LUNES, 20 DE JUL.

Soberanía por estabilidad cambiaria, un negocio redondo

¿Cuánto cuesta el salvavidas que Trump le tiró a Milei?. Los modelos de la dependencia y el pecado original de convertir a la Argentina en una mesa de dinero gigante con 47 millones de personas adentro.

 

El experimento libertario que hoy gobierna la República Argentina presenta muchas excentricidades. La autoproclamación como “el mejor gobierno de la historia” que presenta como un logro haber realizado un ajuste inédito, también se enmarca en los falsos éxitos como haber sacado a 12 millones de compatriotas de la pobreza, un hecho incompatible con haber perdido una elección en el distrito más importante del país por casi 15 puntos de diferencia.

Sin embargo, si hay que hablar de hechos inéditos y de experimentos, la política exterior que este gobierno lleva adelante es uno de los más notorios. Algo que saltó a la primera plana con el rescate financiero que Javier Milei fue a pedirle a Donald Trump, en una dolorosa muestra de pérdida de dignidad que apunta a mantener el esquema cambiario ideado por Luis Caputo, el “Messi de las Finanzas”, a quien Milei defenestraba cuando desfilaba por la tele.

El posicionamiento internacional del gobierno argentino comienza a generar peligros estructurales en el mediano y largo plazo para los intereses del país. No es algo que no haya sido advertido. En la campaña electoral del 2023, Milei dijo muy claramente que Argentina tomaría una postura de alineamiento con Estados Unidos e Israel. Punto. No se sabía qué significaba eso en términos concretos.

Es bien cierto que el Presidente heredó el mayor problema que tiene hoy el país en materia internacional, sintetizados en restricción externa y endeudamiento. Sin embargo, en este año y medio se generaron las condiciones para que la tutela del Fondo Monetario Internacional ahora también esté cedida a la Casa Blanca y los Departamentos de Estado y del Tesoro en Washington. El alineamiento ahora empieza a tener contornos más visibles.

El triunfo electoral de Trump a fines de 2024 fue ampliamente festejado por el gobierno argentino. Era difícil entender por qué, más allá de alguna cercanía ideológica y el regocijo tilingo de los tuiteros libertarios. El único beneficio que nuestro país tuvo a partir de alinearse tan indignamente a los intereses de Estados Unidos fueron las invitaciones que Milei recibió para hacer de presentador de Elon Musk y dos o tres fotitos para que festeje la legión tuitera. No mucho más. El arancelazo que Trump impuso a la gran mayoría de los países del mundo desde abril no perdonó a la Argentina, sobre la cual rigen las tarifas en sus exportaciones de acero y aluminio a los Estados Unidos. Las insistentes reverencias y las innumerables visitas al país del norte sirvieron de poco.

Tenemos que llegar hasta esta semana para ver un beneficio concreto de ese alineamiento total. El tema es que el beneficio -traducido en el famoso endorsement y el tuit encuadernado- es únicamente para Milei, Caputo y los especuladores que hoy conducen la política económica de la Argentina. El gobierno estadounidense evalúa una serie de medidas para ayudar a nuestro país en materia financiera con el objetivo de que Milei se fortalezca políticamente a partir de una buena elección el próximo mes. Esto fue dicho explícitamente por Trump, quien deslizó que Milei se jugaba la reelección en octubre. Parece que también el neoyorquino dicta cuándo arranca la campaña.

Trump también es otro que muestra particularidades, por ser benévolo con la palabra. Por citar un ejemplo, en febrero humilló al Presidente ucraniano Volodimir Zelensky para entablar una negociación directa con Vladimir Putin con vistas a terminar la guerra en Ucrania. Hace un mes y medio, ambos se reunieron en Alaska, en el auge de ese nuevo vínculo. 40 días más tarde, Trump llamó al Ejército ruso un “tigre de papel” y sostiene que Ucrania ahora sí podría ganar la guerra, e incluso recuperar territorio que hoy está controlado por los rusos. Ciclotimia geopolítica e incertidumbre total.

Pero a no confundirse. Estados Unidos tiene bien claros cuáles son sus objetivos en América Latina -que no es Rusia ni está separada por un océano-, y todo indica que están dispuestos a apretar las clavijas sobre nuestra región con el objetivo de garantizar su influencia y cerrar los espacios para el desarrollo de vínculos con otros actores, más concretamente China. Esto tiene innumerables muestras, y Argentina -obviamente- no es la excepción.

Aún no se sabe qué solicitará el gobierno de Trump a cambio de rescatar financieramente al gobierno de Milei. Sí podemos deducir que, por las declaraciones de ciertos actores importantes como los responsables del Comando Sur del Ejército estadounidense o el candidato a embajador en nuestro país, los recursos naturales y la posición estratégica en el Atlántico Sur son dos de los puntos claves que el Departamento de Estado tiene en carpeta para ejercer su control.

 

Permítanme en este momento apoyarme un poco en la teoría, solo por un rato, para explicar la particularidad del momento que vive nuestro país. El abogado y diplomático Juan Carlos Puig desarrolló en su teoría de la autonomía una serie de conceptos para explicar la política exterior de los países periféricos como el nuestro. En este sentido, Argentina se movió durante gran parte de su existencia como país entre la “dependencia nacional” y la “autonomía heterodoxa”.

En pocas palabras, la dependencia nacional da cuenta de un país que tiene un proyecto nacional propio, pero que se encuentra limitado por los intereses estratégicos de la potencia dominante, a quien no busca desafiar ni contradecir. Es una racionalización de la dependencia, que tiene sus consecuencias sociales, políticas y culturales. La autonomía heterodoxa, por su parte, explica una situación en la que el país busca maximizar sus niveles de autonomía, intentando no confrontar con la potencia en temas estratégicos pero tampoco tomando como propias las prerrogativas e intereses del poder hegemónico. Se negocia con la potencia, si se puede se actúa de forma autónoma, y se intenta disminuir la asimetría de poder en el vínculo. La política exterior del peronismo es la que se vincula usualmente a este modelo.

A fines del siglo XIX y durante el menemismo, Argentina se acercó al modelo de dependencia nacional, por razones que no vamos a desarrollar aquí. Sin embargo, el gobierno de Milei parece ir más allá y generar las condiciones para acercarse peligrosamente a la primera categoría que Puig desarrolló en su obra: la “dependencia paracolonial”, en la cual un país toma acríticamente los intereses de la potencia, y ni siquiera le interesa construir un proyecto de país propio. Es formalmente un Estado soberano, pero no conserva -ni parece interesarle conservar- márgenes de libertad de acción. El que dicta las políticas y fija las prioridades está en otro lado.

Decíamos que Milei construye poco a poco un modelo paracolonial partiendo de una situación política y económica compleja que heredó de gobiernos anteriores. Y acá es importante remarcar -fundamentalmente para tener en claro quiénes son los protagonistas- que las condiciones actuales que vive Argentina hoy son consecuencia de jugar a la timba con el país y convertirlo en una mesa de dinero, que pone el foco en los esquemas financieros regidos por el factor especulativo a costas de la economía productiva.

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