MARTES, 20 DE OCT.

El mal de la humanidad es la pérdida de la inocencia

Por Candi

Al crear al hombre, Dios le advirtió: “De todo árbol podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comieres ciertamente morirás”. Pero el mal, el llamado demonio, que no era ni es otra cosa que un ser superior enfrentado a Dios, convenció a la mujer,  y aquellos  primeros padres (Adan y Eva) se olvidaron del consejo divino y comieron el fruto del árbol. Supieron entonces qué era bueno y qué era malo, pero no desde el corazón (sabiduría intuitiva, inteligencia emocional), sino desde la razón especulativa,  y allí comenzó la desgracia de la humanidad. Comenzó  con la pérdida de la inocencia.

En la alegoría, en el mensaje encriptado de este pasaje del Génesis, encuentra el ser humano interesado en el sentido de la vida, también el génesis de todo  sufrimiento. El hombre comienza a saber, puede discernir “racionalmente” entre lo bueno y lo malo, y comienzan entonces a sucederse una serie de factores que le complican la vida: ahora sabe que muchas de sus emociones y sentimientos negativos se deben a una causa. Descubre que esa causa a menudo es el prójimo y entonces juzga y actúa. Pero al mismo tiempo, el hombre acarrea con otro problema al perder el estado de inocencia: su discernimiento racional  que lo lleva a juzgar es imperfecto y por tanto juzga imperfectamente a cada instante. Y juzga desde su visión particular, personal, de las cosas. Y ese error crítico es generador de violencia,  hasta de guerras.

Al perder la inocencia, es decir al comprender mediante el discernimiento, el ser humano suma también nuevos sentimientos negativos como el rencor, el odio, la venganza, los celos. Y enseguida le sucede la violencia premeditada.

Lo determinante es que el llamado demonio le ha mentido al ser humano cuando le invita a comer del árbol del bien y del mal (alguna vez se explicará qué significa esta metáfora), le ha mentido cuando dice que no es cierto que vaya a morir si come del fruto prohibido. Y ciertamente que muchas cosas empiezan a morir en la persona. Lo primero que fallece es su paz interior, su paz personal, íntima. Seguidamente morirá la paz social. Caín asesina a su hermano Abel, por celos, por intereses. La muerte por homicidio aparece.

Ahora bien, tampoco puede decirse que el ser humano al adquirir el poder de reflexión, de conocer el bien y el mal desde un punto racional, haya perdido toda su inocencia. En una escala de cero a diez, podría decirse que la persona de nuestros días tiene grados de inocencia que van de cero a cuatro. Cuando el grado de inocencia  supera el cinco, comienza a sufrir de manera multiplicada si es víctima de males (y siempre lo es en este mundo mezquino, individualista, intolerante,  ignorante de ciertas cuestiones,  a veces sabiamente perverso y fanático).

Cuando el grado alcanza el 8, que es el caso de los “justos” o santos, el tormento y la muerte, por la sumatoria del supremo idealismo, puede ser el desenlace ¿Ejemplos?,  los mártires conocidos de la humanidad. Para no caer en el lugar común y nombrar siempre a los mismos (Gandhi, Luther King, Mandela, etcétera), me remito a la historia del cura checoslovaco John Huss, rector de la Universidad de Praga allá por el 1.300. Huss había sido encerrado por defender la  libertad de religión y oponerse a que se condenara a muerte a quienes no estaban de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Este idealista y poseedor de un alto grado de inocencia (un soñador)   le dijo a los obispos en su celda cuando le pidieron que se retractara: “Dios Todopoderoso es testigo que de todo corazón y con toda mi mente estoy dispuesto a cambiar mis creencias si el concilio puede mostrarme, con la Biblia en la mano, que estoy en un error”. El juicio de los obispos, absurdo y equivocado,  que partió de la ausencia del estado de inocencia, de la soberbia, del poder desafiante a Dios, llevó al cura a ser quemado vivo.

¿Y qué ha dicho, por otra parte,  Jesús, el Ungido,  sobre este asunto de la inocencia? Ha sido contundente: cuando sus discípulos, con la mente obnubilada por el juicio racional, procuran impedir que unos chicos se acerquen a El para tocarle, los ha reprendido diciéndoles: “déjenlos. Sepan que si no se hacen como ellos no entrarán en el Reino de los Cielos” ¿Y qué don, qué virtud podían  tener estos niños? La inocencia. Inocencia que de manera inmaculada se encuentra sólo en dos clases de seres sobre la faz de la Tierra: en los niños y en los hermanos animales.

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