MIéRCOLES, 21 DE OCT.

Ser, luchar, vivir

Por Candi

Carlyle ha sostenido que el hombre ha nacido para luchar, y es como se le define mejor diciendo que es un guerrero nato y que su vida, desde el principio al fin, no es sino una batalla.

Y luchar para algunos es su irremisible destino. A veces, como dijo un pensador: “luchar no sólo sin miedo, sino en ocasiones sin esperanza”. El apóstol exclama al mundo que luchar es esperar, “aun contra toda esperanza”.

No es verdad que lo último que pierda el hombre, como suele sostenerse, sea la esperanza. Lo último que pierde el ser humano es la existencia. Mientras exista, cualquier criatura puede alcanzar la vida (entiéndase “vida” no sólo como la realización de actos puramente biológicos); y si vive puede obtener aquello que desea.

El compromiso de los fuertes (y todos están llamados a serlo) es esperar aun desesperando; es levantarse y luchar aun cuando todo parezca perdido. La realización humana, la realización de cualquier criatura, no está dada por el triunfo, sino por la gloria. Y esta se alcanza no ganando la batalla, sino no renunciando a la misma, no evadiendo el compromiso, no huyendo de aquello que le toca si no, como destino, especialmente si es adverso.

Aquel “Yo Soy el Que Soy” del Primer Testamento, el Tetragramaton (YHWH) es la lucha y la fuerza del amor por sobre todas las cosas. Del amor a sí mismo, pero sobre todo del amor a la vida y a todo lo viviente y la batalla  para que permanezca. Y todo el efecto de ese «Yo Soy El Que Soy», sobre todo el efecto llamado hombre, está dotado de la misma naturaleza que a veces se adormila, se resigna, se entrega. La vida del ser humano, como de toda criatura, está signada por un péndulo: de momento está en un lugar, de momento en otro: de momento es amado, de momento odiado; acariciado, abofeteado; en el vergel o en el desierto; recordado, olvidado. Y en ocasiones, el tiempo se hace largo en la dificultad. Hube de escribir unas palabras que ilustran un poco esta realidad del no entregarse:

Soy…

Melancolía que camina,

una lágrima vertida,

una existencia sin vida.

Soy…

El final que se aproxima,

de la eternidad un momento,

una voz hecha lamento.

Soy…

Una soledad andante,

un gran error del destino,

peregrino sin camino.

Mas también soy…

La bandera de la estima,

un  osado lobo herido

que no se da por vencido.

Y…

El que sale a la batalla,

y no alcanza la victoria,

mas del cielo obtiene gloria.

Y quien…

de la burda mentira,

de la grotesca traición,

puede hacer esta canción.

Soy…

Un maniatado en la pira,

un yaciente en el desierto,

que grita… ¡aún no he muerto!

Esta realidad humana, signada muchas veces por el “primero yo y luego yo”, que tan proverbial es en la vida cotidiana, atribula a los espíritus más sensibles a veces incapaces de soportar esta indiferencia. Pero, ¿qué hacer sino luchar? La lucha es el albor de la vida, su bello embrión, por así decirlo. El padre del psicoanálisis, Freud, le decía a un paciente: un buen día, echando la vista atrás, se dará usted cuenta de que estos años de lucha han sido los más hermosos de su vida. Sí, porque es en la lucha que la persona se reconoce como valiente, como criatura que vale. Es en el seguir adelante, solo de toda soledad, incluso, y aun cuando el mundo venga degollando, que la vida y el yo adquieren sentido.

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