MIéRCOLES, 21 DE OCT.

El amor

por Candi

El amor que comienza sólo en la carne y con la carne, puede  terminar mucho antes que ella, incluso ser fugaz (si es que fue). En cambio, el amor que comienza en el espíritu y con el espíritu, suele trascender todo el orden físico y  temporal ¿Suele, dije? Me equivoqué, es necesario asegurarlo. Este es el verdadero amor, el otro es un mero enamoramiento, una atracción superficial, una pasión cuyos límites se pueden sospechar.

Como siempre lo sostuve (y lo escribí), no comparto la opinión que sostiene que hay “distintos tipos de amor”, entendiéndose como “tipo” a la naturaleza del amor. La esencia del amor es siempre la misma, lo que cambia es la “forma” del sentimiento, el modo de entregarlo y recibirlo y la intensidad o caudal. La naturaleza del amor de una madre por su hijo, es la misma que la que tiene por su pareja,  por su progenitor o por Dios. Cambian las formas, se modifica el modo, la carga sentimental, pero lo sustancial permanece.

Hay quienes simbolizan el amor perfecto en la idea platónica de tal sentimiento. Y es verdad que el filósofo se acerca bastante a la perfección en cuanto a lo que define como amor (el conocido “amor platónico”). Platón sostenía que el principio del amor es la consideración y valoración de lo bello en todas las cosas, pero no lo bello estrictamente físico, pues él  aseguraba que era “más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo”.

El asunto es que descubrir la verdadera belleza no es una tarea fácil para el ser humano. Y no lo es,  porque tal descubrimiento está vinculado al poder de discernimiento de la mente y a la percepción del espíritu. Y se sabe que la mente humana puede ser “esclavizada”;  es decir,  manipulada, sometida, influenciada por diversos agentes. Y uno de estos agentes es la cultura, la moda. Moda que en estos días está digitada por el llamado “sistema”.

800px-Giampietrino_Magdalena_penitente_HermitageQuien observe detenidamente a un maestro de la pintura del Renacimiento, por ejemplo, advertirá que no concibe la belleza de una mujer  sin ese “relleno” que para nuestros días de abdomen plano sería poco menos que ridículo. Sin embargo, los grandes pintores de esa época han puesto el foco en la mirada de sus personajes, pues para ellos es allí donde se puede descubrir la belleza real de un ser humano.  Como mero ejemplo, se acompaña esta columna con una imagen de “La Magdalena penitente”, una obra del genio no muy conocido de Giampietrino, discípulo de Leonardo Da Vinci.

Hoy, la belleza física, para muchos, pasa por otros “parámetros” ¿Qué sería de los cirujanos plásticos, esteticistas,  la gran industria de los implantes, de las cremas mágicas, etcétera,  si así no fuera?

Y la belleza de la mente y del espíritu, esa que en definitiva está emparentada con el verdadero amor,  está en franca bancarrota ¿A qué hombre se le puede ocurrir, hoy, por ejemplo,  admirar primero una mirada, o la inteligencia de una mujer antes que sus aceptables buenas lolas o su buen formado traste? No digo que no existen, pero dificulto que sea esta especie la mayoría.

Y toda esta ensalada de palabras sobre el amor, es porque una joven amiga (Belén Corvalán)  recordó unas palabras de Kundera: “hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas, sino casi contradictorias. El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerables de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer”. El acto sexual, entre otros actos de orden físico, no es sino la materialización eventual del amor en la pareja.

Coincido con el escritor en mucho (me reservo para otro momento la explicación del por qué no en todo). Pero es así, el verdadero amor (en este caso el de pareja) es sentir y saber que uno está ya preparado para compartir todo con alguien, para dar todo por ese alguien y para renunciar a casi todo. Digo renunciar a casi todo, porque hay cosas a las que la persona no puede renunciar. Por ejemplo: no se le puede reclamar a una madre que renuncie a su hijo por nada del mundo.

En todo caso, y aun cuando estemos en el año 2.016 y “sus cosas”, el verdadero amor, como dijo San Pablo, no pasará jamás. Hasta la ciencia desaparecerá, pero no el amor. Y ese amor, ese sentimiento cierto e incontrovertible, tiene que ver, como decía el griego, con la fuente de todo que es de orden espiritual.

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