LUNES, 20 DE JUL.

El agua se agota: la ONU advierte que el planeta ya entró en una “bancarrota hídrica”

Un informe histórico de Naciones Unidas alerta que el uso insostenible del agua cruzó un umbral irreversible a escala global. No obstante, especialistas señalan que, aunque la Argentina enfrenta serias advertencias, todavía está lejos de una quiebra hídrica total.

La humanidad ya no solo consume el agua que la naturaleza repone cada año, sino que también agotó reservas acumuladas durante milenios en glaciares, humedales y acuíferos. Así lo afirma un nuevo informe de las Organizaciones de Naciones Unidas, que advierte que el planeta ingresó en una etapa de “bancarrota hídrica global”, un punto de no retorno para muchos sistemas naturales, cuya capacidad de recuperación quedó severamente dañada por la demanda humana.

El estudio, elaborado por el Instituto del Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (INWEH), sostiene que los conceptos de “estrés” o “crisis” hídrica ya no alcanzan para describir la situación actual. A diferencia de una crisis, que implica un evento temporal y reversible, la bancarrota hídrica representa un daño acumulado que dejó a numerosos sistemas acuáticos sin margen de recuperación.

En ese sentido, el informe traza una analogía económica, durante décadas la humanidad utilizó el agua como si dispusiera de una cuenta bancaria inagotable. Sin embargo, además de gastar el “ingreso” anual de lluvias y ríos, vació los “ahorros” naturales, generando acuíferos compactados, lagos que desaparecen y deltas que se hunden. “Muchas regiones han vivido muy por encima de sus posibilidades hidrológicas. El saldo ya es negativo”, advirtió Kaveh Madani, director del INWEH y autor principal del informe.

Las cifras refuerzan la gravedad del diagnóstico. Actualmente, el 75% de la población mundial vive en países con escasez o inseguridad hídrica. Más de 2.200 millones de personas carecen de acceso a agua potable gestionada de forma segura y alrededor de 4.000 millones sufren escasez severa al menos un mes al año.

Además, en los últimos 50 años se perdieron unos 410 millones de hectáreas de humedales, una superficie equivalente a la Unión Europea, con un costo ecosistémico superior a los cinco billones de dólares anuales.

El deterioro también se observa en las aguas subterráneas, que hoy abastecen la mitad del consumo doméstico global y el 40% del riego agrícola. Según el informe, el 70% de los principales acuíferos del mundo muestra tendencias de descenso sostenido, lo que provoca hundimientos del suelo en más de seis millones de kilómetros cuadrados y reduce de manera permanente la capacidad de almacenamiento de agua.

Asimismo, la agricultura responsable del 70% del uso de agua dulce aparece como el epicentro del problema. Cuando una región pierde su capacidad productiva por falta de agua, la escasez se traslada al resto del mundo a través del aumento de los precios de los alimentos, afectando la seguridad alimentaria y desestabilizando economías. “No se trata de un problema local, sino de un riesgo sistémico que fluye por el comercio global”, remarcó Madani.

Frente a este escenario, el informe propone un cambio de enfoque, gestionar la bancarrota y no solo la crisis. Esto implica transformar los sistemas productivos, redistribuir un recurso cada vez más escaso y proteger los ecosistemas que aún garantizan agua. En ese marco, la Conferencia del Agua de la ONU 2026 es señalada como una oportunidad clave para impulsar un “rescate hídrico” global.

¿Y la Argentina?
Si bien el diagnóstico mundial es alarmante, especialistas locales advierten que la situación argentina es diferente. Esteban Jobbágy, director del Grupo de Estudios Ambientales del Instituto de Matemática Aplicada de la Universidad Nacional de San Luis, sostuvo que el país no puede considerarse en bancarrota hídrica, aunque sí enfrenta múltiples señales de alerta.

“El país tiene problemas que se pueden solucionar si se actúa a tiempo”, explicó Jobbágy. Como ejemplo, mencionó la cuenca del Río de la Plata, donde comenzaron a registrarse floraciones de algas asociadas a la bajante, los incendios y la contaminación agrícola, y el uso intensivo de aguas subterráneas en provincias como San Juan, donde ya se evidencian tensiones en los acuíferos.

No obstante, el investigador destacó que la Argentina también enfrenta problemas opuestos a los que describe el informe global, como inundaciones y salinización de suelos, producto de cambios en el uso del suelo y de una historia de abundancia hídrica. “Si no queremos aprender sufriendo, deberíamos aprender del sufrimiento de otros”, concluyó.

Así, mientras el mundo enfrenta una quiebra hídrica sin precedentes, el caso argentino aparece todavía como una advertencia temprana, una oportunidad para corregir el rumbo antes de que la cuenta del agua también quede definitivamente en rojo.

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