario que atraviesan los comercios de cercanía y advirtió por el impacto de los nuevos aumentos de precios y de los costos operativos.
Fernando Savore señaló que uno de los principales cambios que observan los comerciantes es el avance de la denominada “compra hormiga”, en la que los consumidores adquieren solamente los productos indispensables para el día.
Esta modalidad también modificó la relación de los vecinos con las grandes superficies comerciales. Según el dirigente, las familias dejaron de realizar compras de volumen porque ya no cuentan con el dinero suficiente para abastecerse durante períodos prolongados. “Por 20.000 pesos no te vas a ir hasta un híper, perder el tiempo, dejar el auto, agarrar un changuito y recorrerlo”, sostuvo Savore.
El resultado es una mayor frecuencia de compras pequeñas y una administración cada vez más ajustada del presupuesto familiar. “La gente hace malabares pero llega el 20 y parece que es fin de mes”, resumió.
En este contexto, las pequeñas y medianas empresas nacionales ganaron espacio en las góndolas de los almacenes. La diferencia de precios frente a las primeras marcas llevó a los comerciantes a ampliar la oferta de productos más económicos para evitar que los clientes resignen determinados consumos.
Savore ejemplificó la brecha con algunos productos de consumo cotidiano. Mientras un pan lactal de primera marca puede venderse a unos $6.000, una alternativa de una pyme puede costar alrededor de $3.000; una gaseosa de primera marca de dos litros y cuarto puede superar los $5.000, mientras que una elaborada por una pyme puede encontrarse por unos $2.000.
Para los almaceneros, el vínculo con las pymes también representa una ventaja comercial, ya que las operaciones suelen realizarse al contado y permiten a las empresas obtener liquidez para sostener la producción y el pago de salarios.
Sin embargo, el sector enfrenta fuertes incrementos en sus costos de funcionamiento. Alquileres, tasas municipales y tarifas de electricidad representan una carga creciente para comercios que necesitan mantener heladeras y freezers en funcionamiento.
Savore cuestionó especialmente la presión impositiva y el impacto de los servicios sobre los pequeños comercios. “El costo operativo termina destruyendo al comercio. Te viene demasiado de luz, de alquileres y los impuestos que tenemos la verdad son demasiado abusivos”, afirmó.
Chau efectivo
Los cambios en los hábitos de consumo también alcanzaron los medios de pago. El efectivo perdió protagonismo frente a las transferencias y billeteras virtuales, una transformación que se aceleró por cuestiones de seguridad y por la expansión de los pagos digitales. Según Savore, ocho de cada diez clientes ya utilizan algún medio de pago virtual. “El dinero físico prácticamente tiende a desaparecer o por lo menos uno cuando cierra la caja y cuenta el billete físico dice que no vendió nada”, explicó.
La digitalización, sin embargo, convive con una práctica tradicional de los comercios de cercanía, la libreta de fiado. Ante la falta de liquidez, algunos almacenes volvieron a funcionar como una pequeña red de crédito para sus clientes habituales. La libreta permite que vecinos que cobran unos días después puedan llevar alimentos y productos básicos hasta recibir sus ingresos.
La alternativa, explicó, es acompañar al cliente durante períodos puntuales de falta de liquidez: “Si le faltan tres días para cobrar y necesita 40.000 pesos de mercadería, le digo que cuente conmigo”.
Para los comerciantes, el desafío es sostener ese vínculo con los vecinos mientras enfrentan una estructura de costos que amenaza cada vez más la supervivencia de los pequeños negocios.

