SáBADO, 01 DE AGO.

Donde nace el agua

En Nazareno, una ceremonia ancestral revela la relación profunda entre las comunidades andinas y las fuentes de agua que nacen en los glaciares. En un contexto de posibles cambios en la Ley de Glaciares, ese equilibrio podría quedar en riesgo.

 

Nazareno, Salta.

Me pidieron que me arrodille. No hubo explicación. Solo el gesto.

Adela caminó hasta la vertiente, juntó agua con sus manos y volvió despacio. El frío llegó antes que el agua. Después, el golpe suave en la cabeza.

Dijo unas palabras en voz baja que no terminé de entender, pero el mensaje era claro: no estaba ahí solo para mirar.

En ese instante dejé de ser visitante.

 

“La ceremonia al agua es un agradecimiento, porque si no hay agua no hay vida”, me había explicado antes.

En Nazareno, un pequeño pueblo del norte salteño, el agua tiene nombre: Yucurmana. No es un recurso. Es madre.

Antes de subir al cerro, nadie avanza.

Adela se detiene y deja unas hojas de coca sobre la tierra. “Hay que pedir permiso”, dice.

El permiso no se le pide a una persona. Se le pide al Sol, a la Luna, a la tierra, al agua, al viento.

Y también a los ancestros.

 

“Por estos lugares caminaron nuestros abuelos. Ellos siguen”. La ceremonia puede hacerse en los ríos o en los puquios — manantiales donde nace el agua—.

Pero Adela prefiere los lugares más altos.

“De ahí viene el agüita, de los cerros, de los glaciares”.

El lugar al que fuimos se llama Laguna Abra. Más arriba, cruzando el Cerro Fundición, el paisaje cambia: el agua ya no corre, se
acumula. Son glaciares.

Las ofrendas no se improvisan.

Adela empieza a prepararlas un mes antes. Junta flores blancas —“porque el agua es pura”—, semillas, papas, hojas de coca, chicha y vino.

“Todo lo que nos da la Madre Naturaleza también se lo damos a ella”.

También hay dulces.

 

“Así como a nosotros nos gustan las cosas ricas, a ella también le gustan”. Entonces la florean, le bailan, la celebran.

Pero antes de agradecer, hay otra instancia.

“Primero se pide perdón”, dice Adela.

“Por todo el daño que le hacemos. No la valoramos, no la respetamos. La usamos, la dejamos correr, la contaminamos…”

Su voz no suena a reproche. Suena a advertencia.

En las alturas, donde ya no hay árboles, el agua permanece invisible. Se acumula en forma de hielo bajo la superficie, en glaciares que alimentan ríos y vertientes.

 

En Argentina, estos cuerpos de hielo están protegidos por la Ley de Glaciares, que los reconoce como reservas estratégicas de agua dulce y prohíbe actividades que puedan afectarlos.

Pero ese marco legal hoy está en discusión.

Distintos proyectos de reforma buscan reducir las áreas protegidas o habilitar intervenciones en zonas que actualmente están resguardadas. En territorios como Nazareno, donde el agua depende directamente de esos sistemas, cualquier modificación podría tener consecuencias profundas. Para las comunidades que habitan estos cerros, el impacto no sería solo ambiental. Sería también cultural.

La Yucurmana no es una metáfora. Es una forma de entender el mundo. Si el agua se contamina, no solo se altera un recurso: se rompe un vínculo. En regiones de altura, donde el agua nace en los glaciares y desciende hacia las comunidades, su calidad depende directamente del estado de esos ecosistemas. La posible expansión de actividades extractivas, como la minería, implica riesgos conocidos: uso intensivo de agua, alteración del suelo y potencial contaminación.

Lo que aquí se celebra como origen, en otros contextos se evalúa como recurso disponible.

 

El contraste no es menor.

En estos cerros, el agua no se toma sin más.

Se pide. Se agradece. Se respeta.

Cuando me fui de Nazareno entendí algo que no había visto al llegar: el agua no baja de la montaña.

La montaña la está cuidando.

 

Últimas Noticias