Un rosarino en Palestina: “Gaza es una cárcel a cielo abierto” y el humanismo en un nudo de garganta
El ingeniero civil Paulo Milanesio, integrante de las delegaciones de Médicos Sin Fronteras lideró una de las intervenciones humanitarias de la ONG en la Franja de Gaza y volvió a Rosario para contar lo que fueron siete semanas en un infierno que recién dos años después de iniciada la guerra contra Israel toma lugar en las agendas internacionales.
- Internacionales
- Por Manuel Parola
- Sep 28, 2025
La actividad “Un rosarino en Gaza: testimonio de la crisis humanitaria” comienza igual que comenzó la estadía del ingeniero Paulo Milanesio en la Franja de Gaza, en mayo de 2024: un zumbido ensordecedor y agudo inunda los oídos de los presentes por más de un minuto. Estremecedor, como el torno de un dentista. El centenar de personas que abarrota el salón Belgrano del Hotel Plaza Real intenta no perder la calma, pero algunas personas empiezan a moverse, incómodos, sobre sus asientos. Son las hélices de los drones que sobrevuelan cada minuto, de cada día, la Franja de Gaza.
“Yo estuve siete semanas, pero hay gente que está así desde hace dos años”, arranca Milanesio su testimonio en un tono de voz contenido, aplacado; y aclara que una vez que los oídos se acostumbran -si es que lo hacen- a los drones, el día a día palestino comienza a tener otros ruidos. Milanesio describe una vertiginosa carrera, para sus 40 años de vida, desde que se recibió en 2019 como ingeniero en la UNR hasta que decide dejar de tapar baches en las calles desde una empresa constructora para estudiar un magíster en Cooperación para el Desarrollo Humano en la Universidad de Barcelona, lo que lo llevó a empezar a relacionarse con el mundo de las organizaciones humanitarias. El joven rosarino no es médico, pero trabaja en Médicos Sin Fronteras desde el área de coordinación de proyectos para llevar adelante trabajos humanitarios en todas partes del mundo donde las necesidades básicas de las personas se vean vulneradas.

En su caso, decidió especializar su actividad en emergencias humanitarias en el marco de conflictos armados, donde los tiempos de atención son mucho más veloces y, los trabajos a realizar, mucho más exigentes en términos de tiempo, de acceso a recursos y en la seguridad de los activistas. Estas experiencias lo llevaron a países como Mozambique, Etiopía, Yemen, Ucrania, entre otros espacios signados por la desgracia, la violencia y la carencia, en contexto de violación de los derechos humanos de las poblaciones civiles inmersas en conflictos armados.
“Hoy Gaza es una cárcel a cielo abierto”
La Franja de Gaza recibe su nombre por la principal ciudad de dicho territorio, que a su vez, es la porción más pequeña de las dos que componen junto a Cisjordania el Estado de Palestina. Tiene una superficie de 365 km2: la ciudad de Rosario tiene 178,7 km2.
“La Franja de Gaza es como dos Rosarios”, compara gráficamente Milanesio, a la vez que destaca que en la Franja habita el doble de personas que en la Cuna de la Bandera Argentina: “Es un lugar muy chico de donde la gente no puede salir. Porque hay vallas alrededor de todo el perímetro de la Franja, y del otro lado está el mar”, dijo el humanista al apuntar con un láser sobre todo el contorno de Gaza por donde se levantan muros altos de más de cuatro metros de alambrado custodiado por el ejército israelí, de donde nadie entra ni sale salvo por compuertas y pasajes específicos: “Es como si a Rosario le pusieran un muro por toda avenida Circunvalación. Básicamente, Gaza es una cárcel a cielo abierto”, sostiene.
El rosarino entró a Gaza desde la frontera sur con Egipto, por medio de un paso fronterizo que da a la ciudad de Rafah, donde todavía estaba abierta una compuerta “donde tuvimos que hacer muchísimo papelerío para poder pasar. Recuerdo que hice un recorrido de no más de 40 minutos con el sonido de los drones. Tenés que pasar por una valla gigante en un colectivo, vas con tu mochila y en algún momento te bajás y una puerta gigante se cierra y pasas a formar parte de toda esta injusticia”, relata Milanesio.
Desde el comienzo de las hostilidades en el campo gazatí, las autoridades locales establecieron una zona segura al sur del territorio a la cual alientan a las familias y pobladores -sobre todo del norte y de la zona media del país- a movilizarse, en la localidad de Al-Mawasi: un kilómetro de ancho por catorce de largo (es decir, 14 km2) contra la costa del mar Mediterráneo. Las dos Rosarios pasan a ser apenas más de la mitad del Distrito Centro, que tiene 20,37 km2. Al-Mawasi es donde “supuestamente la gente vive protegida, cosa que tampoco sucede. Nos dicen que ahí vamos a estar seguros pero en realidad ahí también caen disparos, bombas, no hay agua, electricidad, saneamiento, no hay casas, no hay hospitales, hay momentos en donde no hay teléfono, no hay comida y seguimos escuchando los drones y no nos podemos ir. Porque estamos en una cárcel a cielo abierto”.

“Una foto típica de Gaza es gente buscando refugio entre columnas de humo de cosas que se están quemando, con misiles que acaban de caer”, describe el ingeniero al mostrar una de las primeras diapositivas, todas sacadas con sus propias cámaras. Carpas hechas con lona y tela, fácilmente desmontables, livianas y que protegen de la intemperie pero de nada más. “Hay desplazamiento de la población, hay ataques constantes, hay riesgo extremo siempre en incumplimiento de las leyes, porque no se respeta que los trabajadores humanitarios podamos trabajar seguros”, como dictan los convenios internacionales, y añade: “Toda la gente que uno puede ver y acercarse a preguntar ya se movilizó más de 10 veces desde que perdió su hogar, en caravanas donde pagan dinero que no tienen para conseguir un vehículo donde cargar sus cosas. Los menos afortunados van a pie, con lo puesto y lo que pueden cargar. Y otros directamente ya no tienen ni recuerdos materiales. Nada”, cuenta el ingeniero.
La narración. Las fotos. La situación humanitaria: todo en Gaza es desborde. Calles tapadas por el polvo de lo destruido, edificios otrora imponentes venidos abajo en pedazos por la fuerza de las bombas y los misiles, hospitales y escuelas disfrazadas de enormes moles de escombros.
El periodista Ezequiel Kopel, especializado en cobertura de Oriente Medio y corresponsal en Cisjordania, estimó en declaraciones a diferentes medios que el 80% de la superficie urbanizada de Palestina está destruida. Así mismo, la magíster en Estudios de Próximo y Medio Oriente de la Universidad de Londres, Odette Yidi, detalla en el libro “Palestina: anatomía de un genocidio” que la recuperación en términos de Producto Bruto Interno de la catástrofe económica, humanitaria y estructural de la región recién podría avizorarse después de la década de 2090.
“Estábamos constantemente atendiendo a víctimas en números masivos, lo cual es una atención médica especial, porque no es lo mismo hacer una intervención con pacientes que van llegando espaciadamente que a un ritmo de decenas, a veces de centenares, a los centros hospitalarios”, señaló el ingeniero. Según el medio de comunicación árabe Al Jazeera, basándose en datos del Ministerio de Salud palestino, entre el 7 de octubre de 2023 -día en que ocurrió el ataque de Hamas contra Israel, en donde murieron una enorme cantidad de civiles israelíes judíos- y el 25 de septiembre pasado, fueron asesinadas 65.502 personas, a razón de 91 muertes por día, lo que son casi 4 asesinatos por hora. La inmensa mayoría de las víctimas y heridos son mujeres y niños.
US President Trump has repeated that “we’re going to be close to a deal” on Gaza during a press conference with his Turkish counterpart Recep Tayyip Erdogan, at the White House.
— Al Jazeera English (@AJEnglish) September 25, 2025
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Las autoridades sanitarias palestinas declaran a los pocos medios que logran ingresar a dar testimonio que los restos de miles de víctimas fatales todavía esperan ser recuperados de los escombros de las ciudades.
El hospital de Nasser
El equipo de Paulo Milanesio trabajó durante siete semanas en Al-Mawasi, atendiendo personas pero sobre todo coordinando la construcción y abastecimiento de los equipos que finalmente atienden a los heridos del lugar por medio de Médicos Sin Fronteras, y sin embargo no hubo esfuerzos que pudieran lograr ingresar un solo camión con ayuda humanitaria de ninguna clase.
“No teníamos equipos ni elementos médicos, no teníamos medicinas. Nos tocó hacer amputaciones con anestesia local. Todo lo que eran enfermedades oncológicas o patologías crónicas eran imposibles de tratar, porque no había posibilidad de meter en la Franja medicinas especiales”, describió el humanista.
Paulo describe una caminata en las planicies áridas de Gaza como un paseo por un cementerio de desechos militares: bombas, morteros, misiles detonados y sin explotar, desperdigados en el piso como si fueran parte normal del paisaje. “El ejército de israel dividió el terreno en subcampos numerados y a la población cercana a la zona segura nos avisan por mensaje, por llamada, por mail que les llegan a las ONG, como pueden, que nuestra zona va a ser bombardeada en escasos minutos y que si te llega a pasar algo a vos es tu responsabilidad, nos dan por avisados”, apunta Milanesio y agrega que es de esta forma que las personas van caminando por la poca civilización todavía en pie y que la vida de los gazatíes evacuados allí es aquello que transcurre entre la caída de un misil y el siguiente, “como si estuviera lloviendo”.
En occidente, muchos niños de 10 años o menos fantasean con que el mundo ideal es aquel donde no exista la escuela: en Gaza, las escuelas son escombros y sombras. No hay aulas, ni agua potable ni combustible, lo cual se transforma en un problema no sólo al momento de transportarse, sino también al encender las plantas desalinizadoras de agua que grandes caños absorben desde el mar o de los subsuelos.
El relato de Paulo se reduce en dos personajes infantiles: Mohammed y Roha. El primero, cuenta el ingeniero, es un niño que una mañana se le acercó al rosarino y comenzó a colgarse de su pantalón como queriendo decirle algo. Las barreras de la dicción y el idioma impidieron que el ingeniero entendiera, pero un colega enfermero se le acercó y le explicó que su nombre era Mohammed y que sólo quería pedirle algo: “Lo que Mohammed quería era contarme su historia. El ya no tenía casa, no sabía dónde estaban sus amigos, no le quedaba nada. Él era del norte de Gaza y ahora estaba viviendo en el sur y había llegado a nuestra clínica para hacerse tratar después de lastimarse en un campamento. El quiere que todos sepan su historia, quiere que la cuentes a todos los que te escuchen”, recuerda el ingeniero.
En febrero, las fuerzas militares de Israel destruyeron el hospital de Nasser, único complejo médico público parcialmente operativo en el sur de Gaza. Allí, el equipo de Milanesio se encontró con las instalaciones completamente destruidas, la ambulancia y las incubadoras completamente rotas: “En la búsqueda de terroristas, se ve que también buscaban ahí adentro”, lamenta el ingeniero, que contó que después del esfuerzo de muchos especialistas que “fueron en contra de los ruidos de la guerra, de los bombardeos, de las carencias que teníamos”, pudieron reabrir la sala de neonatología.
El 25 de agosto de 2025, Médicos Sin Fronteras emitió un comunicado urgente donde lamentó un nuevo ataque de parte del ejército israelí donde “asesinaron al menos a 20 personas e hirieron a otras 50 en ataques consecutivos, incluyendo personal sanitario, rescatistas y periodistas”. Según datos del Sindicato de Periodistas Palestino publicados el 1° de septiembre de este año por el diario El País de España, desde octubre de 2023 al menos 246 periodistas han muerto, más de 500 han resultado heridos y 650 viviendas de informadores han sido destruidas, mientras que en lo que califica como “el lugar más letal del mundo para periodistas”, todavía seguen trabajando cerca de 1.000 reporteros en la Franja.
Roha es una niña de menos de 10 años, que vivía al norte de la Franja con su familia que tuvo que ser evacuada a una escuela junto con sus parientes. Una vez allí, un día se perdió entre los ataques y bombardeos. Tras disiparse el polvo, los padres de la niña la encontraron con una severa herida en la cabeza que comprometía su cráneo. 47 kilómetros hacia el sur más tarde, se encontró con la clínica levantada por Médicos Sin Fronteras: “Roha se convirtió para mí como en una sobrina. La visitaba cada día y veía cómo iba evolucionando. Al final de mi estadía, Roha ya estaba bien, pero no es una nena como cualquiera, porque lleva una cicatriz en la cabeza, porque no habla desde que la encontraron en el albergue, porque tiene miedo, porque no tiene una escuela donde poder ver a sus amiguitas, pero por lo menos es una nena que está viva y sigue luchando por su vida”, dice con lo último que su sensibilidad le permite.
Gaza es tan pequeña que cabe en el nudo de una garganta. Visiblemente quebrado, Milanesio agradece al auditorio, que estalla de pie en aplausos que acompañan la emoción por la infamia descripta. Hasta el momento de ser publicada esta crónica, son 148 de los 193 países que integran la Organización de las Naciones Unidas los que reconocen al Estado de Palestina. Gaza es pequeña, pero no parecía ser lo suficiente como para encontrar un lugar en las agendas del concierto de las naciones. Hasta hoy.



