MARTES, 21 DE JUL.

Rosario Sin Secretos: el primer “ñoqui” que recibió una valiosa prebenda del Estado

La cesión, hace 336 años, del vasto Pago de los Arroyos a Luis Romero de Pineda no se firmó aquí, sino en los Buenos Ayres. La toma de posesión, en el paraje del Saladillo, se produjo cuatro meses después, el 27 de diciembre de 1689, ante el Alguacil Agustín Gómez Recio de Villagrán, y actuando como testigos Pascual Arce, Juan Montero e Ignacio Bustamante.

 

En un valiosísimo y minucioso trabajo de investigación genealógica consultando actas, documentos, escrituras, testamentos, protocolos y materiales de archivo, Sebastián Alonso y María Margarita Guspí Terán, nos recordaban que el capitán general de las Provincias del Río de la Plata, de origen nobiliario, José de Herrera y Sotomayor, firmaba la escritura de cesión a don Luis Romero de Pineda, de todas las tierras vacantes que darían origen a esta ciudad, un día como hoy, en 1689.

De esto también se ocuparon oportunamente, entre otros, con igual responsabilidad y sistematización, tanto Eudoro Carrasco y su hijo Gabriel, como el investigador Augusto Fernández Díaz, en trabajos dignos de los mayores encomios, y que recomendamos vivamente para conocer más profundamente nuestros orígenes, especialmente en este Tricentenario tan controvertido para muchos historiadores.

Puede parecer irreverente el título de esta columna, pero no podemos evitar reconocer el ingenio popular que señala al “29” como el número de los “ñoquis”, identificando a aquellos “empleados estatales” que sólo se presentan los días 29 a retirar su sueldo, sin haber concurrido durante el resto del mes a ocuparse de las tareas para los que fueron designados.

Lo utilizamos a guisa de mnemotecnia porque fue un 29, en agosto de 1689, cuando se firmó el documento oficial que legalizaba la posesión de estas tierras, para el “primer poblador”, en calidad de merced, por los servicios prestados a Su Majestad, el Rey de España, que de él dependíamos por entonces desde que Cristóforo Colombo se topó con el continente americano, en su búsqueda de la ruta de la seda y las especias que lo conduciría a las Indias.

A tal punto creyó el almirante genovés que había logrado su objetivo que la tripulación de las carabelas no dudó en llamar indios a los aborígenes (ab-origen, desde el origen) y el pobre y osado navegante se murió sin enterarse que había “descubierto” un nuevo continente.

Volviendo a nuestros pagos, no ponemos en duda que Luis Romero de Pineda haya ha hecho lo suficiente como para merecer la generosa merced de la Corona Española, y hasta nos animamos a imaginarlo en una bucólica escena, digna del inicio de una obra teatral histórica:

(Juana y Francisca, las dos hijas de Luis Romero de Pineda conversan, animadamente, en el patio del Oratorio de la Concepción. Se escucha el trinar de pájaros).

Juana: Miradle, hermana! Miradle! Si parece un crío con un juguete nuevo! No lo creeís así, Francisca?

Francisca: También! ¿Cuánto hace ya que está insistiendo con eso, Juana?

Juana: Sí, ¡desde aquellos servicios que prestó a don Bartolomé Diez de Andino, en Santa Fe!

 

Francisca: ¡Y cuando ayudó a trasladar desde Cayastá hasta su nuevo emplazamiento a Santa Fe de la Vera Cruz! Sin dudas que nuestro padre ha sabido ser de mucha utilidad tanto para las autoridades del Cabildo como para la Corona.

Juana: Disimula, disimula, que ya viene hacia nosotras… ¡Qué bien se os ve, padre!

Luis: Gran gusto me da veros juntas, hijas! Permitidme que propicie esta ocasión y os lea esta gloriosa misiva que recibí del gobernador general y capitán de las provincias del Río de la Plata, don José de Herrera y Sotomayor, en la que se complace en concederme esta merced real “para el ilustre capitán de caballos, sus hijos y descendientes, por sus méritos y servicios, y por ser hijo, nieto y bisnieto de los primeros conquistadores y pobladores de estas tierras de los Buenos Ayres, y así mismo por ser noble y casado con mujer de igual calidad».

Podéis estar muy orgullosas de vuestro padre, y también de vuestra madre, doña Antonia Alvarez de la Vega, hijas mías. Como yo lo estoy de ustedes y de los dignos caballeros que habéis tomado por esposos, Cristóbal González Recio y Domingo Gómez Recio”.

Claro que todo esto es imaginación pura, primero que nada porque no consta en ningún lado que la familia haya vivido aquí en esa época, por la vastedad y soledad de estas llanuras y los peligros que significaban un lugar tan desolado y hostil, en el que todas las tierras eran fiscales y “a nadie pertenecían”. Eso sí, siempre y cuando no tengamos en cuenta a los pueblos originarios, ¿no?

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Así, en el amplio territorio que estaba entre los arroyos Salinas (hoy Ludueña) y La Matanza (hoy Pavón), con límites que se completaban con el Paraná, por un lado, y hasta donde alcanzara la vista por el otro, arrancó Rosario siendo un enorme Pago de los Arroyos que en 1721 fue dividido cuando los Cabildos de Santa Fe y Buenos Aires se pusieron de acuerdo y designaron el Arroyo del Medio -¡qué creativa practicidad para denominarlo!- como límite jurisdiccional entre ambas provincias.

Pero Romero de Pineda no estaba solo. Había conformado un equipo-nadie se salva solo- de unos cuantos vaqueanos que se encargaban de cazar para él todo el ganado cimarrón y montaraz que pacía por las llanuras y deambulaba salvaje por el ancho y continuo paisaje. Una vez cazados, le sacaban el cuero, para que se seque al sol y pudiera comercializarlo, y también le extraían la grasa y la lengua. Había tanto, pero tanto animal suelto, que el resto de lo carneado quedaba expuesto en los anchurosos campos como alimento de otros animales, también salvajes.

Vendría luego el establecimiento de la estancia y el oratorio de la Concepción. Y a partir de allí, el comercio con otras regiones, ya sea a través de pequeñas embarcaciones que surcaban el río Paraná hacia Buenos Aires o al Paraguay, o mediante las caravanas de carretas que recorrían los tortuosos e incipientes caminos.

Juan Álvarez también escribió sobre la producción de la estancia, que contaba con frijoles, calabazas, verduras, papas y los primeros sembrados de trigo y maíz, esto sin abandonar el asado que cocían en fogata abierta a la usanza indígena.

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Las carretas que pasaban por el lugar con mercaderías le permitían adquirir para su esposa e hijas, lienzos de algodón, sedas, abanicos, así como podía procurarse libros, armas o imaginería religiosa para adornar su infaltable capilla.

La foto de la prodigiosa quebrada del Arroyo Saladillo que ilustra la portada pertenece al blogspot del inefable y querido artista plástico rosarino, Arnoldo Gualino, y está publicada en uno de los fascinantes capítulos que allí desarrolla sobre la historia de los Baños del Saladillo.

“El sur también existe”, nos diría el poeta uruguayo Mario Benedetti y cantaría el catalán Nano Serrat, y esta ciudad no es la excepción. Desde lo más remoto de su origen, a la vera del arroyo Saladillo, un día como hoy, 336 años atrás, sentaba sus reales don Luis Romero de Pineda, cuando el gobierno de entonces le entregó las tierras del Estado.

Ese mismo día, cumplía 57 años John Locke, el filósofo y médico inglés considerado el “Padre del Liberalismo Clásico” quien, influenciado por las ideas de Francis Bacon, contribuyó a la teoría del contrato social, dejando huellas en Voltaire y Rousseau, los pensadores de la ilustración francesa.

Nuevamente ¡todo tiene que ver con todo! Fue en esas lecturas las que también abrevó el creador de la Bandera blanca y celeste, nuestro máximo símbolo de soberanía, el general Manuel Belgrano, el mismo pro hombre que el 7 de febrero de 1812 cruzó con sus soldados y carretas las aguas del Saladillo -y así lo registró en su diario de Marcha, cuyo original es atesorado en el Museo de la Democracia ubicado en Santa Fe y Sarmiento- para proclamar la libertad y la independencia de España “y de toda otra dominación extranjera”.

 

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