La tierra no tiene un solo nombre
En el norte argentino, agradecer a la tierra puede significar abrirle la boca y alimentarla con maíz, chicha y hojas de coca. En otros territorios, supone reconocer en el monte, los ríos y las estaciones el momento de recoger, cocinar y guardar. Las voces de Adela, Nahir y Ruperta muestran que no existe una única manera indígena de nombrar ni de celebrar aquello que sostiene la vida.
- Info general
- Por Nicolás Heredia
- Ago 1, 2026
En 2013, durante mi primer viaje al noroeste argentino, participé de la procesión de la Virgen de Copacabana. Antes de comenzar la caminata por las montañas de Tilcara, las personas se detuvieron.
Abrieron un pequeño hueco en la tierra y colocaron hojas de coca, alcohol, cigarrillos y algo de comida. El sonido de los sikuris acompañaba cada movimiento. Antes de entrar en la montaña había que pedir permiso. También protección, porque durante el camino quedaríamos expuestos al frío, la altura y las inclemencias del tiempo.
Yo observaba la ceremonia sin comprender del todo lo que estaba sucediendo.
Días después viajé a Iruya, un pueblo salteño encajado entre montañas. En el hostel donde me alojaba conocí a Wanca, un antropólogo jujeño con quien compartí largas horas de conversación. Una tarde apartó la vista del grueso libro de filosofía que estaba leyendo y me preguntó:
—¿Qué representación tenés de la Pacha?
Le hablé de mi bisabuela, nacida en La Rioja. Aunque tenía un apellido español, sus orígenes eran indígenas. Cuando miraba una fotografía suya —el rostro atravesado por los años, los rasgos firmes— pensaba en una alegoría de la Pachamama.
Wanca cerró el libro.
Me dijo que aquella era una representación frecuente entre quienes habíamos crecido en las grandes ciudades. Para él, la Pacha no era una anciana. Era una mujer joven, fuerte y fértil. Una presencia que da vida, que se encuentra alrededor nuestro y que también puede ser impredecible.
Su voz se había vuelto más firme.
Yo había convertido a la Pacha en una imagen fija. Él hablaba de una relación.
Aquel viaje abrió un recorrido que me llevó por comunidades indígenas y criollas del norte argentino. En esos caminos conocí a muchas mujeres y escuché distintas maneras de comprender los territorios. Más de una década después, al llegar el 1 de agosto, pienso especialmente en tres de ellas: Adela, Nahir y Ruperta.
Adela y Nahir hablan desde Nazareno, un pueblo ubicado entre las cimas y las nubes del norte salteño. Ruperta, mujer Qom, habla desde la memoria territorial del Gran Chaco: una extensa llanura atravesada por el monte, los frutos y los grandes cursos de agua.
Las tres reconocen que la vida depende del territorio. Pero no lo nombran del mismo modo ni ordenan alrededor suyo las mismas ceremonias.
Adela llama corpachada a la celebración de agosto.
—Nosotros decimos corpachada porque significa abrazar a la Madre Tierra. Es un abrazo en agradecimiento.
Aclara que no es lo mismo que chayar. Se puede chayar una casa recién construida o un vehículo nuevo. Corpachar, en cambio, es alimentar y agradecer a la Pachamama.

En Nazareno, las familias abren lo que llaman su “boquita”. Allí colocan flores, hojas de coca, bebidas y las comidas preparadas con los productos de la zona. El maíz, la papa, las habas, las ocas, las frutas y la carne de los animales regresan a la tierra de la que provinieron.
—Como es un mes de agradecimiento, nosotros le damos todo lo mejor.
Adela habla de la Pachamama como de una persona. Por eso debe comer, beber y coquear. También se colocan cigarrillos. Recuerda que sus abuelos no utilizaban tabaco industrial: los armaban con hojas de higuera y salvia.
Ella prefiere ofrecer pocas bebidas y muchas flores.
—Las flores significan alegría. Hay que hacer alegrar a la Madre Tierra.
La ceremonia debe transcurrir sin tristeza. Después de entregar los alimentos, las familias conversan, ríen, cantan y, algunas veces, bailan. El humo de las hierbas aromáticas asciende llevando los pedidos, aunque Adela insiste en que el gesto más importante no es pedir.
—Es más agradecimiento que pedido. Ella ya nos da todo el año. Nos da comida, nos da de todo.
También se agradece a los cerros más altos. En Nazareno los llaman Apus: seres mayores y protectores que acompañan la vida de las comunidades.
La preparación de los alimentos comienza antes de abrir la tierra. Se hierven mazorcas enteras de maíz hasta convertirlas en tijtincha. En otras ollas se cocinan papas, ocas, habas, charqui, patas y mondongo. Hay frutas, caramelos y galletitas.
—Como a nosotros nos gusta la dulzura, a la Madre Tierra también le gusta.
Otra de las preparaciones es el piri, hecho con maíz. Parte de esa comida se distribuye en los terrenos para los pájaros. Mientras la arrojan, las personas les hablan: les ofrecen alimento y les piden que no se coman toda la siembra.
La cosecha no aparece aquí como resultado exclusivo del trabajo humano. También depende de la tierra, el agua, los cerros, los animales y las plantas. La comida entregada durante la corpachada reconoce esa participación.
La celebración de Nahir también está vinculada con los animales y con la vida familiar.
Su familia cría corderos. Durante la señalada, cuando marcan las orejas de los animales, entierran las colas y la sangre junto con chicha, vino, alimentos y otras bebidas. Lo que sale del animal vuelve a la tierra.

No todas las familias de Nazareno abren la boquita de la Pachamama. Algunas entregan sus ofrendas directamente en el campo: las arrojan hacia arriba y permiten que caigan sobre el suelo.
En el relato de Nahir también aparecen el agua bendita y el rezo de un Padre Nuestro. Los gestos andinos y las prácticas cristianas no ocupan espacios completamente separados. Conviven dentro de una misma ceremonia familiar, transmitida y transformada a través de las generaciones.
Cada casa construye una forma particular de agradecer.
Cuando hablé con Ruperta, comprendí que no debía trasladar automáticamente las palabras del mundo andino al territorio Qom.
—Pachamama es una palabra del mundo andino. Nosotros, como pueblo Qom, no decimos Pachamama. Decimos alhua late’e.
Ruperta utiliza esa expresión para hablar de la tierra, del mundo y del soporte sobre el cual se desarrolla la vida. La diferencia no se reduce a reemplazar una palabra por otra. Cambia también la manera de organizar el tiempo y de relacionarse con el territorio.
Para el pueblo Qom, explica, el año no comienza necesariamente en enero ni se ordena únicamente mediante los meses del calendario occidental. La vida comunitaria se guía por las estaciones, las transformaciones del monte, la aparición de los frutos y los momentos de recolección.
En cada etapa cambian los alimentos disponibles y las necesidades del cuerpo.

Durante el invierno se preparan infusiones calientes y quemadillos con hierbas. Con la llegada de otros tiempos se consumen raíces y tubérculos: mandioca, camote, papa, zapallo y maíz. Más adelante aparecen los frutos del monte, la miel, la algarroba y las bebidas fermentadas.
Ruperta describe ese territorio como un gran lugar de abastecimiento. Allí estaban las hierbas medicinales, los peces, la miel, los frutos y las proteínas necesarias para la alimentación. Las familias construían trojas para conservar lo recolectado y atravesar los diferentes momentos del año.
El monte era alimento, medicina y calendario.
Pero esa relación fue interrumpida. Ruperta señala a la colonización, la imposición de nuevas religiones, la educación formal y el asistencialismo como procesos que fueron debilitando conocimientos y prácticas comunitarias. En el presente suma otra amenaza: el avance del extractivismo.
Cuando se destruye el monte no desaparecen solamente los árboles. También se pierden los frutos, las medicinas, los lugares de recolección y las señales que permiten reconocer en qué momento del ciclo se encuentra la comunidad.

A diferencia de la corpachada andina, la relación que describe Ruperta no se concentra en una fecha única. Se expresa durante todo el año, en la alimentación, la medicina, la recolección y la lectura de las estaciones.
No es otra versión de la misma ceremonia.
Es otra manera de nombrar y habitar el mundo.
Con el tiempo, la pregunta que Wanca me hizo en Iruya fue cambiando. Ya no se trata solamente de saber qué imagen tengo de la Pacha. También debo preguntarme desde dónde la estoy mirando y qué experiencias intento reunir bajo ese nombre.
Adela me enseñó que corpachar significa abrazar y alimentar a la tierra. Nahir mostró que incluso dentro de un mismo pueblo cada familia conserva una forma particular de agradecer. Ruperta advirtió que el primer gesto de respeto consiste en no llamar a todos los territorios de la misma manera.
Las tres hablan de alimentos, pero también de relaciones.
El maíz que vuelve a la boquita de la Pachamama, la sangre del cordero que se entierra, el piri compartido con los pájaros, las hierbas medicinales, la miel y los frutos recolectados en el monte expresan algo que no puede reducirse a una celebración del calendario.
Agradecer no es solamente pronunciar unas palabras.
Es reconocer de dónde viene lo que comemos, qué seres participan de su existencia y qué debemos devolver para que la vida pueda continuar.
La tierra no tiene un solo nombre.
Tampoco una única fecha para ser agradecida.

