MARTES, 20 DE OCT.

Una charla con el diablo

Por Candi

No sé si fue en un sueño, o en un acto pecaminoso cuando me encontré  cara a cara con el Demonio. Fiel a mi naturaleza de preguntar (por no decir leal a mi gen de periodista, que no sé si lo soy) no perdí ni oportunidad ni tiempo y lancé el interrogante:

-¿Cuántos caminos hay en la vida?

– Hay tres senderos en la vida de todo ser humano.

-¿Cuáles son esos caminos? Escucho atentamente.

-El camino del mal, del que soy artífice y soberano de los guías; el camino del bien, en el que reina mi enemigo y ese otro sendero que no es ni uno ni otro. Te hablaré del primero y del último, puesto que no me corresponde a mí referirme a aquello que está fuera de mi campo de acción y de mi propia naturaleza.

-Me interesa lo que puedas decirme.

-El camino del mal es una pendiente lisa, suave, alegre,  cautivadoramente perfumada y gelatinosa,  por la que el corazón del hombre se desliza sin esfuerzos, hacia un placer que extasía en un principio, o hacia una acción aberrante que lo envanece y envalentona. Alcanzado dicho placer, o consumado el hecho injusto que angustia a otra persona o ser creado, el sujeto  advierte (si es que su naturaleza no es maligna) que “en el fondo” todo  no es más que un holograma, una entelequia. Siempre procuro que quien se desliza  hacia abajo tenga la vista puesta en las cautivantes falsas luces, que no vuelva la vista atrás. Así, embelesado, poseído por la atracción del placer que confunde con felicidad, o repleto y halagado de esa pasión que lo torna dominante sobre otro, sigue ensimismado y prisionero en su estado. Cuando el que ha incurrido en el acto de deslizamiento toca fondo, siente desazón al advertir la verdad: allí no hay nada de lo que había visto. Todo es vacío que no lo completa, vacío que lo hace prisionero.

-Pero no todos tocan fondo.

-No. Muchísimos, alertados por las huestes de mi enemigo, o alertados por su propia conciencia, reflexionan y retornan al punto de partida, al punto cero.

-¿Y quiénes son arrastrados hasta el fondo, es decir aquellos que hacen del mal un estilo de vida, sojuzgando a sus semejantes, causando daño al resto de la creación inocente, pueden remontar la cuesta, pueden liberarse?

-Sí, pero por la misma naturaleza de la pendiente, cuesta ¡y cómo! retornar al estado original o punto cero. No se logra sin grandes esfuerzos.

-¿Y respecto del tercer camino?

-Ese es el camino en círculos por el plano horizontal del “punto cero”. Ni se asciende, ni se desciende, ni se llega a ninguna parte. Quienes andan por ese camino son los indiferentes, los desinteresados, los que están tan sumergidos en sus cosas que ni piensan en el bien o en el mal como propósito de vida. Jamás piensan en el sentido de la vida, a veces sólo permanecen. No se compadecen con el sufriente, ni se alegran con el bien sucedido a otro ser. Mi enemigo los llamó “los tibios a los que vomitaré de mi boca”. Razón tuvo y sigue teniendo. Ni yo los quiero en mi averno. Y aunque a veces me sirvo de ellos, los descarto apenas los he usado.

-¿Cómo se los conoce?

-Son aquellos a los que ves prometiendo, pero no cumpliendo; los que estafan el viernes y el domingo van al templo; los que ven llorar a un niño hambriento y no se entristecen ni se alegran; los que sólo viven para sí; son los traidores por antonomasia. Ni Yo ni me enemigo podemos confiar en ellos. El gran Dante creyó que a Judas lo tengo encadenado en el último infierno. Se equivocó: no está en mi reino. De él sólo ha quedado una miserable partícula sufriente vagando sin destino y eternamente por el infinito universo.

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