DOMINGO, 19 DE JUL.

Juan Rulfo y los territorios del silencio

La llegada de México: la mirada de Juan Rulfo a Rosario invita a recorrer la obra fotográfica de uno de los grandes narradores latinoamericanos. Entre pueblos vacíos, caminos polvorientos y memorias suspendidas, sus imágenes siguen dialogando con los márgenes rurales de América Latina.

 

Hay pueblos donde el silencio parece quedarse a vivir entre las paredes.

En las fotografías de Juan Rulfo el tiempo no avanza: se acumula. Se queda detenido sobre los muros agrietados, en los caminos vacíos, en las iglesias inmóviles bajo un cielo quieto. Sus imágenes parecen tomadas después de una ausencia. Como si alguien acabara de abandonar la escena unos segundos antes del disparo.

Ahora, esa mirada llega a Rosario con la exposición México: la mirada de Juan Rulfo, que se exhibirá en Plataforma Lavardén. Pero entrar en las fotografías de Rulfo implica mucho más que recorrer una muestra. Es ingresar a un territorio donde la memoria, el abandono y la quietud construyen una de las miradas más profundas de América Latina.

Hay algo en las fotografías de Juan Rulfo que resulta familiar para quienes alguna vez atravesaron los márgenes rurales del continente. Los pueblos quietos, las casas bajas vencidas por el tiempo, los caminos secos, las miradas endurecidas por el sol. Sus imágenes parecen dialogar con esos territorios donde el abandono estatal, la memoria y la resistencia todavía forman parte del paisaje cotidiano.

Mirar a Rulfo desde Rosario inevitablemente remite a otros caminos. A los pueblos del norte argentino, al monte profundo del Gran Chaco, a las comunidades indígenas y criollas que sobreviven lejos de las grandes ciudades. Lugares donde la tierra, las distancias y el calor moldean otra relación con el tiempo y con el silencio.

En las fotografías de Rulfo no hay búsqueda de exotismo. Tampoco una mirada romántica sobre la pobreza rural. Sus imágenes están construidas desde otro lugar: la observación paciente. Una forma de acercarse al territorio sin invadirlo. Como si comprendiera que ciertos paisajes no necesitan ser explicados, sino escuchados.

Gran parte de su obra fotográfica nació en movimiento. Mientras recorría distintas regiones mexicanas por trabajo, Rulfo fue construyendo un archivo visual atravesado por la soledad, la arquitectura y el paisaje. Fotografiar parecía ser para él una forma de caminar.

De detenerse frente a aquello que el progreso dejaba atrás.

En sus imágenes aparecen pueblos suspendidos en el tiempo, iglesias erosionadas, calles vacías y figuras humanas pequeñas frente a la inmensidad del entorno. Incluso cuando no hay personas, todo parece habitado. Las paredes hablan. Las puertas cerradas guardan historias. El polvo y las sombras producen la sensación de que algo acaba de ocurrir allí.

Tal vez por eso su obra visual dialoga tan profundamente con su literatura. Los fantasmas que recorren Pedro Páramo también atraviesan sus imágenes. No como apariciones visibles, sino como huellas. Como ecos de vidas marcadas por el desarraigo, la violencia y el olvido.

Rulfo no fotografiaba el acontecimiento. Fotografiaba lo que quedaba después.

Esa quizás sea una de las claves de su mirada. Mientras gran parte de la fotografía documental del siglo XX buscaba capturar el instante decisivo, Rulfo parecía interesado en otra temporalidad: la del silencio posterior. La de los espacios donde la historia dejó marcas difíciles de borrar.

Por eso sus fotografías continúan resultando contemporáneas. Porque América Latina todavía convive con muchos de esos territorios invisibles. Comunidades atravesadas por la desigualdad, pueblos alejados de los centros de poder y geografías donde el abandono forma parte de la vida cotidiana.

Las imágenes de Rulfo no hablan únicamente de México. Hablan de un continente entero.

Y quizás allí reside la potencia de esta exposición. No solamente en la posibilidad de acercarse a uno de los grandes autores latinoamericanos, sino en el encuentro con una forma distinta de mirar. Una mirada lenta, atenta y profundamente humana.

En tiempos donde las imágenes aparecen y desaparecen con velocidad, las fotografías de Juan Rulfo todavía obligan a permanecer. A detenerse frente al vacío de una calle, frente a una pared desgastada por el sol o frente a la quietud de un pueblo perdido.

Como si nadie hubiera terminado de irse del todo.

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