Rosario Sin Secretos: la Casa Fracassi, ¿en Buenos Aires?
A los que han tenido la oportunidad de conocer por fuera y por dentro la esquina noreste de Corrientes y San Luis, donde está ubicada la Casa Fracassi, les sorprendería saber que, en pleno corazón del barrio porteño Palermo, hay una construcción de características muy similares.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Jul 30, 2025
En el Día de la Cultura Nacional, instituido desde 1982 en la Argentina, en oportunidad de conmemorarse el aniversario de la muerte del poeta, historiador, periodista, ensayista y político tucumano Ricardo Rojas, queremos compartirles una bella perlita que nos hermana con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Porque las buenas noticias rosarinas no terminan en la avenida Circunvalación. Tienen las alas de la creatividad y el talento de muchos de nuestros hombres y mujeres diseminados por el mundo.
Tal el caso del emblemático ingeniero y arquitecto Ángel Guido, coautor -junto a Alejandro Bustillo-, del Monumento Nacional a la Bandera, con los escultores Alfredo Bigatti, José Fioravanti y Eduardo Barnes, ninguno de los cuales fue invitado a la inauguración de la magnífica obra que nos representa en el mundo desde 1957, justo el año en el que murió su entrañable amigo y autor de “El Santo de la Espada”.
Así es. El padre de la prolífica escritora Beatriz Guido y suegro del talentoso director cinematográfico Leopoldo Torres Nilson, célebre director de “Boquitas Pintadas”, la lograda novela de Manuel Puig, y que también llevó al cine el mencionado libro, con Alfredo Halcón en su papel principal, protagoniza junto a Rojas este capítulo de Rosario Sin Secretos, para trasladarnos más allá del tiempo y las distancias.
Por esas cosas que tiene la vida, Beatriz y Leopoldo se habían conocido en la casa de Ernesto Sábato, quien también dejó como legado su Casa Museo en Santos Lugares, la misma que en reiteradas oportunidades visitó nuestro recordado Deliso Antonio Berni.
Igual que lo hizo Ricardo Rojas, por su propio deseo, el que se encargó de cumplir Julieta Quinteros, el amor de su vida, en Charcas 2837, pleno corazón palermitano.
“La argentinidad está constituida por un territorio, por un pueblo, por un estado, por un idioma, por un ideal que tiende cada día a definirse mejor. Ahora mismo, con estas breves páginas, estamos tratando de definirlo”, escribió entre 1917 y 1922, y publicó, recién en 1949, su monumental obra “Historia de la Literatura Argentina», 4.000 páginas en 9 tomos.

Rojas, buen amigo del rosarino Guido, había nacido el 16 de septiembre de 1882 (para salirnos de esta consuetudinaria costumbre necrófila que tenemos los argentinos, esta es la fecha que elegiríamos para festejarlo, que fue cuando vino al mundo a mejorarlo, y no cuando lo dejó), en Tucumán, pero vivió su primera infancia en Santiago del Estero, provincia de la que su padre fue dos veces gobernador.
Apenas tenía 10 años cuando fallece su progenitor, y la familia decide mudarse a Buenos Aires. Ya en edad de incorporarse a la Universidad elige la carrera de abogacía, la que pronto abandona para dedicarse a las letras.
No se recibió… Sin embargo, fue profesor de Literatura castellana, creador de la primera cátedra de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires y también de un instituto de literatura argentina que aún perdura en la Facultad de Filosofía, y además, rector de la UBA entre 1926 y 1930.

En la hoy Casa Museo Biblioteca, construida por nuestro Ángel Guido, Ricardo Rojas y Julieta Quinteros vivieron durante casi 30 años.
El inspirador del Día Nacional de la Cultura en la Argentina había invertido todos sus ahorros y los premios recibidos en construirla, para proyectar materialmente su teoría “euríndica”, igual que en Rosario se hizo con la casa del doctor Fracassi.
Unir, fusionar los valores culturales europeos con los de los indígenas americanos prehispánicos. ¡Dejar un legado arquitectónico como mensaje insoslayable!
La bendita Providencia nos legó para la misma jornada el Día de los Valores Humanos que es, ni más ni menos, que la denominación de la primera autoridad que tuvimos en 1725, 300 años atrás, “Alcalde de la Santa Hermandad”, cuando Francisco de Frías se ocupó de galopar las vastas extensiones del Pago de los Arroyos en un territorio desolado y fértil.
¿Y cuál era el principio de esa “santa hermandad” sino poner en práctica aquel precepto cristiano de “amarse los unos a los otros” o, en otras palabras, “amarás al prójimo como a ti mismo”? ¡Quien quiera ver, que vea! Bien dice el saber popular (que encierra todo el saber), que no hay peor sordo que el que no quiera oír, ni peor ciego que el que no quiere ver…
La historia siempre se encarga de tirarnos mensajes y dejarnos enseñanzas que algunos llaman experiencia.
El “Palacio Criollo” construido por Ángel Guido en Charcas 2837, Buenos Aires, y la esquina de Corrientes y San Luis, en Rosario, se han hecho a imagen y semejanza de los existentes en Perú y Bolivia, con formas españolas y decoración indígena dando vida a Eurindia.

Con un frente muy parecido a la casa tucumana en la que se declaró la independencia, cuna de Rojas, y columnas con alegorías de choclos y zapallos, pero también de colibríes y kantutas, la flor nacional de Bolivia y Perú que acá designa el nombre de una calle en barrio Las Flores.
La nuestra, la argentina, es el ceibo. Justamente a la alta barranca de las ceibas es a la que arribó Belgrano cuando llegó con su tropa y su entusiasmo patriótico, a convertirnos en Cuna de la Bandera y la Escarapela.
Pasar en Buenos Aires a la altura del 2800 de Charcas, que nos remite al Potosí, al origen universitario de base jesuítica fundado en 1624 en el que se formaron los líderes de la Patria, en su Academia Carolina, es transitar la historia por el Camino Real, hoy nuestra calle Buenos Aires, que conduce a encontrarnos, en la Catedral Metropolitana, con la imagen que le dio nombre a nuestra ciudad y es la misma que vio Belgrano con sus propios ojos y a la que se consagró en cada uno de intenciones y sueños de libertad e independencia.
¿Fuerte, verdad?
Este encuentro de culturas, que algunos por malas prácticas convirtieron en “encontronazo”, debe hacernos reflexionar para restañar heridas y convertirnos en verdaderos “peregrinos de la paz y la esperanza”, porque es bien sabido y experimentado que la violencia, ya sea verbal o física, sólo engendra violencia.
Libros y miles de historias escritas, contadas y talladas en piedra, nos ayudan como semillas de conocimiento para brotar en nuevas plantas y renovar la vida cada día, igual que lo hacen la kantuta y la flor del ceibo, y también los naranjos que no dejaron de crecer, ni siquiera cuando a Ricardo Rojas lo confinaron en Ushuaia, cuando supo y empezó a escribir sobre el clima helado, el maltrato a los presos y las injusticias con los indígenas del lugar, al mismo tiempo que enviaba cartas de amor a su incondicional Julieta.
La música, el teatro, la poesía, nada estuvo ausente en la vida de quien supo, a través de la escritura, amalgamar culturas desde un patio español con árboles que llegaron en barcos y echaron raíces en nuestra tierra, con decoración árabe y un sol americano a través de la maravillosa Eurindia que también vemos representada en la tradicional esquina rosarina.

En la página de la Casa Museo nos recuerdan que Rojas solía decir que “el árbol representa la historia de la nación. Las raíces son los pueblos originarios. El tronco son los colonizadores europeos. Las ramas son los patriotas con sus ideas de libertad. Las hojas somos quienes nacimos después. Y las flores y los frutos son quienes nace

