La serpiente se mordió la cola
El populismo digital y la maquinaria algorítmica que catapultaron a Javier Milei al poder muestra sus límites estructurales ante la experiencia material de la población, transformando la estrategia de ataque en un instrumento incapaz de servir como escudo. Por qué la estructura comunicacional digital que permitió la construcción de una legitimidad a través del shock se desgasta en la gestión real y altera los tiempos de la democracia.
- Nacional
- Por Matías Audisio
- Jun 6, 2026
El año 2023 no sólo planteó un punto de ruptura en torno a signos políticos, rumbos económicos o paradigmas de ejercicio de la propia política. También inauguró una ruptura en el vínculo entre la representación política y la tecnología comunicacional. Javier Milei es también la expresión – siendo el primer presidente argentino que nació primero como un fenómeno digital y luego como fenómeno político – de un momento en donde la clase política entendió que las plataformas digitales no premiaban necesariamente la razón, la experiencia o la moderación, sino la intensidad. En un ecosistema comunicacional organizado alrededor de la atención, la velocidad y la emocionalidad, la política comenzó a parecer cada vez más a una competencia por ocupar el centro del flujo informativo. El conflicto dejó de ser solamente una dimensión inevitable de la democracia para convertirse también en un recurso de captación de la atención. Luego ese capital atencional es transformado en capital político a través de refuerzos a la adhesión partidaria online.
Del rendimiento atencional al sillón de Rivadavia
Este paso de la mediación de la experiencia política de los medios de comunicación de masas a las plataformas digitales, trae consigo nuevas reglas en la arena. Como suele decirse, todo cambio en las tecnologías de las comunicaciones abre paso a un nuevo régimen político. Así como la imprenta implicó cambios en la experiencia política de grandes grupos, también lo hacen las plataformas digitales.
Esta mediación, además de desplazar al periodismo y los medios como un actor de peso en el filtro de la narración política, agrega un elemento que ya mencionamos pero que vale la pena desmenuzar: la alta emocionalidad discursiva.
Para ingresar de lleno en esta idea, vale la pena repasar que el concepto de populismo digital ya había sido trabajado por Alessandro Dal Lago en Populismo Digitale – libro publicado en 2017-, donde analizaba la relación entre plataformas, liderazgo político y nuevas formas de agregación emocional en internet. Allí bien describe que este tipo de ejercicio de la política que se caracteriza por la determinación de una dicotomía (un grupo “puro” como “los argentinos de bien” y literalmente “le caste politiche” definida como impura) que sintetice las demandas insatisfechas de una sociedad en crisis. Esta simplificación implica un desplazamiento del código político al código moral. La lucha no es contra problemas sino contra el Mal en mayúscula. Si bien estas nociones nos aportan coordinadas, gran parte de esas lecturas todavía pertenecen a un ecosistema previo a la pandemia, anterior a la radicalización de ciertas dinámicas comunicacionales que hoy estructuran la conversación pública. El populismo, bastamente trabajado en nuestro país gracias a nuestra historia, encuentra en las plataformas digitales un entorno particularmente favorable para expandirse.
Las redes sociales no solo facilitan simplificación narrativa y antagonismos claros: premian además aquellos discursos capaces de producir reacciones afectivas intensas. En este punto el populismo digital agrega una dimensión específica contemporánea al concepto clásico: la sobreexplotación sistemática de la emocionalidad para transformar acumulación atencional en acumulación política. Ya no se trata solamente de interpelar demandas sociales insatisfechas, sino de hacerlo bajo una lógica algorítmica donde la ira, el escándalo y el conflicto poseen mayor capacidad de circulación que la moderación o la complejidad. Esto también trae consigo efectos derivados, como la hibridación del discurso político con otros géneros discursivos primarios como por ejemplo un programa de chimentos o un reality show. Ese punto quedará para otro texto.
La indignación, el sarcasmo, el enemigo exagerado y la simplificación extrema comenzaron a tener un rendimiento comunicacional extraordinario en momentos de descontento social durante la crisis política y económica que caracterizó al gobierno de Alberto Fernández hacia el final de su mandato. No porque las redes “inventaran” esas formas políticas, sino porque amplificaban aquellos líderes capaces de producir mayor reacción atencional. El populismo de fuerte componente digital no nace de un repollo, sino que en contextos de crisis de representación las plataformas digitales actúan como catalizador de la radicalización del discurso.
El ascenso de Javier Milei en Argentina puede leerse, al menos en parte, desde esta lógica. Su comunicación política condensó muchas de las características más compatibles con el ecosistema digital contemporáneo: antagonismos claros, emocionalidad intensa, simplificación narrativa, lenguaje memético y capacidad de producir conflicto permanente. En un contexto de inflación, deterioro económico y fatiga con el sistema político tradicional, ese estilo discursivo encontró una audiencia predispuesta a recibirlo no solamente como discurso, sino como descarga emocional. La mediación digital a través de los algoritmos no reemplazó a la crisis política: la canalizó narrativamente.
Incluso es interesante pensar cómo la tecnología digital plantea una novedad en la salida de las crisis económicas argentinas: la representación viró por fuera del sistema político tradicional en el marco de las reglas del juego democrático. No fue la misma la circunstancia en momentos de crisis donde el presidente se vio obligado a renunciar abriendo paso a una seguidilla de cinco presidentes en una semana, o cuando el presidente tuvo que adelantar las elecciones, o mismo cuando la inestabilidad política, económica y el descontento social desembocaban en sangrientas interrupciones democráticas.
Los límites de la magia digital
Con estas reglas de juego llegó Milei al sillón de Rivadavia. Sin embargo, menos de tres años después, se midió que más del 70% de los argentinos manifiesta hoy una percepción negativa o un escepticismo respecto a su gestión.
La creciente insatisfacción social respecto del gobierno argentino no parece explicarse únicamente por fatiga narrativa o desgaste comunicacional, sino también por el impacto concreto de un programa económico que logró desacelerar la inflación a costa de un fuerte deterioro de ingresos, consumo y empleo. La promesa de autorregulación espontánea del mercado encuentra límites cuando amplios sectores sociales perciben que la estabilización macroeconómica no se traduce en mejora cotidiana de sus condiciones de vida. En ese punto reaparece una dimensión que las teorías excesivamente centradas en plataformas muchas veces subestiman: la política digital puede amplificar legitimidad o malestar, pero no sustituye ilimitadamente la experiencia material sobre la que esa legitimidad se sostiene.
Las redes no hacen magia, pero esa experiencia material hoy se encuentra cada vez más mediada por entornos digitales. La experiencia política contemporánea no se organiza solamente a través de instituciones, partidos o medios tradicionales, sino también mediante las formas de exposición e intercambio informacional: plataformas que estructuran percepciones, emociones y ritmos de atención cotidianos. Argentina aparece entre los países con mayor consumo de redes sociales del mundo según datos de Statista, con promedios cercanos a las tres horas diarias de uso que posicionan al país en el puesto número siete del globo. En ese contexto, no resulta menor que el propio Javier Milei utilice de manera intensiva X – probablemente la red social más desregulada y antagonizante del ecosistema digital contemporáneo- como espacio privilegiado de comunicación política, intervención pública y construcción discursiva cotidiana.
Estamos hablando de un líder acorde a su sociedad: se han trasladado tal cual las reglas del intercambio discursivo digital al espacio público. En este punto hay que sentarse para observar los vaivenes. La gestión de gobierno no solo se desarrolla sobre variables económicas concretas, sino también dentro de un flujo permanente de sobreestimulación informativa donde la emocionalidad, el conflicto y la reacción inmediata moldean cada vez más la percepción social de la realidad política.
Este elemento digital canalizó en momentos de obturación. Sin embargo, las mismas plataformas que amplifican la emocionalidad también producen saturación. El problema de los ecosistemas digitales contemporáneos no es únicamente la circulación excesiva de información, sino el agotamiento cognitivo que produce habitar permanentemente dentro de ellos. Yves Citton trabaja esta cuestión a través de la idea de “demanda estresada”: sujetos sobreexigidos atencionalmente, expuestos a flujos permanentes de estímulos, opiniones, indignaciones y urgencias. En esas condiciones, sostener indefinidamente altos niveles de intensidad emocional se vuelve cada vez más difícil. ¿La gente deja de bancar a Milei porque se cansó de las redes? No. Pero sí es cierto que el capital comunicacional único que ostentaba el presidente – que actuaba como escudo para la aplicación de sus políticas – desgastó su capa de novedad y capacidad de shock.
La lógica de la indignación permanente tiene un límite estructural: el cansancio. Ahí es donde la serpiente se muerde la cola.
El bumerán de la pureza y el desfase de los tiempos
El shock pierde eficacia cuando se vuelve cotidiano. La ruptura deja de percibirse como excepcional cuando se convierte en estado permanente. Lo que en campaña funciona como punta de lanza, en la gestión de gobierno tiene sus límites. La atención digital necesita novedad, pero el ejercicio del poder necesita administración, tiempos largos y negociación con una realidad que rara vez se adapta a la velocidad narrativa de las plataformas. El shock comunicacional fue necesario para dar un shock económico, pero en el mediano plazo es, quizás, el germen de su propia destrucción.
En ese punto aparece una tensión central del populismo digital contemporáneo: la mediación digital premia la respuesta más emocional a los problemas comunes y, en momentos de hartazgo, entran como un caballo. “El salario va a subir como pedo de buzo” es un clip muy efectivo, pero el desfasaje entre la simplicidad que requiere la relevancia comunicacional y la complejidad que requiere la gestión pública erosiona la credibilidad no de un gobierno, sino de un sistema político.
La distancia entre ‘la tenemos clara y es fácil’ y ‘no se arreglan cien años en cuatro’ plantea no sólo un problema económico, también narrativo. Por lo tanto comunicacional. Por lo tanto también político.
Por otro lado, hay otro elemento delicado para la comunicación mileísta: el estándar moral que le estructura su tipo de populismo. Esta superioridad moral que sostuvo lo más preciado de su discurso – la dicotomía casta-anticasta -, que está centrada en la denuncia implacable de la «casta» corrupta, hoy se revela como un bumerán que regresa con fuerza. El escándalo de presuntas irregularidades patrimoniales de Manuel Adorni – jefe de Gabinete y figura clave en la narrativa anticasta, con compras de propiedades lujosas, viajes cuestionados y un incremento patrimonial bajo escrutinio judicial- erosiona esa premisa absoluta de pureza ética. “La moral como política pública” generó un estándar propio de intachable honestidad al que el oficialismo no responde. Escupir para arriba es peligroso.
Vuelve el mantra: los elementos digitales que estructuran victorias para líderes populistas encuentran límites en la práctica política humana.
Fin de juego: El divorcio entre la comunicación digital y la gestión pública
Mirando el vínculo algoritmo-gestión pública, esto no significa necesariamente que cualquier populismo de tipo digital fracase automáticamente cuando llega al poder. Significa otra cosa: que la eficacia comunicacional algorítmica tiene límites cuando la emocionalidad de campaña comienza a enfrentarse con la temporalidad lenta y contradictoria del gobierno real. Si el elemento central (u único) de la victoria electoral se basa en una excitación imposible de mantener, nuestra democracia tiene un problema. Las plataformas son excelentes para trasladar el rendimiento atencional de los antagonismos – que generan más engagement – en refuerzo de los propios, pero mucho menos eficaces para sostener consensos duraderos o administrar frustraciones prolongadas.
En ese sentido, quizás uno de los errores más frecuentes de ciertos análisis contemporáneos sea creer que las redes sociales reemplazaron a la política y entonces esta nueva forma de fabricación de la verdad lo ha absorbido todo. Como vemos, en realidad, las plataformas reorganizan las formas de circulación, amplificación y percepción del conflicto político, pero no eliminan las condiciones materiales sobre las cuales ese conflicto se desarrolla. La representación, la economía, el eje “corrupción” y la vida cotidiana continúan operando como núcleos decisivos de legitimidad. Ningún algoritmo estabiliza por sí solo una experiencia social deteriorada.
Al arma que Milei empleó le falta algo: un escudo de sí mismo
Tal vez por eso el gran problema contemporáneo no sea simplemente la existencia de liderazgos intensos o discursos polarizantes, sino la dificultad creciente de las democracias para producir temporalidades políticas compatibles con una cultura organizada alrededor de la reacción inmediata. La tensión entre realidad tecnológica y organización política sigue vigente. Así, la lógica de plataforma exige aceleración constante, pero la política democrática (y quizás sobre todo la argentina) necesita, procesos lentos. Entre ambas dimensiones aparece una tensión cada vez más difícil de resolver.
El intercambio discursivo corto y con alto contenido emocional llegó para quedarse, pero aún la clase política no ha regulado las distancias entre influencers y líderes políticos.
El gobierno de Milei, como experimento global en varios aspectos, también merece ser observado por una clase política que, al menos en Argentina, intenta rearmarse para darle disputa en 2027 con un oficialismo con un creciente descontento pero con una oposición sin modelos nuevos en vidriera.

Matías Audisio (Rosario, 1996). Licenciado en Comunicación Social (UNR) y maestrando en Medios, Comunicación y Cultura (UAB). Investigador en mediatizaciones y plataformas digitales.

