Rosario Sin Secretos: “Piedrabuena”, el destructor que construyó historias
En estos días ha cobrado nuevamente relevancia una historia conmovedora protagonizada por seres anónimos durante más de cuatro décadas, por obra y gracia de la Providencia, ya que no se pueden entender de otra manera los milagrosos acontecimientos acaecidos.
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- May 3, 2025
Los medios, en general, se han hecho eco en los últimos años de lo ocurrido. Rescatados del ARA General Belgrano una vez y del olvido otra, los jóvenes soldados Felipe Santiago Gallo y Daniel Osvaldo Esturel, volvieron “a encontrarse” con muchos de sus pares en un mausoleo del cementerio El Salvador, descorriendo, por un momento aquel manto de neblina del que nos habla la canción compuesta en 1939 con letra de Carlos Obligado y música de José Tieri, a la que sólo una palabra debiéramos cambiar.
Ya conocemos todos el poder decretante de la palabra.
La palabra, el verbo, es acción, movimiento. Y allí, en ese párrafo de la canción, donde dice la “perdida” Perla Austral, debería sustituirse por la “querida” Perla Austral, puesto que si, ya desde la palabra la damos por perdida, jamás podrá recuperarse. ¡Teléfono para los legisladores nacionales!
Justamente en este Tricentenario del Rosario, Santo y de Jubileo, se cumplió, el 2 de febrero, el bicentenario de la única vez que Inglaterra reconoció la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas al firmar el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Argentina y el Reino Unido entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, aceptando la Independencia de nuestra país consagrada en 1816.
Luis Piedrabuena, o mejor dicho, y más completo, Miguel Luis de Piedra Buena Rodríguez, estaba acostumbrado a rescatar náufragos en las frías y bravas aguas de los mares del sur profundo.
Nacido en 1833 -el mismo año que los británicos desalojaron por imperio de la fuerza a los argentinos asentados en Malvinas bajo la autoridad del primer gobernador designado allí en 1829-, en el poblado más austral de la provincia de Buenos Aires cuando aún formaba parte de la Confederación, Carmen de Patagones, Piedrabuena consagró toda su vida para fortalecer la soberanía austral.
No es extraño entonces que el destructor Collett de la Armada de los Estados Unidos, adquirido en 1974 por el Estado argentino, y remolcado desde San Diego, California, a Puerto Belgrano por los ARA Zapiola y Sobral, participara del rescate de los sobrevivientes del ARA General Manuel Belgrano hundido por el submarino nuclear HMS Conqueror que detectó y siguió al grupo de tareas en el conflicto vivido en 1982 en Malvinas Argentinas, hasta que recibió la orden de la primera ministra británica, Margaret Hilda Roberts de Thatcher, de atacarlo, aun cuando estaba fuera del área de la exclusión.
El Destructor Collet, luego llamado Piedrabuena, había sido botado en 1943 y asignado a la base en Pearl Harbor participando de ataques aéreos en la Segunda Guerra Mundial y también en la guerra contra Corea, en 1951.
Comprado por Argentina como repuesto, tras su revisión, fue hallado apto y puesto en servicio activo, previa rehabilitación en los Talleres Generales de la Base Naval Puerto Belgrano en Punta Alta, en mayo de 1977, asignándole el nombre del insigne marino.
Al año siguiente formó parte de la Flota de Mar en el área del Estrecho de Magallanes durante la tensión mantenida con Chile en el Canal de Beagle, época en la que muchos recordarán cuando llegó para mediar en el conflicto, el representante personal del Papa Juan Pablo II, cardenal Antonio Samoré, y se firmó en Montevideo, en 1979, el Acuerdo sobre el Diferendo en la Zona Austral que evitó una inminente guerra entre los dos países sudamericanos.
Ya en 1982, el destructor Piedrabuena dio cobertura a la fuerza anfibia en la Operación Rosario para recuperar nuestras Malvinas.

En nuestra portada, la pintura del vecinalista Germán Gago, eterniza el luctuoso domingo 2 de de mayo en el paredón del destacamento de Gendarmería, en Buenos Aires (ex calle Real, por donde se cree avanzaron las tropas de Belgrano en 1812 para hacernos Cuna de la Bandera y de la Escarapela) y Rueda (el capitán encargado de la construcción de las baterías Libertad e Independencia que saliera a las afueras del pueblo, en la zona donde hoy se levanta la Plaza López, junto al comandante y capitán de Milicias de la zona Pedro Moreno, el coronel Ángel Monasterio y el alcalde Alejo Grandoli).
Eran las 4 de la tarde de aquel día cuando dos torpedos hundieron esa “ciudad viviente” sobre las olas que llevaba a 1092 hombres, el crucero ARA General Belgrano en el que murieron 323 tripulantes argentinos, y un tercer torpedo, que no alcanzó a estallar, fue disparado contra el ARA Bouchard.
Fue allí donde acudieron el ARA Gurruchaga y el buque hospital ARA Bahía Paraíso y el Piedrabuena comenzó a acercarse, en un mar agitado y hostil, al mismo punto que la aeronave Neptune de la Escuadrilla Aeronaval de Exploración, señaló, 100 kilómetros más al sur donde ocurrió el dantesco episodio de fuego y agua, y hacia donde las embravecidas olas los habían arrastrado.
Pasó un día entero hasta que fueron avistadas las primeras balsas y antes del 9 de mayo fueron rescatados 770 hombres, entre ellos el rosarino Felipe Santiago Gallo, que murió al día siguiente del hundimiento producto de las heridas sufridas en el innecesario y traicionero ataque. Estaban en una zona permitida por los tratados internacionales para permanecer en esas aguas.
El Piedrabuena fue desarmado en 1985 y borrado del registro naval por decreto, y en 1988, ya designado “blanco naval”, hundido en un ejercicio por un misil Exocet MM38 disparado por la Corbeta ARA Espora.
Siempre decimos que sólo muere lo que se olvida. Y en esta ciudad, por diversos sucesos concatenados, producto, sin dudas, de la Providencia, se destinó un sitio especial a la memoria de tantos héroes en el cementerio El Salvador, al que han dado en llamar “el pequeño Darwin”, recordando aquel lugar en el que descansan tantos héroes argentinos.
El 2 de mayo, debe ser mucho más que un “feriado puente” que, como en este caso, se sume a la recordación de los ocho mártires de Chicago, de 1886.
El cenotafio frente al Monumento Nacional a la Bandera recuerda a los 649 muertos en Malvinas. Hay un número de ex combatientes que los supera durante los últimos 43 años por traumas pos guerra. Sólo de Rosario, en 1982, murieron 13 entre los que estaban Felipe Gallo y Daniel Esturel, y ya suman 68. Muchas de sus rostros, aún falta encontrar familiares que aporten fotografías, ya “habitan” su propio mausoleo en el Paseo de los Ilustres.
La historia continúa viva en los seres que la escriben y protagonizan, como por ejemplo los hermanos y sobrinos de Felipe Gallo, su hijo Santiago y las nietas Malena y Delfina que atesoran la fotografía del joven “chispa” (así le decían a los electricistas) que entró a los 14 años a la Marina argentina y que suman, hasta ahora, en una obra colectiva en el Paseo de los Ilustres del cementerio El Salvador (ingresando por avenida Francia, alguna vez bulevar Timbúes) a 81 héroes rosarinos rescatados del olvido.



