VIERNES, 12 DE JUN.

Revalorizar el legado de Carlos Mugica: “Su defensa de la solidaridad y de los humildes lo transforma en un modelo”

El sociólogo Jorge Benedetti presentó en mayo su libro “Mi amigo Carlos Mugica y su tiempo”, a través del cual se destaca el legado del religioso: “En un mundo invivible, es importante levantar un modelo de entrega, de solidaridad, de alguien que es capaz de dar la vida por los hermanos”.

 

El licenciado y miembro fundador del Instituto del Pensamiento Social de la Iglesia (Ipsi), Jorge Benedetti, lanzó el libro “Mi amigo Carlos Mugica y su tiempo”. El material –publicado por Ediciones Ciccus– busca rescatar al religioso como un modelo “de entrega y solidaridad” que es necesario traer a un presente impregnado de individualismo.

En una entrevista exclusiva con Conclusión, Benedetti comentó: “La tapa del libro expone una foto de Mugica con el sagrario. En la contratapa puse los zapatos que usaba el día que lo mataron, porque algún mentiroso decía que gastaba mucha plata en ropa, pero la foto de los zapatos de ese día muestran con qué humildad vestía Carlos. También puse una foto de la festividad popular que se realizó al cumplirse cincuenta años de su martirio. O sea, el cáliz, la humildad y el pueblo”.

— ¿Qué propone el libro “Mi amigo Carlos Mugica y su tiempo?

— El material se presentó el 19 de mayo. La idea no es mirar a Mugica como un personaje histórico. Aunque se narren hechos, el objetivo es que verlo como un modelo para hoy y para el futuro. En la historia de la humanidad siempre hubo modelos para los pueblos, para los católicos son los santos y para la Patria, los próceres. El pueblo genera el modelo y el modelo modela al pueblo, valga la redundancia. Estamos ante un mundo invivible, donde rige la ley del más fuerte y el más rancio individualismo. Esto va a acompañado de un proceso de destrucción de las familias y las comunidades, tanto a nivel nacional como internacional. No hay más una defensa del bien común, sino que priman los objetivos individuales. Entonces toma fuerza la figura de Mugica, que fue capaz de dar la vida por su pueblo, por sus hermanos, por su amor a Jesucristo. Carlos nos permite pensar que hay otro modelo distinto al que estamos viviendo.

—¿Y cómo es el modelo-Mugica para atravesar el presente y el futuro?

—Carlos nació y se crio en una familia acomodada. Su nombre completo es Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe. Por parte materna venía de una familia ilustre y su padre fue legislador de la Ciudad de Buenos Aires, llegó a ser intendente interino y luego fue ministro de Relaciones Exteriores de Arturo Frondizi. Como corresponde a una familia de esta alcurnia, Carlos iba a la Parroquia del Socorro, que es bien paqueta. Ahí conoció a quienes serían sus amigos de toda la vida, como Alejandro Mayol y el padre Alberto Carbone. Con el primero, en 1950, viajó a Roma y al regresar a Argentina decidieron ingresar al seminario. A poco de recibirse le sucedió un hecho fundamental: un antiguo confesor suyo fue designado obispo de Resistencia (Chaco) y lo invitó a que vaya a misionar durante un año. Esto produjo un fuerte impacto en la vida de Carlos, porque conoció una realidad de suma pobreza y vio el impacto ambiental y social que había dejado La Forestal, una empresa británica que fue la principal exportadora de tanino del mundo. El otro hecho que lo golpeó ocurrió cuando desarrollaba una tarea pastoral en los conventillos de San Telmo y una noche se encontró con una pintada a tiza que decía “Sin Perón no hay Patria ni Dios”, firmada por “Los Cuervos”, que eran los curas. En ese momento el Gobierno justicialista había sido derrocado y el peronismo estaba proscripto. Carlos dijo que había participado de la “fiesta orgiástica de la oligarquía” y celebrado la caída del régimen constitucional. Pero ante estas manifestaciones se sintió sumamente impactado y empezó a pensar que se hizo sacerdote para servir a los pobres, pero había algo en lo que se estaba equivocando.

—¿Cómo fue la relación de Mugica con los humildes?

—Muchos sacerdotes jóvenes, y lógicamente laicos, se empezaron a reunir y a discutir los temas que venían de Roma y uno de ellos era la prioridad por los pobres. Ahí empezó a revalorizarse lo que después se denominó la Opción Preferencial por los Pobres. Muchos empezaron a trabajar en barrios marginales, en villas miserias o villas de emergencia. Ellos iban a evangelizar, pero se encontraron a un pueblo argentino muy católico, en cualquier ranchito había un altarcito con la imagen de la Virgen, de San Cayetano o de Ceferino Namuncurá. El grueso del pueblo argentino no era católico práctico en los sacramentos, pero sí en la vida, porque priorizaba el interés y el bien común sobre el particular, ejercía la solidaridad, había un proceso de cuidado común y participaba de la religiosidad popular que estaba signada, fundamentalmente, por las grandes peregrinaciones a los centros marianos. Se dan cuenta de que esa religiosidad era profunda y así nació lo que se llamó “teología popular”, que influyó sobre Mugica, sobre los Curas del Tercer Mundo y sobre el pensamiento del Papa Francisco. Entonces, el que fue a evangelizar terminó evangelizado, el proceso fue al revés. El pueblo es el que evangeliza.

— ¿Qué rol tiene la política en este proceso?

— Hay una evangelización política. Los sacerdotes que habían participado del enfrentamiento entre la jerarquía eclesiástica y el Gobierno constitucional (de Juan Domingo Perón) derrocado en el 1955 tenían una formación opuesta a la del movimiento popular. Pero se dan cuenta de que tienen que repensar ese período (de 1946 a 1955), porque el pueblo lo recuerda como la época de los tiempos más felices.

— ¿Cuál era su vínculo con Mugica?

— En 1952 se crea la “quinta rama” de la Acción Católica Argentina (ACA), que eran los sectores especializados, secundarios, universitarios y profesionales. El responsable de esa área fue designado obispo, por lo que Alberto Carbone quedó al frente y lo convocó a Carlos para que participe en la Juventud Estudiantil y Juventud Universitaria Católica. En esa época yo formaba parte de esta última organización y en ese ámbito los conocí a Carbone, Mayol y Mugica. Yo pensaba que a Carlos lo conocía profundamente, e investigando descubrí que tenía muchas más facetas de las que pude ver. Así como peleaba en defensa de los humildes –en la Universidad de Salvador tuvo un cruce con otro docente, José Alfredo Martínez de Hoz, luego ministro de la dictadura–, también era un tipo de una profunda religiosidad.

— ¿Qué anécdotas tiene de Mugica?

— El monje benedictino Mamerto Menapace me contó personalmente que de noche, cuando iba a cerrar la capilla, se encontraba con Carlos rezando, y le decía que se vaya a dormir. A la mañana, cuando llegaba a abrir, a veces en días de mucho frío, se lo encontraba en la puerta esperando para poder estar frente al sagrario. Mugica estuvo en Cuba clandestinamente y se quedó en la vivienda que tenía Jorge Rulli, un viejo militante de la resistencia peronista, quien me contó que se levantaba y pasaba frente a la pieza de Carlos, y lo veía arrodillado, en calzoncillos, haciendo las oraciones de la mañana. En una oportunidad lo pusieron a tener el incensario, que es un pequeño receptáculo donde se colocan brasas para poner el incienso. Pero como le agarraban raptos místicos, movía este objeto sin darse cuenta de que algunas brasitas caían sobre la alfombra. Hubo que sacarlo de su rapto místico y apagar el fuego, sino iba a terminar muy mal eso.

— El libro, en lo visual, hace énfasis en el cáliz, la humildad y el pueblo. ¿Son estos los valores de Mugica que hay que transmitir?

—El libro tiene un apartado que se llama “Catorce años de la bestia”, el cual señala: “Aunque pudiera parecer agresivo, no lo era. Los amigos le decían La Bestia. Cuando jugaba al fútbol ponía una garra bestial, cuando rezaba no había quien pudiera seguirle el ritmo, cuando había que defender a los pobres, nadie ponía el físico como Mugica. Devolvía los libros irreconocibles, todos marcados, con anotaciones propias. Comía y dormía como si fuera el último día. Fue cura solo catorce años. Se ordenó el 20 de diciembre de 1959 y fue asesinado el 11 de mayo de 1974, a los 44 años. Durante este brevísimo período fue secretario del cardenal primado, misionero en Resistencia, recorrió los claustros de los colegios y universidades más caras y los conventillos de San Telmo, fue líder de un grupo numerosísimos de jóvenes, estuvo en Bolivia para tratar de repatriar los restos de Ernesto “El Che” Guevara, participó de las barricada del Mayo Francés, estuvo clandestinamente en Cuba, fue cura villero e ídolo de los trabajadores y los humildes. Estuvo con Perón en España, participó del selecto grupo que lo acompañó en su regreso al país, y tenía la puerta franqueada para llegar al general cuando lo considerara necesario. Fue oligarca y villero casi al mismo tiempo. Tanto los Montoneros como José López Rega pugnaron por tenerlo a su lado. Trabajó con ambos y en la lógica violenta de la época los dos tuvieron razones para matarlo”. Carlos era un tipo absolutamente multifacético, nunca pasaba inadvertido. Esto lo transforma en un modelo. Su defensa de la solidaridad y de los humildes hoy es retomada por mucha gente. En ese momento había muy poquitos curas villeros, a quienes la gente les pedía que bauticen a sus hijos y que hagan misa el domingo. En cada uno de los lugares se planteó que los ricos tenían un cura descansado y los pobres uno que estaba cansado y estaba un ratito nada más. Carlos ha sido el modelo, y sigue siendo, de todos los curas villeros y de una gran cantidad de laicos. En un mundo y en una Argentina invivible, donde no hay modelos, levantar uno de entrega, de solidaridad, de alguien que es capaz de dar la vida por los hermanos, me parece que es importante.

— Usted también fue uno de los fundadores del Instituto de Pensamiento Social de la Iglesia. ¿De qué se trata?

— El Instituto de Pensamiento Social de la Iglesia (Ipsi) es un ámbito que reúne a personas que venimos tramitando la cuestión social desde hace bastante tiempo, pero también está integrado por un grupo numeroso de jóvenes. En este marco, se nos ocurrió la idea de desarrollar la Cátedra Francisco para tener presente y profundizar en el pensamiento del Papa Jorge Bergoglio. La idea es reflexionar juntos, que no sea un vínculo profesor-alumno, sino una relación de una comunidad educativa que se propone rescatar el pensamiento del pontífice, analizarlo, y fundamentalmente tratar de ponerlo en práctica, que es lo más importante. Aprender los temas sociales de la Iglesia para discutirlos no sirve para nada, sino que lo que realmente vale es llevarlo a la práctica. En la zona de Santa Fe y Paraná fueron jóvenes los que se hicieron cargo del desarrollo, puesta en marcha y ejecución de la cátedra.

— ¿Cómo funciona el Ipsi?

— Es necesario que haya un núcleo local que la sostenga. También hay una plasticidad para darle la forma que cada lugar necesita. Si hay una predominancia sindical, de movimientos sociales o de grupos universitarios, plantearemos el pensamiento de Francisco vinculado a esos temas. La cátedra se adapta a las necesidades propias del lugar donde se desarrolla.

— ¿Qué puede decir del abordaje sindical que se da en la Cátedra Francisco?

— La encíclica “Magnifica Humanidad”, del Papa León XIV, es una continuación y coronación del pensamiento de Francisco. Allí se retoma un texto que tiene más de un siglo y que plantea la necesidad de que los católicos tengan una fuerte participación en el desarrollo de la vida sindical, cosa que hasta ese momento había quedado en manos del anarquismo y comunismo. Tanto Francisco como León plantearon la necesidad de la dignificación del trabajo y de la justicia social. Lo notable de lo que dice León es que hay que replantear la dignidad del trabajo, pero también la del trabajo político. Es hora de que los católicos nos demos cuenta de que no podemos ser meros espectadores, tenemos que tener más participación en el campo sindical y político y animarnos a discutir nuestras verdades. Hoy el neocolonislismo, mediante el manejo de exacerbado de la inteligencia artificial, la manipulación y el manejo de los medios de comunicación, nos trata de subordinar. No puede ser que menos de un 1% de la población mundial concentre más riqueza que el 99%. Los imperios nunca se toman desde afuera, sino desde adentro. Implosionan. El imperialismo internacional del dinero está llegando a su punto de implosión, tardará un año, dos o diez, pero así no es posible vivir más. Estamos destruyendo a las personas, al medio ambiente, a las comunidades, y es necesario repensar todo eso y, por supuesto, revalorizar el papel importante que tiene el trabajo, no solo desde el punto de vista del sustento material, sino desde el punto de vista de la dignidad de la persona.

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