SáBADO, 08 DE AGO.

El reemplazo de una Argentina que nunca existió

La diputada Lilia Lemoine defendió en televisión los argumentos del “gran reemplazo”, una conspiración nacida en la extrema derecha europea. Su aparición en el debate argentino obliga a preguntarse qué sucede cuando la política convierte las migraciones y la diversidad cultural en una amenaza.

 

Una teoría conspirativa surgida en los márgenes de la extrema derecha europea encontró un lugar en la discusión política argentina.

En una entrevista difundida el 24 de julio de 2026 por Infobae en Vivo, la diputada nacional Lilia Lemoine sostuvo que numerosos países europeos “abrieron totalmente las fronteras” y permitieron el ingreso de una población que terminaría reemplazando demográficamente a sus habitantes originarios.

Ante las objeciones de los periodistas Diego Iglesias y Mica Mendelevich, rechazó que su posición fuera xenófoba: “No es odiar a las personas. Es proteger tu suelo, tu identidad y tu estilo de vida”. También relacionó las migraciones con el islamismo radical y afirmó: “Como mujer, me da miedo la ley sharia”.

Detrás de sus palabras aparecía la teoría del “gran reemplazo”: la afirmación de que las poblaciones blancas y occidentales estarían siendo sustituidas deliberadamente por inmigrantes procedentes principalmente de África y de países musulmanes.

No existen pruebas de una operación internacional coordinada para producir esa sustitución. Sin embargo, la teoría consiguió abandonar los espacios marginales y penetrar en campañas electorales, medios de comunicación y discursos políticos.

Su llegada a la Argentina plantea una pregunta inevitable: ¿qué población estaría siendo reemplazada en un país que nunca fue étnica ni culturalmente homogéneo?

 

Una explicación sencilla para problemas complejos

Para Mariana Beatriz García, doctora en Relaciones Internacionales y directora del Grupo de Estudios sobre Migraciones de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, el llamado “gran reemplazo” forma parte de la ideología del populismo de derecha global y cumple una función concreta: justificar el racismo, la discriminación y la xenofobia.

La narrativa convierte al migrante empobrecido y racializado en responsable de los problemas económicos, sociales y de seguridad que afectan a las clases medias y populares.

“La migración pasa a ser el mejor chivo expiatorio para todos los problemas”, sostiene García.

El mecanismo permite atribuir el deterioro de las condiciones de vida a un grupo identificable y vulnerable, mientras quedan fuera de la discusión las decisiones económicas, las desigualdades estructurales y las responsabilidades gubernamentales.

El acento, la apariencia, la religión o las costumbres convierten al migrante en alguien fácil de diferenciar del supuesto habitante legítimo. Su presencia puede ser presentada entonces como la causa de la falta de empleo, la inseguridad, el deterioro de los servicios públicos o la escasez de viviendas.

La eficacia de la teoría no depende de demostrar una conspiración, sino de condensar numerosos problemas en una explicación sencilla: las cosas están peor porque otros están ocupando nuestro lugar.

La función psíquica del enemigo

La construcción de ese culpable también opera sobre las emociones y sobre la manera en que una sociedad procesa la incertidumbre.

La psicóloga y psicoanalista Eileen Wieland, integrante de la Sociedad Española de Psicoanálisis y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, señala que las transformaciones económicas, sociales, políticas y ecológicas contemporáneas generan un persistente sentimiento colectivo de fragilidad.

En un escenario difícil de comprender, localizar la causa del malestar en una persona o comunidad puede proporcionar una sensación transitoria de orden.

“La identificación de un culpable proporciona una ilusión de comprensión y de control, aliviando transitoriamente la ansiedad colectiva”, explica.

El enemigo transforma una angustia difusa en un miedo concreto. La incertidumbre deja de relacionarse con procesos económicos, tecnológicos o políticos difíciles de controlar y adquiere un rostro reconocible.

Para Wieland, cuando las instituciones fracasan en su obligación de responder a los problemas colectivos, la construcción de una amenaza externa permite desplazar responsabilidades.

“La creación de un enemigo cumple entonces una función política: desvía la atención del propio fracaso institucional y ofrece una explicación sencilla a problemas complejos”, sostiene.

La operación tiene dos movimientos: primero se identifica un peligro; después aparece quien promete proteger a la sociedad frente a él. Cuanto mayor es la incertidumbre y menor la capacidad crítica colectiva, agrega Wieland, mayor es la predisposición a aceptar liderazgos salvadores.

 

Una teoría que viaja

La aparición del “gran reemplazo” en el discurso argentino no puede separarse de la circulación internacional de las nuevas derechas.

García habla de una suerte de “Internacional de derecha”, formada por dirigentes de países centrales y periféricos y apoyada por sectores económicos poderosos. Dentro de esas redes no solo circulan asesores, estrategias electorales y formas de comunicación. También circulan palabras, enemigos y conflictos.

El “gran reemplazo” surgió para interpretar las migraciones hacia Europa, especialmente las procedentes de África y de países de mayoría musulmana. Al trasladarse a otros territorios, adapta sus protagonistas, pero conserva la misma estructura: una población legítima estaría perdiendo su país porque una élite permite o promueve la llegada de extranjeros.

La intervención de Lemoine no introduce únicamente una opinión sobre Europa. Importa un marco completo para mirar la sociedad: un “nosotros” que debe protegerse, un “ellos” que amenaza con ocupar su lugar y una dirigencia acusada de facilitar ese proceso.

La migración deja entonces de discutirse como un fenómeno histórico, laboral, económico o humanitario y comienza a presentarse como una batalla por la supervivencia cultural.

 

Una Argentina construida por la movilidad

La aplicación de esta narrativa al caso argentino tropieza con la propia historia nacional.

“Ninguna población del mundo es perfectamente homogénea ni originaria”, señala García. “Por suerte existen el mestizaje, la riqueza cultural, las comidas, las ciencias, las artes y sus desarrollos internacionales”.

La migración no constituye una anomalía dentro de la historia humana. El movimiento de poblaciones precede por miles de años a los Estados nacionales y sus fronteras. “El impulso de asentarse es tan humano como el de movilizarse”, afirma la investigadora.

Argentina tiene, en sus palabras, un “patrón migratorio complejo”: es un país de inmigración transatlántica y regional, pero también de emigración y exilios.

Antes de la constitución del Estado nacional, los pueblos sudamericanos circulaban por territorios que luego fueron divididos por fronteras. Esa movilidad explica la presencia histórica de comunidades paraguayas, bolivianas, chilenas, peruanas y uruguayas en las provincias limítrofes, así como la de argentinos en esos países.

Entre fines del siglo XIX y buena parte del XX llegaron también las grandes corrientes transatlánticas. Italianos, españoles, judíos de Europa oriental, sirios, libaneses, armenios, polacos, ucranianos y personas de muchos otros orígenes trabajaron, formaron familias y crearon instituciones.

No abandonaron por completo sus culturas ni impusieron una identidad cerrada. Fundaron mutuales, escuelas, hospitales, clubes, periódicos y asociaciones religiosas. Aprendieron el castellano, participaron de la vida política y laboral y se relacionaron con habitantes de otros orígenes.

Fueron transformados por el país y, al mismo tiempo, lo transformaron.

La lengua rioplatense, la gastronomía, la vida de los clubes, las asociaciones mutuales y numerosas prácticas familiares fueron moldeadas por inmigrantes y sus descendientes.

La identidad que algunos discursos dicen proteger de la inmigración fue construida, en gran medida, por la propia inmigración.

 

Los migrantes deseables

Esa historia no fue armónica ni igualitaria.

Argentina promovió la llegada de extranjeros, pero estableció desde sus orígenes una jerarquía acerca de cuáles eran deseables. El artículo 25 de la Constitución Nacional todavía establece que el Gobierno federal fomentará la “inmigración europea”.

El proyecto de organización nacional vinculó la llegada de europeos con el poblamiento, el desarrollo económico y una determinada idea de civilización. Al mismo tiempo, el Estado avanzó sobre las comunidades indígenas, desplazó poblaciones y consolidó el mito de un territorio vacío.

García sostiene que Argentina tuvo su propia fantasía de reemplazo: la aspiración de sustituir o diluir a la población originaria mediante la llegada de europeos imaginados por las élites como portadores del progreso.

La población afroargentina y los pueblos originarios quedaron durante décadas relegados de la historiografía y de la representación dominante de la identidad nacional. El mito de la Argentina blanca y del “crisol de razas” presentó a la sociedad como el resultado armonioso de la inmigración europea, mientras ocultaba violencias, desigualdades y presencias que no encajaban en ese relato.

La contradicción es profunda. Quienes hoy temen que la inmigración pueda borrar una supuesta identidad argentina suelen defender una identidad surgida de un proyecto que ya intentó modificar la composición cultural y poblacional del país.

El “gran reemplazo” no protege a una población originaria. Protege una construcción histórica de la argentinidad: blanca, europea y homogénea.

 

Dos formas de hablar del reemplazo

Existe una diferencia fundamental entre la expresión conspirativa y el uso técnico que la demografía hace de la palabra “reemplazo”.

En el año 2000, la División de Población de las Naciones Unidas publicó el informe Replacement Migration: Is It a Solution to Declining and Ageing Populations?. El estudio analizaba escenarios hipotéticos sobre la cantidad de migración internacional que necesitarían países con baja natalidad para compensar la disminución poblacional o sostener su población en edad laboral.

No describía un plan para sustituir cultural o étnicamente a ninguna sociedad. Estudiaba el envejecimiento demográfico y sus consecuencias económicas y laborales.

En la demografía, la migración de reemplazo es una herramienta para construir escenarios matemáticos. En el discurso conspirativo, el término sugiere una operación intencional destinada a eliminar una identidad.

Una estudia movimientos de población. La otra inventa culpables.

Para García, el desafío demográfico no consiste en impedir las migraciones, sino en garantizar derechos y evitar que los migrantes sean reducidos a una reserva de mano de obra barata y desprotegida.

 

Cuando la repetición construye la realidad

La teoría no necesita demostrar su hipótesis para producir consecuencias. Le alcanza con repetirse.

Wieland advierte que la reproducción sistemática de determinados relatos puede erosionar la diferencia entre los hechos y su interpretación. “Cuando una mentira es repetida de manera constante y desde múltiples lugares, puede llegar a ocupar el lugar de la realidad, transformándose en una verdad socialmente aceptada”, afirma.

La repetición modifica gradualmente el límite de lo decible. Una idea inicialmente confinada a círculos extremistas aparece primero como una provocación, después como una opinión incómoda pero atendible y finalmente como una categoría disponible para explicar la realidad.

En ese momento, la discusión ya no gira alrededor de si existen pruebas de una sustitución planificada. Pasa a preguntarse cuántos extranjeros son demasiados, qué culturas serían incompatibles o qué personas tendrían derecho a ocupar el territorio.

La conspiración consigue establecer las reglas del debate.

 

Los efectos sobre quienes son señalados

Estas narrativas también recaen sobre las personas convertidas en amenaza.

Wieland sostiene que transformar a los inmigrantes en una población superflua, situada en los márgenes de la comunidad política y despojada de reconocimiento, puede producir consecuencias sociales y emocionales profundas.

Las respuestas pueden adoptar formas diferentes: protesta, sumisión, obediencia, aislamiento o, en algunos casos, violencia. Comprender las condiciones que favorecen estas reacciones no supone justificarlas. Significa reconocer lo que ocurre cuando una persona siente que no dispone de un lugar legítimo desde el cual participar, hablar o reclamar derechos.

Cuando un migrante escucha de manera reiterada que su cultura, su religión o su origen constituyen un peligro, su pertenencia se vuelve condicional. Puede vivir durante años en el país, trabajar, pagar impuestos y formar una familia, pero sigue siendo observado como alguien llegado desde afuera.

La ciudadanía comienza a dividirse entre quienes son considerados legítimos y quienes solamente son tolerados.

 

La nación que debe inventarse

La teoría del “gran reemplazo” necesita presuponer una comunidad original, homogénea y estable que estaría siendo sustituida.

Esa Argentina nunca existió.

El país fue construido mediante presencias indígenas, afrodescendientes, europeas, latinoamericanas, árabes y asiáticas. Esas presencias no convivieron siempre de manera pacífica ni en condiciones de igualdad. Hubo represión, explotación, racismo y silenciamiento.

Pero no existe una historia argentina posible sin esa diversidad.

La llegada de nuevas poblaciones no borró una cultura nacional terminada. Participó de su construcción. Cada comunidad conservó parte de su memoria, incorporó elementos del país que la recibió y dejó una marca sobre él.

La discusión abierta por Lilia Lemoine excede a una diputada y a una entrevista televisiva. Obliga a preguntarse qué idea de nación empieza a instalarse cuando la política habla de migrantes en términos de invasión, sustitución y amenaza.

Una nación cerrada que necesita seleccionar quién pertenece y quién debe permanecer fuera.

O una sociedad atravesada desde sus orígenes por desplazamientos, conflictos, encuentros y mezclas.

El “gran reemplazo” no describe una Argentina amenazada.

Primero necesita inventarla.

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