SF500, un fondo público-privado para transformar las ciencias de la vida
¿Cómo se convierte una investigación científica en una startup capaz de generar impacto real en la vida de las personas? ¿Qué condiciones hacen falta para que el conocimiento que se produce en universidades y laboratorios llegue al mercado, a los pacientes y a la sociedad?
- Conclusion TV
- Dic 23, 2025
Estas preguntas atraviesan el episodio VIII de Totalidad Abierta, el podcast impulsado por POLIEDRO. Espacio de Ideas junto al Diario Conclusión. En esta oportunidad, el diálogo se centra en la experiencia de SF500, un fondo de inversión público-privado con base en Santa Fe que trabaja para transformar ciencia en startups de biotecnología con proyección global.
El episodio cuenta con la participación de Francisco Buchara, uno de los mentores y fundadores del fondo, y de Franco Cescotti, CEO de Dharma Bioscience, una de las startups que integran el portfolio de SF500.
Un fondo que conecta ciencia, capital y territorio
SF500 no funciona como un fondo de inversión tradicional. Su surgimiento se inscribe en un contexto político e institucional en el que la provincia de Santa Fe definió a la ciencia, la tecnología y la innovación como ejes estratégicos del desarrollo productivo, impulsando políticas públicas orientadas a agregar valor al conocimiento local, fortalecer el entramado científico-tecnológico y promover la articulación con el sector privado. En ese marco, SF500 combina dos dimensiones clave: por un lado, un company builder que acompaña a científicos y emprendedores en el proceso de convertir una investigación en una empresa; por otro, un fondo de capital de riesgo público-privado que aporta financiamiento en etapas tempranas, cuando los proyectos aún no encajan en la lógica del crédito bancario tradicional. El objetivo es claro: transformar capacidades científicas existentes en startups de base tecnológica, con anclaje territorial y proyección global.
Tal como explica Buchara en la entrevista, Argentina —y en particular Santa Fe y Rosario— cuentan con un potencial científico extraordinario, con investigadores altamente formados y una larga tradición en ciencias de la vida. Sin embargo, durante décadas, ese conocimiento estuvo mayormente orientado a la publicación académica o a la obtención de subsidios, sin un puente claro hacia la producción y el mercado.
SF500 surge precisamente para ocupar ese espacio intermedio: ayudar a que la ciencia “salga del laboratorio”, se encuentre con el mundo emprendedor y pueda convertirse en productos, servicios y empresas que generen valor económico y social. En ese camino, el fondo articula investigadores, emprendedores, universidades, organismos públicos, inversores privados y empresas consolidadas, entendiendo al Estado no como un actor externo, sino como un socio estratégico del ecosistema.
Rosario y Santa Fe: un ecosistema de emprendimientos científicos con historia
Lejos de partir de cero, la experiencia de SF500 se apoya en una trayectoria previa del ecosistema biotecnológico regional. Rosario fue pionera en la creación de empresas basadas en ciencia, con casos emblemáticos que marcaron el camino y generaron lo que Buchara denomina un “efecto demostración”: investigadores de universidades públicas y científicos vieron que era posible emprender sin abandonar el rigor científico.
Ese entramado de capacidades locales —institutos de investigación, universidades, startups, empresas y políticas públicas— crea las condiciones para que nuevos proyectos puedan emerger. SF500 actúa como acelerador y articulador, identificando talentos, acompañando equipos y generando contextos de interacción que, de otro modo, difícilmente se darían.

El caso Dharma Bioscience: ciencia aplicada a un problema real
Uno de los ejemplos más claros de este modelo es Dharma Bioscience, startup nacida en el ecosistema santafesino y enfocada en el desarrollo de terapias innovadoras para la artrosis, una patología que afecta a más de 500 millones de personas en el mundo y que, hasta hoy, no tiene cura.
La empresa surge a partir de la experiencia clínica de sus fundadores, quienes trabajaban con pacientes y se enfrentaban a los límites de las terapias disponibles. Esa problemática concreta fue el punto de partida para buscar una solución innovadora. Sin embargo, el proyecto necesitaba una pata clave: ciencia básica de alto nivel.
A través del proceso de acompañamiento de SF500, el equipo incorporó a un investigador del CONICET, especialista en inmunología, que encontró en el proyecto una oportunidad para que su trabajo tuviera impacto directo en la vida de las personas. Así nació un equipo verdaderamente interdisciplinario, donde clínica, ciencia y gestión empresarial comenzaron a dialogar.
Dharma trabaja con microARN, pequeñas moléculas que regulan funciones celulares y que permiten intervenir sobre los procesos inflamatorios asociados a la artrosis. A partir de herramientas de bioinformática, algoritmos y aprendizaje automático, el equipo desarrolló un enfoque innovador que apunta a revertir el daño celular y abrir nuevas posibilidades terapéuticas.
Del laboratorio al emprendimiento: el desafío cultural de la ciencia aplicada
Uno de los ejes más potentes del episodio es la reflexión sobre el rol de los científicos y el desafío cultural que implica pasar del laboratorio al emprendimiento. No se trata de que los investigadores abandonen su vocación, sino de generar equipos complementarios, donde la ciencia, el management y la visión de mercado convivan con respeto y objetivos compartidos.
SF500 trabaja justamente sobre esa transición: acompaña a los científicos para que su conocimiento no quede encerrado en un paper, y a los emprendedores para que comprendan la lógica y los tiempos de la ciencia. El resultado no es inmediato ni lineal, pero permite construir empresas con bases sólidas y una fuerte orientación al impacto.
Innovación con anclaje territorial y proyección global
El caso de SF500 y de startups como Dharma Bioscience demuestra que las capacidades locales pueden ser un punto de partida para generar riqueza, empleo calificado y desarrollo, sin necesidad de replicar modelos externos. La clave está en la articulación: ciencia, capital público y privado, Estado, emprendedores y una visión compartida de largo plazo.
Cuando ese ecosistema se activa, la innovación deja de ser una promesa abstracta y se convierte en proyectos concretos, empresas reales y soluciones que nacen en el territorio, pero miran al mundo.

