MIéRCOLES, 21 DE OCT.

La soledad, lunas y resurrección (parte dos)

Por Candi

La historia de Cosette narrada ayer, es la historia de millones de seres humanos que padecen soledad; o, mejor aún, sienten soledad. Es cierto que tal sentimiento tiene múltiples causas. Por ejemplo, la ausencia de un ser amado, su muerte, produce un profundo sentimiento de soledad. Lo mismo ocurre con aquella persona que procura formar una familia en razón de su naturaleza social, pero  las circunstancias se lo impiden.

El sentimiento de soledad se produce también en muchas circunstancias y ambientes. Una persona sensible que es discriminada en un grupo, sentirá sin lugar a dudas soledad. Y este sentimiento será mayor y causará daño serio si no encuentra a alguien, fuera de ese contexto, que lo  mitigue.  En fin, los casos son muchísimos, cada uno con sus características; y podría hasta hablarse de una sociedad en soledad cuando sus líderes olvidan el concepto de amparo, de protección y no lo aplican.

Pero hay una soledad que es más lacerante y es la que se produce aun cuando la persona está en compañía ¿Cómo es posible esto? Es muy posible, y lo cierto es que los casos abundan. Es una suerte de síndrome, de mal, frecuente en este posmodernismo e impuesto por él. El sistema y la cultura del falso éxito son, en muchos casos, los hacedores del vacío existencial que ataca a parejas, hijos, padres, etcétera.

El sistema forma a la mente social (e individual) de modo tal que ésta llega a creer que la única forma de completarse es mediante la consecución de aquellas cosas que, por su propia naturaleza, no pueden completar nada, menos aún el alma humana. Es entonces cuando el ser humano se lanza a la caza obsesiva, desenfrenada, de aquello que considera su destino más importante. Queda atrás, relegado,  lo determinante, entre lo que se encuentra en un lugar especial, preponderante, otro ser humano. Un ser humano que observa cómo aquel del que espera «verdadera compañía» y no sólo presencia física, está ensimismado en lo insustancial. Comienza allí el proceso de soledad.

Este falso éxito tras el cual van muchos, es posible detectarlo en la búsqueda exacerbada y patológica de dinero, de poder, de gloria; en la adoración de la materia por sobre el otro orden que verdaderamente importa y  que está signado por el amor. Amor a todo lo creado y, fundamentalmente, al prójimo visto no como una cosa, sino como un sujeto necesario y necesitado. Pero ese último aspecto, este prójimo al que puede y debe darse lo fundamental, es a menudo considerado una entelequia, una utopía, un absurdo y ese necesitado de afecto, de amor,  se siente abandonado, desamparado y desprotegido.

Comienza a apoderarse de él la soledad; y la causa de tal sentimiento no es otra que la persona obnubilada por la insignificancia que él cree que significa y que le da significado a su vida (el éxito mal entendido, como se dijo). Cuando debería prestar más atención, dedicación y tiempo a lo que verdaderamente vale (el amor a la pareja, a un hijo, a un amigo, a un prójimo en situación de adversidad, o a la creación) el seguidor del éxito apócrifo se devana los sesos y se pierde la vida procurando alcanzar todo aquello que no lo completa, y que advierte que no tiene valor cuando la muerte golpea a su puerta, o cuando aquel ser que descuidó decide irse de su vida o se pierde por causa de la soledad.

Mucho más es, desde luego, lo que puede decirse sobre este sentimiento llamado soledad ¿Hay una parte benévola, necesaria, de él? Por supuesto que sí.  Schopenhauer decía que la soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes. Será motivo de una reflexión en otro momento.

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