El jardín de las flores muertas
Por Candi
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- Dic 17, 2016
Por Candi
(camino a Granada, España, diciembre 15 de 2016.)
Allí está, con su cabeza gacha levemente reclinada y apoyada sobre el viejo báculo de madera que sostiene con su mano derecha.
Sus ojos parecen cerrados, pero no…, ellos miran otros tiempos de su jardín ahora agostado. Entonces una sinfonía de belleza y colores de aromas reposantes invitaba a la vida de los peregrinos de espíritus turbados que por su jardín pasaban.
A veces, sus rosas y gardenias arrancaban un suspiro de aquellos que andaban ansiosos corriendo detrás del amor. Otras, el aroma mitigaba el dolor del trashumante.
Aquellos eran tiempos en los que él, con sus flores, hacía en las criaturas collares de vida y esperanza.
Como Pedro, el apóstol, (aunque muy lejos, lejísimo, de parecérsele, claro) solía decir con una sonrisa: “de lo que tengo te doy” y dejaba que aquellos seres se extasiaran con formas perfectas, colores de vida y aromas de fe.
Escuchaba entonces palabras que le regocijaban: “su rosa me ha hecho ver la vida de otro modo”. O: “su gardenia me ha sacado de la melancolía”.
Pero como suele suceder muchas veces en esta vida, sus fuerzas se cayeron, sus energías se desmoronaron tan de a poco que aquello pareció un instante.
Su jardín, al fin, se había secado, sus flores se habían muerto.
Ahora, los peregrinos pasaban sin detenerse, indiferentes ante aquella planta humana que, como sus flores, se marchitaba en soledad.
Nadie estaba para decirle a él, que había regalado bellos perfumes: “de lo que tengo te doy”. Ni una mirada amorosa, ni una caricia pasaba por sobre su frente cansada.
Ni una palabra para aquel que reposaba su cabeza sobre el viejo báculo de madera, en el jardín de las flores muertas.
Foto: Se ilustra este escrito con uno de los jardines de la Alhambra, Granada, España.

