MARTES, 20 DE OCT.

Breve entrevista al demonio

Por Candi

Por Candi

Estoy frente a él. Nuevamente frente a él. Siento, sin embargo, que estoy frente a un espejo, porque ¿cuánto de él hay en mí y en cada uno de nosotros? De todos modos, procuro diferenciarme y lanzo la primera pregunta: “¿Qué es el amor?” Reconozco que me equivoqué al interrogarle sobre el asunto, pues enfadado me respondió: “¿y eso me preguntas a mí? ¿Qué podría responderte si no que ese sentimiento es mi perdición?”

Acepté mi error, fui directamente al punto y, sin más, le increpé:

-¿Qué regocijo puede haber en sembrar, diseminar, el odio en la humanidad?

-Vayamos por parte –me respondió irónico- en primer lugar déjame decirte qué cosa es el odio.

-¿No me dirá que es un sublime sentimiento?

-Lo es para mí, claro. En rigor de verdad, el odio es una amalgama de diversos sentimientos tales como el enojo, la ira, el resentimiento, la envidia, el anhelo de venganza. Es decir, una pócima fabulosa compuesta por diversas drogas. Un bocado fatal elaborado con mis magistrales manos. El odio es el vehículo eficaz y eficiente ideado por mí para terminar con unos y con otros y en ello me regocijo.

-¿Cómo es eso?

-El que odia trata por todos los medios de aniquilar a su prójimo, pero al mismo tiempo que dispara la flecha envenenada se envenena a sí mismo.

-Sin embargo –le enrostré- los sabios han dicho que si el ser odiado comprende la miserable actitud de quien guarda rencor y actúa en razón de ello, se libera de la mortal toxina que le es dirigida. Y así, finalmente, sólo uno es el que muere, y  es aquel que dispara contra su semejante. Es decir, y para ser claro, muere en vida aquel que odia.

-Mi tarea es, por eso mismo, hacer creer al que odia que su sentimiento es poderoso, tanto que con él es capaz de terminar con el odiado. Debo impedir, por todos los medios, que el energúmeno resentido comprenda aquello que dijo el autor de El Lobo Estepario: “Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”. Si alguna vez el ser humano rencoroso llegara a conocer que en realidad ese sentimiento dirigido hacia otra persona se refleja y se vuelve hacia él, yo estaría perdido. El hombre sabría entonces que en realidad a quien derrota no es al otro, sino que se humilla y somete a sí mismo.

¿Cómo iba a aguardar yo otra acotación como que no fuera aquella que me mandó seguidamente,  con una sonrisa en la que se mezclaba regocijo y perversidad?: “Sin contar –dijo regodeándose- que un sentimiento de semejante naturaleza como el odio  es capaz de herir, a veces hasta de muerte, la estructura orgánica a través del debilitamiento del sistema inmunológico”.

No pude más y me dije entonces que era el momento de terminar la entrevista con el fatal sujeto. No porque yo fuera un “Hijo de la Luz” y él  indigno de mi reportaje, claro está, porque en realidad mucho de sombra hay en mí. Pero tanta oscuridad y sadismo me resultaban intolerables. Sin embargo, no podía dejar de tomar un último apunte con mi pluma, con el deseo inocultable (lo confieso) de asestarle un golpe, y volví al inicio de la charla haciéndome pasar por distraído:

-¿Y qué significa el amor para usted?

-Ya te lo he dicho, es mi perdición y el fracaso de mi propósito. Eso es todo lo que debo saber sobre el amor. No quiero ni me interesa hablar de tal asunto.

-Pero ya ha hablado –le arrojé con cierta satisfacción.

-¡¿Cuándo, cómo?! –preguntó alarmado.

-Puesto que todo en el universo, como se sabe,  está basado en los pares de opuestos, al hablar y definir el odio y sus consecuencias, usted habló y definió el amor y sus efectos. Y creo que algún lector de esta breve entrevista tendrá en cuenta tal cosa.

Se quedó mirándome estupefacto. Creo que, por miedo, no se atrevió a odiarme.

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