MARTES, 21 DE JUL.

El magisterio de León XIII, más allá de Rerum Novarum: fue «el mayor filósofo cristiano del siglo XIX»

El papado del Sumo Pontífice se caracterizó por un ambicioso proyecto de reafirmar la primacía de la Sede Apostólica mediante la redefinición de sus relaciones con los Estados europeos y la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno.

 

El magisterio de León XIII (1878-1903) fue vasto y orgánico. Hoy se lo recuerda sobre todo por Rerum novarum, sobre la cuestión social, y León XIV se refirió a ella como fuente de inspiración y motivo del nombre que eligió para su pontificado. Sin embargo, el Papa Gioacchino Pecci escribió un completo corpus doctrinal que sigue siendo vigente en la confrontación de la Iglesia con los desafíos culturales del mundo moderno. Y en ese sentido, cae de lleno en lo “políticamente incorrecto”, al situar, por ejemplo, al tomismo como pilar, o al incluir un rechazo severo y bien fundamentado a la masonería.

Así lo explicó el historiador Roberto de Mattei (n. 1948) en la edición de junio de la revista católica italiana Il Timone. Bajo el título “León XIII, el predecesor”, De Mattei señala que la decisión del nuevo Pontífice, Robert Francis Prevost, de adoptar el nombre de León XIV tiene un profundo significado, que va más allá de la sola referencia a la Rerum novarum, el documento más conocido de León XIII. Implica, más bien, un homenaje a un pontificado con un magisterio extenso y orgánico, compuesto por no menos de 86 encíclicas a lo largo de 25 años, entre 1878 y 1903.

La encíclica Rerum novarum, del 15 de mayo de 1891, sobre la cuestión social, se caracteriza, como observó Augusto Del Noce (1910-1989, Pensamiento de la Iglesia y filosofía contemporánea, 2005), por el rigor con el que desarrolla tres temas fundamentales: el retorno a los principios, la crítica a la mentalidad utópica y la afirmación de la primacía del ser humano sobre el Estado.

Para León XIII, la doctrina social de la Iglesia se basa en la ley natural y en la metafísica que esta conlleva. En ese sentido, la Rerum novarum debe ser leída a la luz de otra encíclica: Aeterni Patris, del 4 de agosto de 1879. En ella, el Papa Pecci estableció la norma filosófica que debía seguirse en las escuelas católicas, proponiendo a Santo Tomás como el único maestro oficialmente reconocido por la Iglesia. El Pontífice estaba convencido de que la restauración del pensamiento, a través de la filosofía tomista, debía preceder y sustentar la restauración de la sociedad.

Según Del Noce, las encíclicas posteriores de León XIII, Immortale Dei, Libertas y la misma Rerum novarum deben leerse a la luz de Aeterni Patris. Otro gran filósofo católico, Étienne Gilson (1885-1978), sugirió no leer las encíclicas de León XIII en orden cronológico, sino en el orden racional que el propio Papa definió poco antes de morir.

Después de Aeterni Patris (1879), vendrían Libertas praestantissimum (1888), sobre el verdadero significado de la libertad; Arcanum Divinae sapientiae (1880), sobre el matrimonio cristiano; Humanum genus (1884), sobre la masonería; Diuturnum illud (1881), sobre el gobierno civil; Immortale Dei (1885), sobre la constitución cristiana de los Estados; Quod apostolici muneris (1878), sobre el socialismo; Rerum novarum (1891); y Sapientiae Christianae (1890), sobre los deberes del cristiano respecto de la Iglesia y del Estado.

Gilson, al destacar el tomismo de León XIII, afirmó: “Ocupa su lugar en la historia de la Iglesia como el mayor filósofo cristiano del siglo XIX” (El filósofo y la teología).

Cabe señalar, sin embargo, que además de su deuda intelectual con Santo Tomás, León XIII también se apoyó en el pensamiento de San Agustín. Del Doctor de Hipona tomó, sobre todo, la teología de la historia. En la apertura de su encíclica Humanum genus (20 de abril de 1884), contra la masonería y en línea con La ciudad de Dios de Agustín, enseña que la humanidad está dividida en dos campos en lucha permanente: el Reino de Dios, constituido por la Iglesia de Cristo, y el reino de Satanás, compuesto por los seguidores del demonio.

Esa lucha no es un episodio puntual de la historia, sino que se remonta al inicio mismo de la creación del universo, y perdurará hasta el fin de los tiempos.

Poco antes de su muerte, el 19 de marzo de 1902, al cumplirse el 25° aniversario de su pontificado, León XIII reafirmó su visión agustiniana de la historia en la carta apostólica Annum ingressi, también conocida como Pervenuti all’anno vigesimo quinto. Se trata de un documento fundamental, donde el Papa resume la historia de las luchas y triunfos de la Iglesia con la intención de “considerar en su génesis, en sus causas, en sus diversas formas, la guerra que arde contra la Iglesia y señalar sus desastrosas consecuencias, así como indicar sus remedios”.

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