SáBADO, 18 DE JUL.

Rosario Sin Secretos: con bombos y platillos, recibimos a Bartolomé Mitre en 1863

El entonces presidente del país había llegado al muelle de nuestro incipiente puerto para estar presente en la iniciación de los trabajos del Ferrocarril Central Argentino. Fue una recepción apoteósica con salvas de artillería y acordes de bullangueras bandas incluidas.

Faltaban aún cuatro años para que Eudoro Carrasco, el autor del escudo que nos identifica como ciudad, le facilitara a Ovidio Lagos -su compañero tipógrafo de los tiempos porteños del Periódico Oficial de Pedro de Ángelis- para fundar, en sociedad, el Diario La Capital, con la imprenta que había traído al Rosario con su compadre y amigo, Bernardo de Irigoyen.

Sí, Bernardo Fermín Matías José María de los Dolores de Irigoyen, el ministro de Relaciones Exteriores de Nicolás Avellaneda que impidió con su encendida alocución y contundente argumentación, que un barco inglés, ya apostado frente a nuestras riberas, bombardeara Rosario, por “sugerencia” a la corona británica de un parlamentario que casi 30 años después llegó a ser presidente de los argentinos, Manuel Quintana.

Y no fue una, sino dos veces las que Quintana recomendó bombardear Rosario. Primero cuando al gobernador santafesino Servando Florencio Bayo se le ocurrió crear el Banco de la Provincia, para defender la soberanía económica y terminar con el monopolio imperialista del Banco de Londres y Río de la Plata que había sentado sus reales en nuestro país, siendo los únicos autorizados para emitir papel y moneda nacional.

Bayo, conocido por su honestidad, austeridad y transparencia, buscó proteger los intereses argentinos y nacionalizar el crédito, ordenando el cierre de la sucursal británica y la detención de su gerente alemán, “herr” Bahn, determinando que los únicos billetes válidos eran los emitidos a nivel nacional y provincial.

Quintana, asesor legal porteño del Banco de Londres, de familia aristocrática y elitista, viajó al Reino Unido para “aconsejar” se dirimiera el conflicto suscitado bombardeando la ciudad.

Así, el barco cañonero HMS Beacon, surto en Montevideo, recibió la orden de desplazarse hasta nuestras costas, y “hacer desaparecer Rosario” con un bombardeo desde el río Paraná en 1876, dos años después de creado el Banco Provincial en el que Carlos Casado del Alisal ocupó el cargo de primer director, y uno después que el alemán Jhoannes Schreiber diseñara la litografía que engalana nuestra portada y cuyo original adquiriera el año pasado para incrementar el patrimonio del Museo Histórico Provincial Dr. “Julio Marc”, su Asociación de Amigos.

El inefable Wladimir Mikilievich debe haber sonreído desde el cielo porque fue uno de sus más apasionados reclamos: la recuperación de la litografía del discípulo de Emilio Eduardo Fleuty.

La segunda amenaza de bombardeo fue cuando obligó a la rendición del último bastión argentino de la revolución Radical, en Rosario, que lo tuvo a Leandro N. Alem como líder.

Por esas contradicciones que tiene la historia, Quintana tiene su calle en la zona sur, mientras que ni siquiera un pasaje se ha nomenclado “Bernardo de Irigoyen”.

Tal vez sea la hora de mutar uno por otro, reivindicando la historia y la memoria, ¿verdad?

Volviendo al 19 de abril de 1863, ciento sesenta y tres años atrás, el presidente Bartolomé Mitre y su comitiva de ministros y funcionarios, arribaron al muelle que más o menos se veía así:

Comenzaban las obras de mayor manifestación del progreso en una nación, la construcción de sus “venas férreas”, y era las primeras en realizarse en el interior del país.

Hacía un poco más de una década que Justo José de Urquiza le había pedido al gobernador Crespo, declarara a Rosario como “Ciudad”, cumpliendo un pedido de Nicasio Oroño que llevaba “a buen puerto” un sueño porque el que hacía rato se estaba bregando.

No fue sencillo, nada fue fácil para Rosario. Apenas si habíamos conseguido que en 1823 el brigadier Estanislao López nos declarara “Ilustre y Fiel Villa”.

En esa época no se precisaba tener 10.000 habitantes como dispone hoy la reglamentación urbana. Eran decisiones políticas…

Pero ya perfilábamos para ser el centro progresista económico, cultural y social por antonomasia, e íbamos por más. Eudoro Carrasco lo había dicho en sus imprescindibles Anales de Rosario: “La población entera, a pie, a caballo, en carruajes, habíase dado cita para ser testigo de la obra del progreso más importante de su historia”.

Después de grandes manifestaciones de alto júbilo rosarino durante el recibimiento en el muelle, Mitre y su comitiva pernoctaron en el Rosario, adoraríamos saber dónde, hasta el día siguiente.

Ya comenzaba a rodar una historia “sobre rieles”.

(Continuará mañana)

Últimas Noticias