JUEVES, 04 DE JUN.

La última oportunidad de Gustavo Petro

El Presidente de Colombia atraviesa la última etapa de su gobierno con la necesidad de construir legado y posibilitar una sucesión, obstaculizado por el Congreso, los partidos tradicionales y sectores de su propio gobierno.

 

En agosto de 2022, Gustavo Petro asumió la Presidencia de Colombia dando inicio al primer gobierno de izquierda en la historia de ese país. Protagonista de una historia que incluyó militancia en la guerrilla urbana M-19, candidaturas presidenciales, mandatos como alcalde inconclusos y la llegada a la Casa de Nariño, Petro entendió que su elección como Presidente era un mandato del pueblo colombiano para encarar un proceso de cambio radical. Ese proceso tenía dos patas: por un lado, la Paz Total, en un país que ya cuenta más 5 décadas de conflicto interno entre el Estado y las organizaciones irregulares (agrupando bajo este concepto a las guerrillas y a los sectores paramilitares de la derecha); y por otro lado las reformas aglutinadas en su Plan Nacional de Desarrollo. Primero, bajar las armas. Luego, las conquistas sociales. Un pueblo desangrado por la guerra entre compatriotas no puede ir por la conquista de sus derechos. Para ‘vivir sabroso’, como decía la Vicepresidenta Francia Márquez, primero hay que vivir.

La agenda y la propia voluntad de Petro de viabilizar estos cambios se toparon con la realidad rápidamente. El proceso de negociación con los grupos armados fue saboteado por diversos actores y la Paz Total dejó de ser agenda para volver a ser utopía, mientras que las reformas sociales encontraron los mil y un obstáculos en el Congreso, sede de los poderes fácticos de Colombia que, por primera vez en más de 200 años de historia, vieron amenazados sus intereses.

Mientras el 2023 fue el año en el que la paz total volvió a foja cero, Petro intentó desde el 2024 impulsar las reformas sociales que había prometido. Sabiendo que no podría gobernar solo con la izquierda, el Presidente tejió una alianza con partidos tradicionales, acostumbrados a tener las palancas del poder en Colombia, para hacer realidad sus ideas.

Tras 15 meses de trámite legislativo, en abril de 2024 el Congreso rechazó la reforma de salud que implicaba, entre otras cosas, eliminar la intermediación de las Entidades Promotoras de Salud (EPS) para que el dinero pasara directamente del Estado a las clínicas y hospitales. El gobierno cayó en la trampa de los partidos-Estado y sus patrocinadores, que veían sus negocios en peligro, y el año y medio de rosca y acuerdos no sirvieron de nada. La caída de la reforma sanitaria fue una muestra fiel de cómo sería el vínculo entre los poderes del Estado.

Cada golpe legislativo que sufría el Gobierno Petro -como dicen allá- era respondido con un cambio de estrategia. Si no me votan las reformas, encontrarán al pueblo en la calle. Vamos a llamar a una Asamblea Constituyente. Vamos a apoyar las huelgas de las centrales sindicales y las organizaciones indígenas. Nada de esto destrabó el impasse.

El último capítulo de esta historia fue el rechazo en el Senado, esta misma semana, de la consulta popular que Petro quiso convocar para el voto directo sobre la reforma laboral. El 1 de mayo, desenfundando la Espada de Bolívar, el Presidente sostuvo que ante las negativas del Congreso iba a apelar directamente a la gente para concretar sus promesas. Ya pasaron 3 años de su mandato y, dado que no hay reelección, la continuidad del proyecto político depende de conquistas que sirvan como legado y piso para construcciones futuras y que permita, asimismo, impulsar a un sucesor o sucesora.

Sin embargo, el Legislativo volvió a darle la espalda, a desarmar los acuerdos, y los partidos aliados dieron de baja la consulta popular pero sin cajonear el proyecto, en un intento oportunista de apropiarse de las iniciativas del Presidente. Ahora, la reforma laboral no será tema de campaña, como Petro quería, sino que vuelve a discutirse en los pasillos del mismo Congreso que tantas veces le tumbó sus reformas. Una muestra más de que vale más anotarse un poroto propio que aportar a un proyecto colectivo. Con amigos así, ¿para qué necesitas enemigos?

Aún no se sabe cuál será la respuesta del Presidente ante esta nueva derrota táctica. Lo que sí sabemos es que ya queda menos de un año para las próximas elecciones y, si nos basamos en su estilo de conducción, Petro intentará algo más para viabilizar sus propuestas. Patear el tablero no está descartado.

La llegada del Pacto Histórico al poder en Colombia fue la principal novedad de la segunda ola de gobiernos progresistas en América Latina, mucho más débil que la primera. Lo sucedido en aquel país en estos años es una muestra del pantano en el que caminan los gobiernos populares de América Latina. El poder real no permite avanzar, las coaliciones no son funcionales, y cualquier intento de shock es acusado de chavismo tardío. Esto sumado a los errores propios, las peleas internas y Donald Trump en la Casa Blanca tirando dardos arancelarios y aviones llenos de deportados, se traduce en una impotencia constante para viabilizar políticas progresivas.

¿Hubo impericia, exceso de voluntad o Petro fue víctima de un persistente sabotaje? ¿Se puede hoy pensar en un gobierno que posibilite conquistas para las mayorías, o en el momento actual lo único que avanzan son los proyectos conservadores y la pérdida de derechos? La historia de Colombia es la historia de un pueblo que aún baila e insiste en contagiar alegría a pesar de matarse entre sí hace medio siglo. Su presidente tiene la última chance de escribir un pedazo de esa historia, aunque sea más chico de lo que quiso en un primer momento. Al fin y al cabo, José Mujica se fue esta semana insistiendo en que todos somos pasajeros y le tocará a los que vienen después continuar peleando.

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