MIéRCOLES, 21 DE OCT.

Del trabajo social y las peñas rosarinas, a fundar Chimichurri Auriazul en Alemania

Pablo Pérez, conocido como el Gaucho Peña, supo repartir su vida entre la militancia barrial, las interminables guitarreadas y su amor por Rosario Central. Afincado hace años en Friburgo, no dudó en esparcir el virus canalla en tierras europeas.

La historia de Pablo Pérez es tan rica como digna de ser difundida. El “gaucho peña”, como se lo conoce, no duda en avanzar con su batería de vivencias y su amplio anecdotario. Casi como una necesidad, esa que emerge cuando los arrabales han cambiado de color, olor, e incluso, de idioma. Un profeta de la religión “canalla”, un militante de la igualdad de oportunidades que no descansa en el camino de construir comunidad con aquellos que entienden que el afecto es revolucionario.

Pablo repartió su vida entre la familia, los amigos, Central y el trabajo social en las barriadas populares de Rosario. Cuenta que fue el abuelo “Lito” el que le inyectó el virus canalla para que tan solo con 4 años, ya comenzara a pisar las tribunas del Gigante de Arroyito. “Mi abuelo era enfermo de central, por ello me comenzó a llevar a la cancha todos los domingos, incluso nos íbamos a la popular, así nació mi pasión absoluta por Central”, cuenta.

El” gaucho” sostiene que fueron 23 años ininterrumpidos siguiendo a Central, sufriendo un impasse cuando la vida lo llevó a Rio Negro a sus 27 años. Pero volviendo hacia atrás, a Peña le gusta hablar y narrar, y en muchas oportunidades en su afán por relatar, las vivencias dignas de ser compartidas se quedan al costado del camino, por eso regresa y las recoge. “En mi adolescencia siempre tuve en claro que quería ser maestro del nivel primario y colaborar en los barrios más olvidados.  Así fue como ingresé al coro de una iglesia luterana de Rosario, el pastor tenía ideas de izquierda y estaba haciendo un trabajo social en el barrio Toba de Travesía y Juan José Paso. Un día Carlos Duarte (el pastor), me preguntó si me animaba a dar clases de alfabetización en el patio de una casa, ya que aquellos que habían llegado desde el Chaco en su mayoría eran analfabetos”.

Los más pequeños contaban con dos escuelitas en el barrio, pero la diáspora se generaba con aquellos mayores de 40 años. “Con 15 años me daba cagazo la idea de alfabetizar, no por la gente, sino porque siendo adolescente debía darles clases a personas de entre 40 y 50 años. Mi vieja, Graciela Musillo, que era una maestra apasionada y alucinante, me animó y me dijo que lo intentara, que ella me iba a ayudar a preparar las clases. Así que bueno, así fue como en la casa de la familia Benítez se acercaron alrededor de siete adultos y un chico que era vecino, jeremías, que, si bien iba a la escuela y tenía muy buenas notas, le encantaba estudiar”. Pablo perdió rápidamente el miedo gracias al cobijo de un espacio familiar y afable, para dale paso a una experiencia increíble.

Al cumplir 18 años, la madre de Pablo viaja a uno de los primeros encuentros de mujeres y lo hace con un grupo de mujeres de la República de la Sexta. Este grupo tenía un proyecto que había surgido en la crisis, eran tiempos de Raúl Alfonsín y época de saqueos, así fue como surgió el trabajo con chicos y jóvenes en el club Unión y Fuerza. “Mi mamá les cuenta que yo tocaba la guitarra y así fue como doy inicio la militancia social en este otro barrio de la ciudad. Había poca actividad, ya que solo los sábados brindábamos una merienda con leche y pan con mermelada o dulce de leche, para luego continuar con juegos y música, ahí aparecía mi guitarra. El proyecto fue creciendo para terminar dándole vida al Centro La Rigoberta por calle Esmeralda. Se brindaba apoyo escolar y otras actividades, incluyendo un taller para jóvenes en el que se hablaba de sus problemas, se escribía y se pintaba”.

Una vez al mes, y con la intención de juntar fondos, se organizaba una choripaneada que incluía una payada. “A mí siempre me gustó hacer el asado, así que yo era el maestro parrillero y la pibada me ayudaba, porque a veces venían 100 personas o más. Para la inauguración del Centro nos visitó la Teresa Parodi, que lo único que solicitó fue el transporte y una pieza para dormir en algún hotel. Esa fue una actividad muy grande, muy linda”. Pablo Peña en aquellos años vertiginoso, repartió su vida entre la militancia social, la venta de artesanías y las peñas (de allí surge su apodo el gaucho). “Una de mis grandes pasiones es la música, la otra es el fútbol”, espetó.

Para el “gaucho”, en los 80 las peñas dejaron de ser peñas, aquellas guitarreadas en los bares, sin escenario y sin micrófono, comenzaría a transformarse. “Aparecieron los escenarios, los micrófonos y la lista de cuándo y quién tocaba. Los dueños te decían trata de no tocarme canciones tristes, así fue como comencé a armar peñas en mi casa, arrancamos siendo 2 o 3 personas, para terminar, siendo entre 15 y 20. Después de tres años tuve que ver cómo la reducía, ya que se trataba de la casa de mi abuela y hacíamos las peñas en el altillo de la terraza. Muchos pensaban que incluso había barra de tragos, llegamos a ser unas 50 personas, recuerdo que siempre al finalizar las guitarreadas quedaban varios caídos en combate (risas)”.

Alemania en el horizonte gaucho

Un amigo de Pablo, oriundo de Rafaela, le venía hablando seguido sobre una granja (El Ceibo), un proyecto social muy interesante fue fundado por un alemán y un argentino que trabajaban con personas con discapacidad. La invitación a conocer el espacio no tardaría en llegar, así fue como Andrés lo convocó. “Fuimos un fin de semana y allí nació una gran amistad con Diego y Gerd, quienes llevaban adelante el proyecto. De allí surge la idea de participar de la colonia de verano, ya que necesitaban gente para ayudar con la organización de los jóvenes. El ofrecimiento a los interesados tenía su anclaje en alojamiento y comida a cambio de la actividad que llevaba unas 3 horas. Así fue como conocí a Anita, quién terminó siendo la mamá de mis hijos, fue un flechazo”.

Claramente Alemania no estaba en radar gaucho, pero en julio de 2001 la primera en partir a tierras europeas fue Anne, su compañera, para que en septiembre tome el mismo cauce Pablo Pérez. “Yo no hablaba otro idioma que no fuera el criollo, pero a los 3 meses ya me comunicaba y después del año, ya me encontraba hablando fluido el idioma alemán. Isayah tiene 22 años y Janosch 21, ellos son frutos de mi relación con su mamá Anne, con quién ya no compartimos la vida juntos, pero nos sigue uniendo el amor por ellos. En más de una oportunidad pensé en pegar la vuelta para Argentina, pero me resulta imposible saberme lejos de ellos, y de lo que terminó naciendo después de mucho insistir, el querido Chimichurri Auriazul”, comentó Pablo.

En el país europeo conoció gente de toda Latinoamérica, ya que Alemania cuenta con ciudades muy cosmopolitas, y si bien Freiburg no es tan grande, cuenta con 250.000 habitantes. “A diferencia de Argentina, que en sus ciudades más chicas hay poca actividad cultural, acá sobra, al tratarse de una ciudad universitaria, existe mucha actividad cultural. La misma se manifiesta en el teatro, al aire libre, a través de la música y el fútbol. Aquí fui ampliando mi espectro musical, aprendiendo un joropo venezolano, con gente de Venezuela, y algún ritmo colombiano, cubano, uruguayo, brasilero entre otros”.

El fútbol como ariete, la pasión por la redonda derribando muros idiomáticos

Aquello que legó de su abuelo, a Peña lo llevó a evangelizar otras tierras. “Cuando Isayah, mi hijo mayor tenía 7 años entra a un club y se da una coincidencia muy linda, el nombre del mismo está ligado a los ferrocarriles. La cosa se torna más graciosa, cuando nos enteramos que el clásico rival, que está cruzando la avenida, se llama el club de la policía. Isayah se suma al club siendo orientado por dos técnicos alemanes, y a mí que me encantaba mirar los entrenamientos, me empujó a tener rápidamente buena onda con los tipos. Así fue como comencé a ayudarlos, destacando que tanto entrenadores como este humilde servidor lo hacíamos ad honorem, nos dedicábamos a preparar el material, buscar los conitos, las pecheras, las pelotas, en definitiva, todo lo que hacía falta. Y bueno, a medio año nada más de que Isayah se encontraba jugando, estos entrenadores me dicen que los más chiquitos se habían quedado sin quién los oriente y me invitaron a que me haga cargo, ya que tenía idea de fútbol. Pero claro, necesitaba un ladero, un compañero, y así fue como convoqué a un amigo que conocí en Alemania, que para mí es como un hermano, Carlitos Comandi, oriundo de Tandil y pincharrata”.

Ambos se enamoraron de la actividad, el coordinador juvenil era muy bueno, según relata Peña, y fue el quién les acercó ideas y ayudó que la adaptación sea rápida. “Creo que el hecho de ser maestro también te da algo de pedagogía de cómo trabajar con los niños. Así que bueno, me enamoré rapidísimamente de la actividad, y el próximo sueño a cumplir, fue obviamente ver jugar a los chiquitos con la camiseta central. Eran niños de entre 5 y 6 años, y así fue como pasado el tiempo y con mucho esfuerzo personal y la ayuda en la logística de algunos amigos, logramos que lleguen las camisetas a Freiburg”.

La intervención de otro canalla radicado en España, Alexis Serenelli, desemboca en el armado de una página de Facebook a la que bautizó (Filial Gaucho Peña). “Una exageración (risas) ya que la peña en realidad estaba conformada solo por mí y mis dos hijos. Volviendo al tema de la coordinación de las categorías menores y la irrupción de los colores canallas como representación identitaria, debo decir que hubo una excelente aceptación de los padres, les parecía muy original y todos terminaron siendo contagiados por el virus auriazul. Abrazamos un derrotero muy lindo, un camino extenso que desembocó incluso con el alzamiento de copas en torneos de otros países y siendo siempre protagonistas en los campeonatos locales”.

Tiempo después, el equipo de su hijo Isayah se queda sin entrenadores, allí vuelve a surgir la posibilidad de tomar una categoría mayor, un nuevo desafío. “Quienes entrenaban no jugaban muy bien al fútbol, entonces dijeron una frase medio desafortunada, algo así como ¿Quién va a entrenar a estos muertos? Entonces, ahí decidimos agarrar el equipo con Carlos, logramos en un año mejorarlo mucho, al punto que peleamos el campeonato hasta la última fecha, la perdimos lamentablemente por diferencia de goles con este Eintracht. Digamos que terminamos primero en puntos, pero segundos por goles, pero fue muy lindo el trabajo de agarrar a esos chicos, hacerlos sentir bien, mejorarlos futbolísticamente”.

Pero para el “Gaucho Peña” había algo pendiente, la necesidad de encanallar y teñir de azul y amarillo al equipo en el que jugaba su hijo y al cual entrenaba, no lo dejaba dormir. “Un par de años después, y a través de Alexis Serenelli y Carnaval Auriazul, logramos que nos envíen de regalo un juego de camiseta para el equipo, así que se los armé en el vestuario y los pibes enloquecieron al poder jugar con la camiseta de Central”.

Chimichurri auriazul: el esparcimiento del virus canalla en tierras alemanas

El hijo menor de Pablo Pérez estaba finalizando la escuela secundaria, y entra tanto fulbito en los tiempos libres con amigos, surgió la idea de armar un equipo. “Muchos de ellos me conocían ya que venían a casa desde muy chicos, su sueño era poder jugar todos juntos y que tanto Carlos como yo seamos los entrenadores. Si bien tuvimos un inconveniente, ya que el director deportivo del club no aceptaba un tercer equipo, acá tenemos primera, reserva y nosotros seríamos la tercera opción. Nos fue imposible recalar ahí, hasta que un amigo nos recomendó la Bunde Liga, si bien en Argentina se conoce la Bundesliga (liga federal), la Bunde significa liga colorinche”.

La Bunde Liga se crea a fines de los 79 principio de los 80, surge de la organización de personas con ideas de izquierda y anarquistas, con la idea formar una liga por fuera del comercio y las ligas oficiales. “La médula del torneo es muy concreta, no ser de derecha y presentarse de manera creativa. Así fue como llegó el día de la aceptación y pudimos formar parte del campeonato, esto significó un importante refugio para los jóvenes que integran el equipo ya que muchos venían luchando contra la depresión, el estrés y otras situaciones”, comentó Peña.

El primer partido quedó sin dudas para la anécdota, el equipo dirigido por Pablo Pérez y Carlos Comandi cayó derrotado sin atenuantes por 15 a 0. Lo curioso, y que despertó la inquietud de sus rivales, es que los integrantes del plantel no pararon de cantar nunca improvisando canciones alegóricas. “Con la melodía de Bella Ciao adaptamos Ohhh Chimichurri Auriazul, así iniciamos una experiencia que no tiene techo. Al segundo partido ya eran 20 las personas que querían integrar el equipo, y fue ahí donde nos pusimos como reto convertir el primer gol. El que lograra hacer el primer gol, debía traer un cajón de cervezas, algo característico del lugar, ya que después de cada partido nos tomábamos varios cajones charlando lo que dejó el encuentro disputado. Así fue como en el segundo partido enfrentamos a un equipo que se llama Latinos, al encuentro lo íbamos perdiendo 3 a 0, y al lograr el primer descuento fue una explosión maravillosa. Éramos mas de 50 personas adentro de la cancha gritando, luego vino el segundo con la misma tónica, y sobre el final llegó el empate que desataría una verdadera locura. Cabe destacar que esto lo tomamos como una terapia grupal, y Chimichurri es un canal de contención para todos aquellos que se quieran sumar”.

Peña cuenta que tuvieron que cerrar el canal de WhatsApp debido a la enorme demanda que tenían de interesados a sumarse al equipo. Chimichurri Auriazul va creciendo día tras día, recibiendo y cobijando a todos aquellos que quieran alentarlo y compartir un camino que tiene al fútbol como excusa. El Gaucho Peña es menottista, amante de la pelota al piso y la salida limpia, pudo inculcar su idea futbolística que ya ha comenzado a rendir frutos.

“Nos tocó ganar 5 a 2 con este sistema, algo que nos llenó de felicidad a todos, a quiénes estamos en la dirección técnica como a las y los pibes que integran Chimichurri. Somos el único equipo que juega con hinchada, la noticia de Chimichurri se expande y nos están llamando canallas de todo el mundo. Se nos arriman jóvenes de distintos países que al fútbol no le pasan ni cerca, pero el virus canalla y de chimichurri lo empujó a juntarse con la pilcha azul y amarilla a ver los partidos del nuestro. Lo que estamos viviendo es alucinante, es algo que jamás proyectamos y hoy disfrutamos de gran manera”, concluyó Pablo Pérez en una jugosa charla con Conclusión.

 

Últimas Noticias