DOMINGO, 14 DE JUN.

Historias al plato: el café, símbolo de amistad, fuente de inspiración poética

Más allá de ser el café una simple bebida, constituye un verdadero símbolo de amor en infinidad de ocasiones, ya sea en una cita romántica, en una sobremesa, o en un lugar acogedor durante una reunión de amigos. Cada sorbo será un pretexto perfecto para compartir anécdotas, recuerdos, contar historias, reír sin medida disfrutando de la complicidad que solo surge de las compañías queridas.

 

 

ORIGEN Y EVOLUCIÓN HISTÓRICA

Categóricamente constituye una de las bebidas más consumidas en el mundo entero, omnipresente en nuestras mesas. Sin su presencia no se entienden reuniones, desayunos ni sobremesas. El conocimiento de su historia nos ofrece un mundo fascinante colmado de curiosidades.

Se afirma que empieza en el cuerno de África, en Etiopía más precisamente sobre el siglo IX. Su origen geográfico es preciso, la provincia de Kaffa, pero no así el momento exacto, ya que no existen registros verosímiles sobre cuando el hombre comenzó a consumir café.

La leyenda cuenta que un pastor, miembro de una tribu de Kaldi, habitantes de las zonas más altas de Etiopía, observó como las cabras a su cuidado, tenían mucha más energía tras comer un fruto muy parecido a las cerezas que producía un arbusto de la zona. Al probarlas, él mismo, descubrió las propiedades energizantes y excitantes que generaba su consumo y las trasladó a su tribu.

Sea cierta o no esta leyenda sobre el origen del café, sobre lo que no caben dudas y está documentado es que en el siglo XV había plantaciones en Yemen y se verificaba un intenso comercio de café entre Sudán y Arabia a través del puerto yemení de Moca. Esta ciudad, además de dar nombre a un tipo de café y a una cafetera, también era el principal puerto en la ruta hacia La Meca. Allí es donde aparecieron los primeros establecimientos que servían café, los llamados “kaveh kanes”. Estos locales pronto se convirtieron en centros sociales y de actividad política; en algunas épocas de su evolución llegaron a estar prohibidos.

Lo cierto es que la historia del consumo de café y su consecuente expansión por el mundo tiene como protagonistas a los árabes. Durante un período mayor a 200 años tuvieron la exclusividad del cultivo y comercio del café, observando especial cuidado en no propagar granos fértiles; les quitaban las capas exteriores y los tostaban para el comercio. De ese modo aseguraban la imposibilidad de plantar un cafeto (la planta del café) en territorios fuera de su influencia.

Los holandeses fueron los primeros europeos en conseguir semillas fértiles, llevarlas a su país y comenzar el cultivo en invernaderos a principios del siglo XVII. Las condiciones climáticas imperantes en los Países Bajos no resultaron ser las más idóneas para el cultivo del café, motivo por el cual iniciaron la siembra en otras partes del mundo. Lo introdujeron en Asia (India y la isla de Java, actualmente Indonesia) y posteriormente a América (Surinam, Guayana Holandesa y a Brasil). Las colonias holandesas fueron las grandes suministradoras de café en Europa en el siglo XVIII.

Si bien podemos atribuirles a los holandeses la obtención de semillas fértiles de café para iniciar su cultivo fuera de Arabia, debemos otorgarles un papel fundamental a los comerciantes venecianos, los primeros en iniciar la comercialización en Europa a principios del siglo XVII de café procedente de Turquía. A mediados de ese siglo se creó la primera cafetería en Londres y pocos años después aparecieron los establecimientos cafeteros del otro lado del Atlántico, concretamente en la ciudad de Boston.

En España, el café llega con su expansión por Europa. Fueron los comerciantes italianos y los Borbones quienes lo introdujeron en la península ibérica a mediados del siglo XVIII y es donde aparecen los primeros cafés en Madrid, que no eran más que casas de comida que servían también esta infusión. Una particularidad que se introduce en ese momento en la elaboración del grano de café es la torrefacción, una forma de tueste muy particular que consiste en tostar el grano de café con la incorporación de azúcar obteniendo una caramelización que envuelve los granos, lo que además de conseguir una mayor duración del producto le otorga una sabor muy agradable.

A partir del siglo XIX América Latina emerge como el principal centro de producción mundial de café, liderado de Brasil, Colombia y Ecuador sin soslayar los productores de América Central (Honduras, Guatemala, Costa Rica y Nicaragua).

Actualmente se consumen casi diez mil toneladas de café por año, un cifra en permanente crecimiento siendo los mayores consumidores. Curiosamente los países nórdicos (Finlandia, Noruega, Suecia y Holanda).

 

 

EL CAFÉ, SÍMBOLO DE AMISTAD

Hasta aquí una breve reseña histórica sobre el origen y la evolución del café; a partir de ahora iniciamos un abordaje desde otra perspectiva respecto a la importancia de esta infusión en nuestros hábitos culturales y en la generación de arraigadas costumbres.

Más allá de ser el café una simple bebida, constituye un verdadero símbolo de amor y amistad en infinidad de ocasiones, ya sea en una cita romántica, en una sobremesa, o en un café acogedor durante una reunión de amigos. Compartir un café entre amigos, familiares, enamorados, configura un ritual disfrutable en muchos aspectos, en momentos donde la calidez de la taza, el aroma envolvente, donde la magia del primer sorbo y la atmósfera íntima del lugar harán de este encuentro una experiencia inolvidable.

Cada sorbo será un pretexto perfecto para compartir anécdotas, recuerdos, contar historias, reír sin medida disfrutando de la complicidad que solo surge de las compañías queridas. En este encuentro la rutina se detiene y pasa a ser un recuerdo entrañable. Es el momento ideal para reconectarnos, celebrar la amistad o simplemente regalarse un instante de respiro lleno de sonrisas y de buena energía.

 

 

EL CAFÉ, INSPIRACIÓN POÉTICA

Cuando el café, la poesía y la música se encuentran nace una experiencia que despierta los sentidos y acaricia el alma. El ambiente se llena de armonías suaves que acompañan cada sorbo creando una atmósfera íntima y acogedora.

Nuestro poetas y sobre todos los tangueros le han dado un lugar de privilegio en el protagonismo de sus letras al café. Las esquinas de nuestras ciudades son sitios de encuentro y en muchas de ellas suele haber un café. Esos lugares en los que se reúnen y conviven personas de diferentes procedencias, pensamientos diversos, a veces de ideologías enfrentadas pero que sin embargo sucumben a la convocatoria que propone compartir un café.

Cuando nos cruzamos con un amigo es inevitable la frase invitadora: “Vení, te invito con un café”, o también que la cita pueda ser programada: “Mañana nos vemos y tomamos un café”. Siempre hay buenas razones para sentarse a compartir un café. La importancia que ha tenido para el género se reconoce fácilmente al ver la cantidad de composiciones que inspiró.

“La mesa de un café” (Raúl Kaplún y Kosé María Suñé) “…la mesa de un café era el punto de reunión, / templábamos los tres en el naipe nuestro humor”. El sabor amargo de un café en la confesión inesperada de los amantes: “El último café” (Héctor Stamponi y Cátulo Castillo)”El último café / que tus labios con frío / pidieron esa vez / con la voz de un suspiro…”. Considerado como una composición medular de la historia ciudadana, “Cafetín de Buenos Aires” (Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores) no hace referencia en particular a ningún café en especial, sino que le rinde su homenaje a todos: “Como olvidarte en esta queja / Cafetín de Buenos Aires, / si sós lo único en la vida / que se pareció a mi vieja,,,,”.

Son innumerables las letras de tango que hacen referencia a históricos cafés que se erigieron como monumentos a la amistad y que quedaron inmortalizados en la poesía tanguera, a saber: Café Tortoni, Café de los Angelitos, Lo de Hansen, el bar Dante, Café La Humedad entre muchos otros que probablemente no han sido mencionados pero que han sido merecedores de integrar esa galería de recuerdos; que si bien se trata de lugares en general pertenecientes al paisaje urbano porteño se reproducen en toda nuestra geografía y reconocen los mismos méritos que aquellos.

Y aquí quiero detenerme y prestar debida atención a nuestros cafés históricos, algunos de los cuales aún siguen funcionando y constituyen verdaderos monumentos a la memoria cafeteril local: El Resorte, El Ancla, La Buena Medida, el Bar Blanco, El Rosarino, El León, Gorostarzu, Capote, Augustus, El Riel, El Cairo, y seguramente omito mencionar muchos otros que se esconden en mi memoria, pero que seguramente me permiten afirmar que entre todos ayudaron a forjar el acervo cultural rosarino cobijando en sus mesas toda la bohemia y la cultura que a sus influjos se generó.

¡Salúte compañeros!

 

 

 

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