MARTES, 20 DE OCT.

¿Qué es la vida?

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Así como viejos cóndores, como cansadas águilas, criaturas en otros tiempos orgullosas de sus vuelos majestuosos, dan vuelta por la mente de algunos seres humanos, recurrentes pensamientos que pesan en sus alas: ¿qué es la vida? ¿Cuál su sentido?

Frustraciones, dolores, decepciones, aguzan, cual fantasmas despojados de piedad, a los interrogantes existenciales. Interrogantes que, por supuesto, revolotearon ya mucho antes en las atormentadas mentes y desvencijados cuerpos de grandes pensadores, elevados filósofos que acabaron siendo maestros no porque hubieran encontrado una respuesta absoluta, satisfactoria, para saciar la sed de conocimiento, sino porque al menos hallaron una parte de la verdad.

Otros, sabiendo que hay oscuras profundidades, vastos misterios que ninguna luz humana, por poderosa que ella sea, puede iluminar, con sus mentes renegadas como ellas solas, pertinaces hasta la muerte, completaron lo que faltaba de la verdad mediante la fe.

¿Quién sabe? Tal vez la fe no fue un invento humano, sino un catalítico que puso Dios en el cerebro más perfecto que anda sobre la faz de la Tierra; un catalítico que rápidamente impulsara al hombre a buscarlo, a bucear en la oscuridad a pesar de todo, a pesar de la ausencia de linternas que iluminaran tanta vastedad mágica y misteriosa.

¿Y qué es al fin y al cabo la vida? ¿Cuál su sentido? Una mente sensible, deprimida por la soledad, por el dolor, por la injusticia que se filtra por todas partes en una sociedad corrompida por el individualismo, el fanatismo y la primera persona, diría (lamentablemente) que la vida es nada y el sentido ninguno. No es cierto.
Otra más exultante y práctica sostendrá seguramente que la vida es apenas una sombra que pasa rápidamente y, por tanto, uno debe tomar de ella lo bueno y gozoso, aquello que da placer, y tratar por todos los medios de pasar raudamente los momentos adversos.

Otros estados más elevados, como los de Jesús, Gandhi, la Madre Teresa, entre tantos seres que han descollado a través de los tiempos, dirán convencidos, y mostrando su maravillosa obra, que la vida es amar, servir. Esta clase de espíritus superiores no le temen al sufrimiento ni a la muerte. Y no le temen porque simplemente para ellos son sólo ectoplasmas, fantasmas elaborados por personas o circunstancias ajenas a su voluntad. En el caso de la muerte dirán en calma y sin titubear: “es parte de la vida”. Por esta elevación espiritual, por ejemplo, un pastor baptista como Martin Luther King emprendió una de las más grandes obras del siglo 20, sabiendo muy bien que caminaba hacia el tiempo y el espacio en que lo acechaba el asesino.
Pero hay una franja humana que, siendo buena, sensible, hasta romántica y lírica, no alcanza las alturas de estos magníficos cóndores ni ese vuelo magistral. Son seres humanos idealistas, soñadores, ansiosos de paz interior y paz social, pero turbados por la injusticia, por las traiciones, las deslealtades, los miedos razonables y comprensibles, las temibles soledades. Seres que se preguntan en el medio de sus noches ¿Qué es la vida? ¿Cuál su sentido? y no encuentran la respuesta. Y no la encuentran aun cuando el mismo golpe dado por la existencia los hace a veces servidores del otro «sufriente», a quien comprenden muy bien porque ellos mismos lo son o lo han sido.

Pero aún así siguen en el vacío existencial, con pensamientos interrogativos que no tienen respuestas y andan por los cielos de este mundo como esos viejos cóndores, como esas cansadas águilas de las que hablaba en el inicio de este texto.

¿Qué podría decírseles a ellos sobre qué es la vida y cuál su sentido? A un creyente se le podría intentar ofrecer la explicación de que la vida es aguardar luchando, sin bajar los brazos, la trascendencia; el pasaje a ese otro plano espiritual en donde, como decía el Gran Maestro “ni la polilla ni el orín corrompen, ni hay ladrones que hurtan” ¡Y hay tantos en este mundo que roban sueños, esperanzas, paz interior, derechos! A veces son más peligrosos que aquellos que, arma en mano, despojan de unos pesos al buen peregrino.
Y si eso aún no alcanza, pues entonces no hay alternativa y las cansadas alas de la mente deben convencerse de que la vida es una sucesión de situaciones algunas de las cuales implican una y cien batallas en las que la premisa, ineludible, inquebrantable, debe ser la voluntad de salir airoso. Y así sucesivamente, de batalla en batalla, contra una y mil adversidades, saliendo siempre victorioso ¿Y para qué sirve? preguntará alguien. Es que la verdad en la vida, el goce, se encuentra precisamente en el momento del triunfo. Ese momento puede durar más o menos, no importa, pero es allí en el que el hombre descubre quién es, qué puede lograr, qué puede obtener. Es allí donde encuentra alegría, orgullo, paz, se edifica y edifica al otro. Va haciendo un sendero por el que transitarán los que vienen.

La vida, a veces, es la historia de Sísifo, condenado por los dioses a llevar hasta la cima de la montaña, una y otra vez, una pesada piedra que volvía a caer no más el hombre alcanzaba el punto cúlmine. Entonces debía bajar y elevarla nuevamente. Y así, sin fin, era la pesarosa condena ¿Qué sentido tenía la vida del personaje de la mitología griega? El sentido lo descubría Sísifo, según algunos psicólogos, en esos momentos en los que alcanzaba la cima, sin rendirse, y se observaba a sí mismo, consciente de lo que era capaz de soportar y hacer. El sentido estaba en disfrutar, aunque fuera por unos instantes, la vista del maravilloso paisaje que se observaba desde esas alturas.

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