JUEVES, 04 DE JUN.

Memoria Austral: el criollo que domó al león, la epopeya de Buenos Aires de 1806

En este capítulo de un ciclo que pretende escudriñar en profundidad la historia de las Islas Malvinas, Alejandro Maidana y Juan Facundo Besson, indagan sobre un suceso muy poco explorado.

En junio de 1806, el Río de la Plata se convirtió, de improviso, en escenario de una guerra global que pocos comprendían del todo. Mientras en Europa Napoleón redibujaba fronteras al ritmo de sus ejércitos, Gran Bretaña buscaba expandir su poder comercial y político hacia los confines del mundo luego de perder sus colonias en América del Norte. El virreinato del Río de la Plata, una colonia española que apenas despuntaba como plaza comercial con ambiciones propias, aparecía en los mapas de Whitehall como una pieza estratégica en el tablero del Atlántico sur. La caída de España en Trafalgar ofrecía una oportunidad dorada: golpear en sus dominios más ricos, abrir un nuevo mercado, y acaso, instaurar un gobierno “libre” favorable al comercio británico.

El 25 de junio, una escuadra al mando del comodoro Home Riggs Popham y del general William Carr Beresford desembarcó en las costas de Quilmes. Habían partido del Cabo de Buena Esperanza, donde Popham, tras una campaña exitosa, decidió actuar por cuenta propia, sin una orden directa del Almirantazgo. La audacia se confundía con la desobediencia, pero también con la ambición personal: conquistar Buenos Aires prometía gloria y fortuna. Frente a ellos, el virrey Rafael de Sobremonte, cuya prudencia pasaría a la historia como cobardía, se mostró incapaz de articular una defensa eficaz. Las fuerzas disponibles eran exiguas, mal entrenadas y peor coordinadas. Así, el 27 de junio, las tropas británicas marcharon casi sin resistencia hacia la Plaza Mayor.

La caída de Buenos Aires fue tan rápida como humillante. Beresford izó la bandera británica en el Fuerte y proclamó la ciudad en nombre de Su Majestad Jorge III. La población, incrédula, oscilaba entre el temor, la confusión y la adhesión de los sectores pudientes que anhelaban el librecambio. Pero el dominio inglés resultó más nominal que real: fuera de la capital, el resto del virreinato seguía bajo control español, y la población criolla comenzaba a organizarse. La ocupación extranjera duraría apenas cuarenta y cinco días, pero ese breve lapso bastó para alterar de raíz la conciencia política de los habitantes del Río de la Plata.

La reacción no vino del virrey, refugiado en Córdoba, sino del pueblo. En Montevideo, el gobernador Pascual Ruiz Huidobro organizó una expedición para recuperar la ciudad, y desde Buenos Aires, un francés acriollado, Santiago de Liniers, concibió una audaz contraofensiva. Con el apoyo de milicianos criollos y voluntarios de distintas procedencias, Liniers cruzó el río desde Colonia y avanzó hacia la capital, reuniendo a su paso un ejército improvisado y valeroso. La epopeya se cargó de simbolismo: por primera vez, las milicias urbanas y rurales, integradas por vecinos, artesanos, mulatos y criollos, asumían un papel protagónico en la defensa de su territorio.

El 12 de agosto de 1806, Liniers lanzó el asalto final sobre Buenos Aires. La lucha fue feroz, casa por casa, calle por calle. Los vecinos, armados con lo que tuvieran a mano, combatieron junto a los soldados regulares. Entre ellos se destacaron figuras que luego serían célebres: Martín de Álzaga, un comerciante vasco con instinto político, y Cornelio Saavedra, comandante del recién formado cuerpo de Patricios. Los británicos, sorprendidos por la magnitud y el fervor del levantamiento, fueron acorralados en el Fuerte. Sin refuerzos, Beresford se rindió. La reconquista fue total.

Aquel triunfo, más que militar, fue político. En la victoria sobre un ejército profesional europeo, el pueblo de Buenos Aires descubrió su propia fuerza. La autoridad del virrey, ya cuestionada, se vio definitivamente erosionada. Como señalaría luego Ricardo Levene, “la reconquista no fue obra de España, sino de los criollos en armas”. Algo había cambiado: el pacto colonial con los Borbones comenzaba a resquebrajarse y era aprovechado por los partidarios de la desunión que jugaban para Londres.

La historiografía ha debatido largamente el significado de 1806. Para algunos, fue el preludio de la independencia; para otros, un episodio de resistencia dentro del marco imperial. Sin embargo, más allá de las interpretaciones, lo cierto es que la invasión inglesa despertó una conciencia cívica inédita. Se organizaron cuerpos milicianos por barrios y orígenes, Patricios, Arribeños, Montañeses, Húsares, Artilleros de la Unión, y con ellos surgió una nueva forma de poder local, basado en la participación y el mérito, más que en el linaje o el favor virreinal.

Los testimonios de la época reflejan ese orgullo. En sus memorias, Liniers escribió que “los habitantes de Buenos Aires han demostrado un valor digno de los tiempos heroicos”. Incluso los ingleses reconocieron la sorpresa. Un oficial británico, prisionero en Buenos Aires, describió la resistencia como “una insurrección popular tan repentina como irresistible”. La reconquista se celebró con júbilo, pero también con un sentimiento de emancipación latente. La población había defendido su ciudad sin auxilio directo de la metrópoli, y lo había hecho con éxito.

El papel de Sobremonte, en cambio, quedó marcado por la polémica y la crítica histórica. Su decisión de trasladarse al interior con el tesoro del virreinato, 71 barras de plata, cientos de cueros y decenas de cajones con pesos, con la intención declarada de preservarlo, fue percibida como una huida cobarde. El tesoro, protegido por soldados ingleses durante su transporte, terminó embarcado hacia Gran Bretaña, dejando a Buenos Aires sin recursos y a la población frente al invasor. Ante la ausencia del virrey, el Cabildo, reflejo de la voluntad local, desconoció su autoridad y nombró a Santiago de Liniers comandante de armas, confiando en la capacidad de las milicias criollas para organizar la defensa.

 

Este desplazamiento de poder, aunque provisional, marcó un hito: la comunidad organizada podía determinar la legitimidad del gobierno en su propio territorio. Arturo Gandía describió este episodio como “la semilla de la soberanía popular en el Río de la Plata”, subrayando cómo la administración del tesoro real terminó revelando el poder emergente de la población porteña.

No menos interesante fue la reacción británica. Popham, al regresar a Inglaterra, fue sometido a un consejo de guerra por haber actuado sin órdenes. Aunque defendido por parte de la prensa y de ciertos sectores del Parlamento, que lo consideraban un adelantado en la expansión comercial, su carrera quedó empañada. Beresford, por su parte, se comportó con dignidad durante su cautiverio, y al ser liberado tras la segunda invasión, mantuvo un respeto notable por sus antiguos adversarios. No en vano, muchos años después, algunos veteranos argentinos recordaban que “el inglés peleaba con decoro, pero el criollo con amor a su tierra”.

Las consecuencias de aquel episodio fueron profundas. La victoria de 1806 fortaleció la idea de que Buenos Aires podía valerse por sí misma. Se multiplicaron los cuerpos milicianos, las asambleas y los debates sobre cómo debía organizarse la defensa. Los criollos, que hasta entonces habían sido marginados de los altos cargos, adquirieron protagonismo político y militar. Como observó José María Rosa, “la reconquista fue la primera afirmación de un poder argentino”. No fue casual que, apenas un año después, cuando los ingleses regresaron con un ejército mucho mayor, la ciudad estuviera lista para resistirlos con una organización y un espíritu que ya no dependían del virrey ni de la corona.

Más allá del heroísmo, la invasión de 1806 revela la fragilidad del dominio español y la madurez creciente de la sociedad porteña. La administración colonial, rígida y centralista, no supo responder a un desafío que requería iniciativa local. En cambio, la población, al improvisar su defensa, descubrió su capacidad de autogobierno. Esa experiencia sería decisiva en los años posteriores, cuando la crisis de la monarquía española y las ideas de soberanía popular confluyeran en la Revolución de Mayo.

El episodio también ofrece una ironía histórica: los mismos británicos que fracasaron en imponer su bandera en 1806 serían, décadas después, los grandes beneficiarios de la apertura económica impulsada por la independencia. No fue necesario conquistar Buenos Aires con cañones; bastó el libre comercio y la deuda externa. Pero en aquel invierno de 1806, los vecinos de la ciudad todavía no imaginaban ese desenlace. Solo sabían que un ejército extranjero había ocupado su plaza, y que no estaban dispuestos a tolerarlo. La reconquista de Buenos Aires fue, por tanto, más que un acto de defensa: fue un despertar político.

Al expulsar a los invasores, el pueblo porteño se reconoció como sujeto de su propio destino. Esa conciencia, aún embrionaria, pero irreversible, marcó el inicio de un proceso que culminaría con la ruptura del vínculo colonial. No fue casual que muchos de los protagonistas de 1806 ocuparan luego un lugar central en 1810.

Y, sin embargo, la historia no terminó allí. Mientras la ciudad celebraba su victoria, en Londres se preparaba una segunda expedición, más numerosa y mejor equipada. Los británicos, lejos de resignarse, regresaron con el propósito de vengar su derrota y asegurar, esta vez sí, un control duradero sobre el Río de la Plata. La pregunta que quedaba abierta, en el aire húmedo de agosto, era si Buenos Aires, ese pueblo que acababa de vencer al Imperio, podría resistir una nueva embestida. La respuesta llegaría, un año más tarde, en 1807, pero esa ya es otra historia.

 

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