MIéRCOLES, 21 DE OCT.

Sobre el amor (primera parte)

Por Candi

El problema de la humanidad, en general, ha sido siempre la ausencia del amor. Desde que se produce el primer gran drama de la humanidad, esto es cuando Caín mata a su hermano Abel por una cuestión de celos y poder, el ser humano ha vivido y vive sumido muchas veces en la angustia en razón de la ausencia del amor.

Nadie, en mi opinión, definió tan bien al amor como Saulo de Tarso, San Pablo. Ya hemos referido alguna vez  a esa famosa frase que envía a los Corintios, pero nunca será suficiente repetirla: «Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena, o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso. El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

Esta última parte es de una contundencia tal que no permite albergar dudas sobre  qué es el amor: “Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Y en virtud de esta aseveración, podríamos exclamar : ¡Cuán poco se ama en el mundo!

Y especialmente no aman aquellos quienes por su condición deberían hacerlo: los líderes, los conductores, los poderosos, aquellos que tienen  la posibilidad de enseñar, de dar ejemplos, de guiar. Y con mucha frecuencia, y como consecuencia de una circunstancia social que le ha sido impuesta, al hombre común lo invade una suerte de ira y pierde la calma. En virtud de una carga cultural impuesta, que nada tiene que ver con su esencia, el ser humano común se torna egoísta, intolerante, fanático.

Esta suerte de enfermedad del alma o de la psiquis, es posible sin embargo erradicarla a poco que se le recuerde a esta criatura que tal comportamiento no es inherente a su naturaleza, que ese irascible o egoísta sujeto no es él en realidad.

Hemos pasado, como humanidad, la edad de la incapacidad de análisis, hemos adquirido inteligencia y logrado grandes avances, pero estamos en esa adolescencia arrebatada en donde impera la pasión, pero muy pronto –si entendemos como “pronto” un lapso de tiempo prudencial en el marco de la existencia humana- la humanidad pasará a la edad del sosiego y del cuidado. Es necesario, imprescindible.  Y eso sucederá porque aun cuando muchos líderes procuran imponer una cultura del no amor, el hombre común, a veces contagiado, preserva en el fondo de su corazón intacto ese sentimiento maravilloso definido por teólogos, filósofos, poetas, músicos y artistas de manera diversa, pero bella.

Soy de los que creen en las próximas generaciones, creo en mucha juventud de hoy que  está elaborando en su mente y en su corazón reflexiones para una vida digna; y no hay vida digna si el marco referencial no es el amor.

La definición de Pablo es maravillosa: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». Y faltaría una última cuestión en torno del amor: es poderoso

 

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