MARTES, 20 DE OCT.

¿Me la prestás una vuelta?

Por: Candi

Los “Días de…” tienen más una raíz de orden comercial que sentimental o emocional. Al menos eso es lo que he creído siempre. El Día del Amigo, que se ha celebrado recientemente, ha sido de significancia para ciertos rubros, como el gastronómico. No está mal y, por otra parte, es bueno que exista un día como referencia para homenajear al prójimo.

Lo que en efecto es una verdadera pena es que el amigo sea olvidado no ya el día después, sino (lo que es peor) el día en que la noche cerrada, el desierto, la soledad se abaten sobre él.

Ese gran escritor y pensador indio que fue Rabindranath Tagore, decía que “la verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”.

Recientemente, puntualmente en el Día del Amigo, escribí unas líneas en mi cuenta de Facebook (Charlas de Candi) que dicen así: ¿Hoy es el Día del Amigo? ¿Sí? Pues les deseo a todos los amigos de Facebook y de la vida, como siempre, una buena vida. Y no olvidemos que mañana, pasado, y los días que vendrán son también los días del amigo. Y que los amigos están presentes sobre todo en la tormenta, en la noche cerrada y en el desierto. Cuando hay viento favorable es lindo y reconfortante subirse a la nave, navegar y compartir la cena y una copa de vino en el camarote con el capitán y los demás tripulantes, lo difícil es permanecer a su lado en la tempestad, cuando toda la furia de los elementos arrecia, cuando todo parece perdido.

Y esto que he escrito tiene que ver, en gran parte, con la gratitud y su otra cara, la ingratitud, con el olvido, con la indiferencia. Estas flechas venenosas, que no matan, pero hieren, andan muy orondas y ufanas, sin culpas, en estos tiempos por la vida. Gente que cuando el ser humano está en su apogeo se acercan y cuando decae se distancian tanto como les sea posible.

Algo así como aquellos chicos de esos barrios pobres del tiempo pasado y de siempre, a quienes el destino hacía que dispusieran de una bici cuando el resto apenas si tenían zapatillas. Un enjambre andaba detrás con el recordado: “¿me la prestás una vuelta?”, pero que cuando el feliz poseedor de las dos ruedas -también por cosas del destino- se quedaba de a pie, sólo le perseguía ese fiel y leal amigo (si lo tenía) que jamás andará entregando su amor por interés: su perro.

Por eso es bueno saber que la amistad es amor y que todo amor es servicio y servicio determinante en ciertos instantes de la relación y de la vida. Y además es imprescindible comprender que cuando se da o se presta un servicio que tiene su origen en el amor, en el corazón, no es bueno esperar retribución. Y esto por dos razones: la primera porque el servicio que se presta esperando una recompensa (no necesariamente material) no es contado por el Orden Superior para la elevación espiritual ni para el principio de acción y reacción (karma). Y la segunda porque es muy probable que quien espere un sincero agradecimiento y no palabras formales, corra el riesgo de no obtener nada, excepto dolor por la ingratitud.

Por eso si se presta la bici para dar una vuelta a un amigo, se debe estar preparado, tolerante y comprensivo,  para que cuando ya no se tenga las dos ruedas, el supuesto “amigo” esté tan lejos como ese vehículo que te hizo tan feliz por un tiempo.

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