Navidad y amistad
Por Candi
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- Dic 25, 2015
Cuando nació la amistad por antonomasia, es decir cuando la amistad se hizo paradigma, era la noche y no hacía frío. Un detalle el del clima, pero no menor, porque sirvió para hacer sospechar a los estudiosos que cuando nació Jesús, ese “amigo fiel”, como suele llamárselo, no era diciembre (tebeth en el calendario hebreo). Sustentan ello en que en ese mes por aquellos lejanos lugares del mundo el clima no es benigno y el frío se hace sentir ¿cómo entonces los pastores podrían haber estado durmiendo, reposando, a la intemperie, cubiertos solamente por el manto mágico, misterioso, infinito, perfecto, del universo.
Entre los investigadores, y por diversas razones que no son del caso explicitar ahora, hay discrepancias sobre la fecha exacta del Gran Nacimiento. Pero esto es un comentario al margen, ¡¿qué importa?! Este asunto es lo de menos y siempre en la vida de los seres humanos debe importar lo de “más”, aquello que es importante, que determina, eso que se erige en piedra angular de la vida de la persona y de la humanidad.
Lo cierto, lo que vale en este caso, es que la Amistad nació, que nació Jesús, el Ungido. Hay quienes jamás entenderán lo que encierran esas conmovedoras palabras de Juan: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”. Y se sabe que habitar entre nosotros no le fue fácil. No le sigue siendo fácil a algunas personas que, siendo como nosotros, se diferencian por su sensibilidad, por su genuino afecto y amor hacia toda cosa creada, por su nobleza de espíritu y de corazón, por su empatía con el problema humano.
Se ha dicho (sorpresivamente tal vez para algunos) que al nacer Jesús nació la amistad. Y aunque ello suponga una trivialidad, un rebusque, no lo es, porque la amistad, la genuina, es puro amor, es pura entrega.
Jesús, con su presencia y su destino, convirtió lo que se conocía como amistad en algo más perfecto, en algo definitivamente sagrado. ¿Qué es la amistad? El diccionario de nuestra lengua tiene dos acepciones casi perfectas, pero sólo casi: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. La otra acepción nos habla de “afinidad, conexión entre cosas (seres)”. Jesús fue más allá y estampa con fuego unas palabras que son locura para los hijos del mundo, sublimes para los hijos del Cielo: “el amor supremo consiste en dar la vida por los amigos”. ¡De locos!, dirá el mundo.
Desmenuzar este entrañable y perfecto sentimiento en medio de este individualismo atroz, en medio de la indiferencia de tantos por la suerte de sus semejantes, no es fácil; mucho menos es aplicarlo ¿Quién está dispuesto en medio de este ruido, de estas luces de neón, de esta frivolidad que adora lo vano y desecha lo trascendente, dar la vida por su amigo? Muy pocos. Así, al pasar, recuérdese a algunos grandes conocidos como Martin Luther King, Mahatma Gandhi, la Madre Teresa, es decir gente que ha renunciado a su propia vida por la de los otros. Y hay también, claro, algunos grandes desconocidos, entre quienes destaco a esos cristianos anónimos de nuestros días, y de tantos días (y a otros seres humanos de diversas creencias y no creencias), que dispuestos a no renunciar a sus principios, a su fe, a Dios, a Cristo, han preferido morir antes que negar la verdad, dar la espalda a la Luz. Morir antes que ignorar el destino de los amigos. Locos de toda locura para unos, dignos de admiración y reverencia para otros.
Pero, ¿por qué apelar a situaciones extremas como la entrega hasta morir para hablar de amistad y de la pobreza que la viste hoy? No es necesario ello, basta ver como se banaliza la palabra, como se la reduce a casi nada con los hechos. A menudo no sólo que el “amigo” no está dispuesto a morir por el otro, sino que le mezquina un pensamiento, un recuerdo, un deseo, una palabra, una acción, su compañía. Es por eso, porque la amistad está bastardeada, porque el amor está devaluado, que hay tanto síndrome de soledad en el mundo. Soledad incluso en compañía, que es la más terrible de las soledades que pueda padecer una persona, porque además de sentirse sola siente esa suerte de traición, ese abandono por parte del otro que no le da aquello que requiere para que su alma viva: afecto, amor.
El mundo y sus cosas, dicen (y dicen bien), suele tener para muchos prioridad por sobre ese sentimiento llamado amistad. La amistad no puede cultivarse con corazones que no se han sensibilizado, que son incapaces de comprender, de tolerar, de pensar en el otro, de acercarse al otro. Acercarse en todo momento, y, sobre todo, en la adversidad, compadeciéndolo, “compartiendo su pasión” (que no es lo mismo que tenerle lástima). Para que exista amistad, debe existir entrega sincera, hay que sentir y vivir lo que sostenía Aristóteles: “la amistad es un alma con dos cuerpos”. De no ser así, se está en presencia de un mero compartir por el conocimiento de la existencia del otro que, lejos de ser amigo, es un eventual compañero de ruta, de copas o de placeres, o un “conocido”.
Y mientras los hijos del mundo adoran las cosas del mundo y siguen desenfrenados al becerro de oro (ícono de lo frívolo y efímero), desdeñando la amistad y a su prójimo necesitado y no necesariamente de bienes materiales, sino las más de las veces de afecto, éste padece por su sensibilidad, por haber conocido qué es la vida, qué cosa es el amor y qué la amistad que están ausentes ahora para él.
Sí, la amistad es un bien sagrado del que disfrutan y gozan muy pocos en este posmodernismo, porque son escasas las personas que están dispuestas a dar la vida por un ser amado, a dar un riñón para que otro viva, a dar millones de pensamientos buenos y oraciones, o derramar palabras escritas o habladas para el prójimo y por ese prójimo, a renunciar a parte de sus posesiones materiales para que otro tenga un pan. Aunque parezca increíble, además, las personas que comprenden que hay millones de seres que están aguardando un simple: “hola, quiero decirte sinceramente, desde lo más profundo y bueno de mi corazón que pienso en vos y que te quiero”, no lo hacen. Pocas palabras, pero ¡un bálsamo tan grande para el que anda en el desierto!
No abundan hoy los seres que aprendieron y entienden, a fuerza de heridas que les son infligidas y que los sensibilizan hasta grados insospechados, que la amistad no es una mera enunciación, una eventual compañía en los momentos prósperos, sino un compromiso sagrado. Suena raro todo esto, extraño, loco. Sí, para algunos en este mundo es muy loco, demasiado.

