MIéRCOLES, 03 DE JUN.

Rosario Sin Secretos: algunos días después de un DNIE que acaba de cumplir 295 años y la necesidad de vivir en “modo publicano”

Todos conocemos el significado del DNI en Argentina como instrumento legal personal, único e intransferible. Nos tomamos la licencia literaria de agregarle la letra E y convertir la sigla en “Documento Nacional de Identidad Espiritual” para narrar algo más de nuestra propia historia.

Hubo un tiempo en el que, sin dudas, se necesitó de “pasto espiritual” y fue entonces que se produjo la designación de un pastor para este rebaño de fieles e infieles que crecía y se multiplicaba aleatoria y desordenadamente alrededor de una capilla en el Pago de los Arroyos.

Una historia que en el año 2030 estará cumpliendo su Tricentenario y es menester estar a la altura espiritual de las consignas soberanas de sus orígenes.

En una sociedad rosarina hiper estimulada por los mensajes de toda índole, desde las más diversas y tecnológicas plataformas, con tantos frentes informativos abiertos, desinformativos algunos y deformativos otros, la fecha en cuestión pasó sin pena ni gloria para la gran mayoría.

Una vez más, lo urgente nos ha quitado de vista lo importante, que es aquello que nos antecede, de quienes descendemos, lo ancestral, los orígenes que forman parte de nuestro ADN, las mixturas que luego sobrevendrían, los genes que contribuyeron a ser quienes somos y cómo somos en esta multitudinaria tribu humana y urbana que compartimos cada día.

El 23 de octubre de 1730 se firmaba el DNIE de la creación de dos Curatos que nacieron por estos lares, dándole luz espiritual a dos ciudades que no tuvieron fecha de fundación ni fundador interesado en leer un bando de la Corona Española de la que dependíamos por entonces: Rosario de Santa Fe, en Santa Fe de la Vera Cruz, y Bajada de Paraná, en Entre Ríos.

Paraná y Rosario, hermanas de alma en origen, pero con varios años de adelanto burocrático de la localidad entrerriana sobre la nuestra, ya que fue designada “Villa” en 1813 y “Ciudad” en 1826, 10 y 26 años, respectivamente, antes que nosotros.

La efeméride se cumplió en medio de la vorágine ciudadana que no escatimó una inusual movilización: un casco histórico convulsionado y caótico por cortes de calles debidos, en parte, por la presencia de adláteres de la figura presidencial y la gran mayoría del gabinete nacional acompañando a sus candidatos para las elecciones legislativas de medio término. Por otro lado, un gobernador y un intendente en cierre de campaña, sin ser candidatos a nada, al menos en lo inmediato, en la zona en la que alguna vez estuvieron los maderos que fueron la materia prima y contribuyeron a crear la Estación Francesa de Trenes, profusas venas férreas de un transporte que, en épocas gloriosas de desarrollo vial, intercomunicó al país. El oeste también tuvo su multitudinaria asamblea encabezada por una concejala santafesina que, seguramente cuando se publique esta Columna, ya será diputada nacional electa.

En medio de todo eso, y con el recuerdo latente de aquel enero de 1725, cuando -según consta en el Libro 12 de la Novísima Recopilación de las Leyes de Indias, Ley 2, título 35-, Francisco de Frías fue designado primer Alcalde de la Santa Hermandad, quien, a pesar de haber actuado ad honorem (por el honor de hacerlo) en varios períodos, fue enterrado de limosna, nos asombra que ninguno de los representantes de los distintos estamentos gubernamentales hicieran mención a la trascendental fecha que se cumplía el 23 de octubre en el Rosario de la Santa Fe de la Vera Cruz.

Ahora bien, ¿realmente debería sorprendernos? Si pensamos que hasta el mismo nombre del pasaje en la nomenclatura rosarina, Gobernador y Capitán General del Río de la Plata, Bruno Mauricio de Zabala, que fue quien firmó la orden peticionando al Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, la creación, entre otros, de ambos Curatos, fue sustituido por el de un poeta, valioso seguramente, pero contemporáneo, nos sentimos, cuanto menos, interpelados acerca de nuestro compromiso con quienes tuvieron probada injerencia y responsabilidad para que hoy estemos donde estamos y tengamos lo que tenemos.

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Para referirse al primer alcalde que, lejos de tener despacho y secretaria, estaba en el medio de la nada misma, Gabriel Carrasco, el hijo de Eudoro (autor del escudo de Rosario que esta administración del Tricentenario adoptó como logo y sello de gestión) escribió en 1897: “Morir pobrísimo y ser enterrado de limosna, habiendo recibido todos los auxilios de la religión, después de desempeñar la más alta autoridad de su territorio, es una prueba de honradez y de piedad que nos complacemos en señalar a la gratitud en su posteridad”.

Y ¿por qué de la Santa Hermandad? Porque con esa designación se resumía el principal precepto cristiano que invita a la más fraternal de las acciones: “amaos los unos a los otros”.

La foja 37 del libro de entierros Nº 1 de la parroquia registra que fue sepultado el 30 de octubre de 1748. En tres días más, el jueves próximo, se cumplirán 277 años del infausto suceso. Nos encantaría anunciar que ya se ha organizado un homenaje a su memoria. Nobleza, tradición y reconocimiento a nuestros orígenes, al menos, lo amerita.

No tenemos fundador ni fecha de fundación, pero ¡nacimos!

Por obra y gracia de la Providencia y de una fe inquebrantable y una esperanza sin par (ahora hay quienes lo llaman resiliencia), que se convirtieron en trabajo fecundo y próspero para dejar un legado muchas veces olvidado y otras tantas, ocultado.

Nunca más oportunas las palabras de la homilía pronunciada en la Catedral por el vicario del Arzobispado de nuestra Arquidiócesis, Emilio Cardarelli, en ocasión de la misa en acción de gracias por la inminente inauguración de las obras del “Tricentenario” en el casco histórico.

Lo haremos justo en este día cuando la Palabra de Dios nos presenta dos modos de celebración: podemos “auto-celebrarnos” o celebrar a Dios…

En una parábola de “batalla”, hoy Jesús tiene la audacia de informar que orar puede ser peligroso, incluso puede separarnos de Dios, hacernos «ateos», adoradores de ídolos.

El fariseo ora, celebra, pero está dirigido a sí mismo; conoce las reglas, comienza con las palabras correctas «oh Dios, te doy gracias», pero luego derrapa mal, no bendice a Dios por sus obras, sino que se jacta de las suyas: yo oro, yo ayuno, yo pago, yo estoy en regla.

¿No nos puede pasar lo mismo cuando insistimos en que Rosario se hizo a sí misma, que es hija de su propio esfuerzo? Podemos olvidarnos que nuestro hacer, nuestro esfuerzo, fue y es corresponder a la gracia de Dios que en Su Providencia quiso que Nuestra Señora del Rosario de Rosario, presente en una humilde capilla que custodiaba su bendita imagen, generara a su alrededor, una villa “ilustre y fiel” que hoy, aún con sus dramáticos contrastes, es nuestra pujante ciudad, que se honra con su nombre y la reconoce como su Fundadora y Patrona.

Autocelebrarnos significa que hemos olvidado lo que dice el salmista: “Si el Señor no edifica la casa en vano trabaja el obrero; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela” (127,1)

Autocelebrarnos sin referencia a Dios y a su Bendita Madre puede hacernos olvidar que Ella, como decimos en la oración compuesta en 2023 por los 250 años de su imagen, “siempre ha estado en nuestra historia” haciendo presente los rasgos maternales del amor de Dios.

Pero, volvamos a la parábola: para el alma bella del fariseo, básicamente Dios no hace más que un trabajo burocrático: registra, toma nota y aprueba. Con esa imagen de Dios y una oración que corresponde a esa imagen distorsionada (se ora según se cree), el hombre se fue de vuelta a su casa con un pecado más, en realidad confirmado y legitimado en su corazón y ojo enfermos.

En vez de eso, el publicano en el fondo del templo, se detuvo a la distancia, golpeaba su pecho diciendo: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador». Una pequeña palabra lo cambia todo y hace realidad la oración del publicano: «tú», «Señor, ten piedad».

Hoy necesitamos orar a Dios en “modo publicano” para que Él nos recree, nos “justifique”, nos dé su gracia ¿Qué gracia esperamos de Él para nuestra ciudad? Como lo expresó nuestro Arzobispo, Mons. Eduardo Martín en su oración de la mañana del pasado 7 de octubre, “necesitamos su auxilio y fortaleza para que en nuestra ciudad todos tengan acceso a una educación abierta a la trascendencia y que forme honestos ciudadanos, para que se generen fuentes de trabajo de modo que todos puedan vivir con la dignidad propia de tus hijos, para que seamos capaces de vivir la caridad política como expresión de amor a los ciudadanos que se hace concreto en la construcción del bien común de la sociedad, para que logremos un sistema financiero inclusivo, que esté al servicio del trabajo y de la producción, para que el deporte sea expresión de la cultura del encuentro, para que las artes reflejen su belleza y armonía, para que el entretenimiento sea practicado de forma legítima y sensata, de modo que nos edifique, y nos sea de provecho, para que la vida nocturna sea saludable para los jóvenes y esté centrada en actividades que fomenten la conexión social, el bienestar físico y mental, y el desarrollo personal, sin depender del consumo de alcohol u otras sustancias”.

La parábola de hoy nos muestra la gramática de la oración. Las reglas son simples y se aplican a todos. Son las reglas de la vida.

Primera regla: si pones «yo» en el centro, ninguna relación funcionará. Ni en el matrimonio, ni con los hijos ni con los amigos, ni en la convivencia ciudadana y mucho menos con Dios. Nuestra vida y nuestra oración avanzan por el mismo camino profundo: la búsqueda sin nunca rendirse de alguien (un amor, un sueño, Dios) tan importante que el tú está antes del yo.

La segunda regla: se ora, no para recibir, sino para ser transformado. Los fariseos no quieren cambiar, no lo necesitan, ellos están bien, los otros están equivocados, y tal vez incluso Dios un poco. El publicano por otro lado no está satisfecho con su vida, y espera y quisiera poder cambiarla, tal vez mañana, tal vez sólo de a poquito. Y se convierte en un mendigo con toda su corporeidad: corazón manos y voz: golpea su pecho con sus manos y deja salir palabras de súplica al Dios del cielo.

El publicano regresó a casa transformado, no porque fuera más honesto o más humilde que el fariseo sino porque se abrió- como una puerta que se abre para dejar pasar el sol – a Dios que entra en él, con su amor que es su única omnipotencia.

Que como en minutos se abrirán las puertas de esta Catedral y del Palacio de los Leones, así se abran los corazones de los rosarinos al amor de Dios y a la ternura de Nuestra Señora del Rosario”.

Los espíritus sensibles advirtieron que, seguramente, con esa vehemencia e inquebrantable fe, se manifestaron aquellos párrocos como el primero designado, Ambrosio de Alzugarai (así como Garai o Godoi se escribía originalmente el nombre de estos vascos tozudos que se empeñaron en dar de sí su mejor versión en esta tierra en la que tanto sembraron) o como Julián Navarro, quien el 27 de Febrero de 1812 tuvo el honor de bendecir la primera Bandera argentina creada por Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano en la alta barranca de las ceibas, de la que somos orgullosa Cuna.

Los mismos espíritus sensibles que, el sábado por la noche, mientras se empezaba a armar una nueva y abigarrada Noche de Peatonales, elevaron su vista al Cielo y creyeron ver, en la aparición y aspecto de la Luna en cuarto creciente, inamovible testigo de mucho más de 300 años, la sonrisa eterna de la madre de Jesús, María, Patrona y Fundadora, de esta ciudad que habitamos y nos habita.

Mientras un dron de última tecnología de la oficina de prensa de la Municipalidad tomaba desde el aire esta imagen que nos enviara Adrián D’Alessandro, María Laura Mariuzi, a quien también agradecemos, captó otra mirando al Cielo.

Dos miradas, dos enfoques, tierra y cielo, conformando una sola unidad para la Humanidad.

En nuestra portada, y extraída de una exquisita nota de Jorge Tomasini Freyre publicada en la desaparecida revista Rosario, Su Historia y Región, la imagen tallada que hoy se custodia y honra en el Instituto Cristo Rey de Roldán, que muchos sostienen estuvo dando fuerza espiritual a este pueblo en constante crecimiento, desde mucho antes de 1773, año en el que llegó al Rosario, desde Cádiz, la imagen que hoy podemos encontrar en la Catedral, pedida por el párroco Francisco Cossio y Therán y adquirida por suscripción popular.

Una vez más, la Providencia nos muestra mensajes de la historia… Cuando se firmó la creación del Curato en 1730 se cumplían 35 años y un día del aniversario de la muerte de don Luis Romero de Pineda, ancestro directo del primer cura párroco designado como pastor del rebaño de almas que necesitaban el imprescindible “pasto espiritual”, para crecer, multiplicarse, desarrollarse y progresar en estos más de tres siglos de historia.

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