VIERNES, 05 DE JUN.

Una nueva era en Bolivia

Gane quien gane las elecciones presidenciales de agosto de este año, el Estado Plurinacional atraviesa un profundo cambio de época marcado por la ruptura del Movimiento al Socialismo y los límites del modelo económico.

 

El 17 de agosto Bolivia irá a las urnas para definir quién presidirá el país por los próximos 5 años, finalizando el período del actual Presidente, Luis Arce Catacora, quien encara el ocaso de su mandato con una popularidad mínima y liderando solo a una facción del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de gobierno.

El quinquenio de Arce como Presidente de Bolivia estuvo marcado por la fractura interna del MAS, que volvió al poder por la vía electoral tras el año de gobierno de facto instaurado después del Golpe de Estado de noviembre de 2019. Era la primera vez que el partido-movimiento encaraba un proceso electoral sin Evo Morales en la boleta, su líder histórico. Exiliado en la Argentina, Evo ungió a Arce como candidato y encolumnó al MAS detrás de él, posibilitando la victoria por el 55% de los votos y el retorno al orden constitucional.

Sin embargo, las fricciones entre el líder histórico y el Presidente surgieron tempranamente, cuando 2025 todavía estaba lejos en el calendario. Increíblemente, mientras la pandemia aún hacía estragos en los sistemas de salud latinoamericanos, la discusión sobre las candidaturas para el actual proceso electoral adquirió un tono de enfrentamiento interno que no haría otra cosa que aumentar en intensidad, sin dejar lugar a ningún tipo de acuerdo entre ambas partes.

En términos de gestión, el balance del mandato de Arce es magro. Su presidencia será recordada por una expectativa importante en sus inicios, a partir de la tendencia extendida sobre el potencial carácter estratégico del litio, el cual Bolivia podía explotar sin restricciones ni condicionamientos gracias al modelo de gestión estatal de sus empresas energéticas.

Hace algunos años, este mineral estaba en boca de todos como el principal activo, en términos de recursos naturales, para encarar un proceso de reconversión energética, y transformación de matriz productiva capaz de agregar valor a las exportaciones bolivianas, posibilitando la generación de nuevos ciclos económicos virtuosos. De hecho, Arce había sido el Ministro de Economía de Evo durante sus 14 años de Presidencia. El alquimista del “milagro boliviano”. Nada podía salir mal.

Sin embargo, el “Modelo Económico Social Comunitario-Productivo”, la hoja de ruta de la economía de los gobiernos del MAS desde 2006, había tocado un punto límite y necesitaba reconvertirse. En Bolivia pasó lo que en muchos otros países. Los gobiernos populares generaron importantes conquistas para las mayorías a partir de políticas de redistribución del ingreso, y se quedaron a mitad de camino en el paso a la siguiente etapa de consolidación de los cambios estructurales.

Sea por los condicionamientos del poder fáctico y de la economía global, los efectos de la pandemia, incompetencia propia o una mezcla de todos ellos, se pusieron de manifiesto las inconveniencias de gestionar los recursos en 2022-2023 de la misma manera que se hizo en el período de 2006-2014. Esto implicó que las reservas generadas, sobre todo por los ingresos de la exportación de gas, se esfumen por la fuga de capitales, el aumento de las importaciones y la imposibilidad a pasar a la etapa de medidas de segunda generación. Se espera que en 2028, Bolivia tenga que importar gas natural cuando hace 15 años era uno de los principales productores mundiales. Del litio, mejor ni hablemos.

Al mismo tiempo que se hacían patentes los límites del modelo económico y la inflación comenzaba a ser parte del vocabulario de los bolivianos, la guerra interna nunca frenó. Con argumentos posiblemente válidos a partir de los resultados de la gestión, Evo Morales se dedicó a torpedear al gobierno de Arce y a catalogarlo como títere de la derecha boliviana y global. Evo se enemistó con todos y cada uno de los dirigentes que no le daban un apoyo incondicional a su candidatura en 2025, incluyendo a Álvaro García Linera, su vicepresidente histórico y su compañero, incluso durante aquella salida de Bolivia a fines de 2019, cuando ambos escaparon juntos salvando su vida.

El movimiento que supo ser el Instrumento Político de la Soberanía de los Pueblos se convirtió en una chapa manoseada entre los sectores afines a Evo y los cercanos a Arce, neutralizando la capacidad de ser el único partido con presencia nacional y la máquina electoral encargada de representar a los indígenas, los campesinos, los trabajadores, y a sectores de la izquierda boliviana. Después de obtener más del 50% en todas las elecciones de 2005 a la fecha -con excepción del caótico proceso electoral del 2019, donde sacó el 47%-, hoy el MAS está en peligro de no entrar al ballotage dada la división que hay en sus filas. En comparación con la interna en Bolivia, las incongruencias en el peronismo argentino son como una simple discusión infantil.

Lo que supo ser el MAS lleva tres candidaturas a las elecciones de agosto. Uno es Eduardo del Castillo por el partido oficialista. Ministro del Interior de Arce, es la figura que el gobierno actual pone a competir. Otro sector impulsa la candidatura de Eva Copa, ex Presidenta del Senado y Alcaldesa de la ciudad de El Alto. Finalmente, Andrónico Rodríguez buscará ser la síntesis. El joven dirigente de 36 años es el actual Presidente de la Cámara Alta y originario de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba, el lugar donde Evo inició su carrera sindical y política.

Lo que puede salvar al ex-MAS de una derrota histórica, es la fragmentación de la derecha, que presenta como oferta electoral a viejos conocidos de la política. El empresario Samuel Doria Medina ya se presentó en 2005, 2009 y 2014; Jorge “Tuto” Quiroga ejerció la Presidencia un año luego de la renuncia de Hugo Banzer en 2001; y Manfred Reyes Villa, alcalde de Cochabamba, también participó en la política nacional. Ninguno de ellos puede presentarse como novedad, ni tampoco presentar algún programa de gobierno más allá del “anti-masismo”. Pero tienen una oportunidad histórica a partir de la fragmentación oficialista.

La era del MAS como motor del “proceso de cambio” ha terminado. El partido-movimiento vive un empate catastrófico: Arce controla las instituciones, Evo domina las calles y no hubo una salida pactada. El problema de la sucesión vuelve a atormentar, cual fantasma del pasado, a los procesos políticos históricos que fueron referencia en el continente. El traspaso de poder que no se realiza responsable y ordenadamente, termina con fracturas y guerras que solo tributan a las chances del adversario. Hoy, ni Evo -inhabilitado- ni Arce -que renunció a la reelección- serán candidatos, y el MAS solo quedó en una chapa semivacía y no como la representación de las grandes mayorías sociales de Bolivia, históricamente relegadas.

El inicio del siglo XXI fue la edad de oro de los procesos nacional-populares de América Latina, pero quedó claro que la segunda generación de conquistas en este mundo actual de avances tecnológicos constantes y fragmentación social global, no tiene la misma solidez que la primera. Pero más allá de las dificultades estructurales, Bolivia enseña que la ambición de poder y el sectarismo terminan dejando en un segundo plano una década y media de transformaciones. Al fin y al cabo, a la historia y a la política las hacen los hombres.

 

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