Rosario sin secretos: todo al revés, con José Francisco, por estos lares…
Casi todas las ciudades del país tienen una calle principal llamada San Martín. La nuestra, hasta posee un atractivo tramo peatonal. Hay estatuas y monumentos en honor del Padre de la Patria, prácticamente en el mundo entero. Tenemos la fortuna, en Rosario, de disponer de la réplica de una parte del que existe en Boulogne Sur Mer, pero…
- Ciudad
- Por Graciela Molina
- Ago 19, 2025
Eran las 3 de la tarde de aquel 17 de agosto de 1850 cuando José Francisco de San Martín exhalaba su último suspiro en la residencia de su ingrato exilio en Francia. El Libertador de Argentina, Chile y Perú entraba en la Eternidad y en su testamento pedía que su corazón reposara en su país.
Ese, uno de sus últimos deseos, se cumplió, a pesar de la tenaz oposición de Bernardino Rivadavia, el mismo que comparte el complejo escultórico de la plaza 25 de Mayo, junto a José de San Martín, Mariano Moreno y Manuel Belgrano, al que le ordenó “escondiera, quemara o destruyera” la Bandera blanca y celeste creada, bendecida por el revolucionario párroco Julián Navarro y jurada en la alta barranca de las ceibas del Rosario, aquel 27 de Febrero de 1812.
Nos preguntábamos en estos días por qué no se rendía honores a la memoria de José de San Martín para honrar la historia, a las tres de la tarde, Hora de la Misericordia por otra parte, hasta que advertimos que, con el cambio horario, no estaba tan desacertado hacer el acto a las 9 de la mañana para tener el minuto de silencio a las 10, equivalente a las 15 horas, en Francia.
Cuatro palmas fueron colocadas frente a la estatua ecuestre en la plaza San Martín, que alguna vez fue la “Plaza de las Carretas”, punto de encuentro de los transportes que salían y entraban con mercaderías para dar, con el tiempo, origen al Paseo del Siglo, y a la cuna del Fernet, gracias a los hermanos originarios de Génova, Juan Bautista y Santiago Recagno.
Este monumento a San Martín, obra del francés Henri Emile Allouard, adaptado a la escala de la plaza rosarina por el escultor porteño Luis Perlotti, quien se reunía en el café Tortoni con, entre otros, Benito Quinquela Martín y Alfonsina Storni, poetisa a la que erigió su monumento en Mar del Plata, fue inaugurado en 1913 con la presencia del mismísimo presidente de la Nación de ese entonces, Roque José Antonio del Sagrado Corazón de Jesús Sáenz Peña Lahitte.
Más conocido como Roque Sáenz Peña, igual que el nombre del nosocomio municipal en la zona sur, declarado por UNICEF Argentina, en agosto del 2001, Hospital Amigo de la Madre y el Niño, este visitante ilustre del Rosario de 1913, fue el autor de la ley 8.871 que terminó con décadas de fraudes electorales al imponer el voto universal, secreto y obligatorio para los varones de la Argentina, hasta que llegó Eva Duarte de Perón y logró el sufragio también de las féminas, derecho ciudadano imprescindible para el ejercicio de toda buena democracia, últimamente no valorado ni practicado en su justa medida.
Hoy, más que nunca, hay que recordar lo dicho por Sáenz Peña al presentarse en el Congreso: «He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario, quiera el pueblo votar».
Volviendo al monumento al Padre de la Patria que se erige en la plaza homónima, terreno donado por Marcos Paz, el “pero” de la introducción de este capítulo de Rosario Sin Secretos, hace referencia a un dato poco conocido pero sumamente llamativo y pintoresco de nuestra historia urbana.
Mientras en todo el mundo los monumentos a San Martín están ubicados señalando el punto geográfico donde están ubicados los cuatro cordones montañosos de la Cordillera de los Andes que gloriosamente cruzó para liberar a Chile, Perú y Argentina, en Rosario fue colocado de espaldas a la misma y señala hacia el Este, el sentido cardinal absolutamente contrario.
Nos queda la duda si fue una distracción de las autoridades de entonces -viene bien recordar que en 1912 Rosario tuvo ¡seis intendentes!, los coroneles Felipe Goulu y A.J. de Urquiza, Francisco Correa, César Nocetti, Julio Bello y Julián Daniel Infante- o fue un guiño de la historia para colocarse de frente y mirando hacia lo que sería la clínica de uno de los más acérrimos sanmartinianos con los que contó nuestra historia vernácula, el doctor Carlos de Sanctis.
La ciudad Boulogne Sur Mer, en cuya catedral estuvieron inhumados durante más de una década los restos del genio militar admirado por los ejércitos del mundo, fue una de las más castigadas de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Tuvo que soportar 487 bombardeos y reiterados ataques navales.
El monumento galo -idéntico en parte al que disfrutamos cada vez que acertamos a pasar por una de las plazas emblemáticas del Paseo del Siglo, concluido en la fundación artística J.F.M Garzía, de Buenos Aires-, está ubicado en la calle costanera Saint-Beuve, en el barrio de Saint Pierre, de la ciudad francesa que tuvo el privilegio de acompañar al Santo de la Espada en los postreros días de su gloriosa existencia.
Nunca mejor elegido ese nombre, porque seguramente fue su “santidad” la que provocó el milagro de no haber recibido un solo rasguño frente a la demencial andanada de 1.200 toneladas de proyectiles descargados por los 300 aviones que levantaron un dantesco infierno de fuego y humo aquel 15 de junio de 1944 cuando las fuerzas aliadas atacaban la base de submarinos alemana, ubicada a escasos 200 metros de la estatua ecuestre de San Martín. Todo sucumbió en su derredor, quedando sólo ella intacta.
Allá le llaman “el milagro de la estatua de San Martín”.
Protección especial y Divina, sin dudas, como la que tuvo la capilla de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, cuando unos treinta buques de guerra de la armada francesa, al mando del general Lavalle, bombardearon la Ilustre y Fiel Villa durante 10 horas seguidas, en aquel julio de 1840.
Decía al respecto Eudoro Carrasco, el primer socio que le puso el capital a La Capital y su imprenta de calle Puerto (¡oh, Providencia, hoy San Martín!) a disposición a Ovidio Lagos para fundar el Diario decano de la prensa argentina, que, “antes de comenzar el bombardeo, la mayor parte de las familias abandonaron el pueblo, mientras los hombres auxiliaban a las baterías ubicadas en las barrancas”.
La villa prácticamente sucumbió bajo el fuego. La capilla, sin embargo, permaneció intacta como el “milagro de San Martín” en Boulogne Sur Mer, cual providenciales símbolos de resistencia y esperanza.
¿Algunos nombres para recordar y honrar, que actuaron en la defensa del Rosario, diez años antes que se produjera la muerte del insigne prócer? El general Ángel Pacheco, el mismísimo soldado que, entre muchas otras acciones militares actuó con San Martín en San Lorenzo, participó de las batallas de Vilcapugio y Ayohuma y también cruzó junto a él los Andes; el capitán Agustín Fernández y el juez de Paz Matías Nicolorich, el croata que se casó con tres rosarinas, dos de ellas hermanas, y construyó, frente a la plaza 25 de Mayo, la primera casa de altos. De su apasionante historia, pronto nos ocuparemos y les compartiremos, merced a una investigación encarada junto a la arquitecta Romina Nesis.
Mientras tanto, en el día que honra la memoria del Libertador, y en coincidencia con el mes de la PachaMama, o Madre Tierra, representantes de los pueblos originarios celebraron la Patria que compartimos desde los albores, con música, comida y costumbres ancestrales en la Plaza homónima ubicada frente al Museo Histórico Provincial “Doctor Julio Marc”, en el corazón del Parque de la Independencia.
Gran guitarrero y amante de la música nacional, seguro que San Martín, al igual que el populoso público asistente, habría disfrutado del taller de cestería, del Coro Quechua Miski Takiy, el Grupo Musical Qom, el Grupo Folkórico Ñaupa Cunan, el Ballet Sipan y la Orquesta Folklórica Municipal de San Lorenzo, provenientes estos últimos de allí mismo donde él libró su trascendental y estratégica batalla en suelo americano.
Los pueblos originarios argentinos, bolivianos, chilenos, paraguayos, peruanos, todos integrantes y partícipes necesarios de la Patria Grande que soñaron Bolívar y San Martín, celebraron la vida en comunidad y en paz, coincidiendo con la premisa de la espectacular muestra expuesta en el Marc: “La guerra es una gran porquería”, imperdible por su descarnada denuncia gráfica sobre el horror y el infierno que ella significa.
Este episodio bélico, no tan lejano en el tiempo, de la guerra del Chaco Boreal que enfrentó a Bolivia y a Paraguay, con un trasfondo económico en el que intervinieron multinacionales petroleras, ¡cuándo no!, parece quedar prisionero -para el espectador- entre la intervención artística y fotográfica montada y una vitrina que reúne sendos objetos personales de los protagonistas del encuentro en Guayaquil:
Un tintero que perteneció al líder fundamental de la independencia de lo que hoy constituyen Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá, y el astrolabio de plata aleada y burilada que utilizaba para guiarse el Libertador de Argentina, Chile y Perú. En el anillo astronómico de medición puede leerse la inscripción: “Soi de Dn. J. de San Martín, Buenos Ayres”.
El Marc es el primer edificio construido en el país con destino a ser museo, sobre los terrenos que alguna vez fueran de la estancia de los Tiscornia, y con una base histórica contundente y clarificadora: América India, América Patria, América Colonial, maravillosamente consagradas en las imponentes esculturas que están en el frente original de la monumental obra arquitectónica, realizadas por Troiano Troiani, el mismo autor del “Monumento a la Coima”, que “adorna” el ex Ministerio de Obras Públicas, hoy de Salud, en la avenida 9 de Julio, de la ciudad autónoma de Buenos Aires.
El proyectista del Museo Histórico Provincial “Doctor Julio Marc” fue el arquitecto Ángel Guido quien también, junto a Alejandro Bustillo, diseñó entre muchas otras obras, nuestro apoteósico Monumento a la Bandera, declarado “Histórico y Nacional” recién en 1989, pese a haber sido inaugurado en 1957. Pero esto será tema para otro Rosario Sin Secretos, igual que una entrevista exclusiva que tuvimos con el argentino más famoso del mundo.





