24 de marzo: Manuel Gonçalves Granada, el bebé robado que vivió 4 meses con custodia policial
“Yo no sé dónde nací”, dice el actual secretario de Abuelas, que recuperó su identidad en 1997. En una entrevista con Conclusión habló del valor del proceso de Memoria, Verdad y Justicia, los discursos negacionistas y su historia personal.
- Conclusion TV
- Por Luciano Couso
- Mar 24, 2025
En noviembre de 1976 no se discutía la edad de imputabilidad de los menores, como sucede en la actualidad. No se discutía mucho, no se debatía casi nada. El Congreso estaba cerrado, el Poder Ejecutivo había sido asaltado el 24 de marzo de ese mismo año por una Junta militar que derrocó a la presidenta María Estela Martínez y se arrogó la suma del poder público. La prensa estaba, mayoritariamente, amordazada y censurada. Sin embargo, para el poder cívico-militar que gobernaba el país, un bebé de 5 meses podía importar un potencial peligro, al juzgar por la custodia que Manuel Gonçalves Granada tuvo durante cuatro meses, las 24 horas del día, en la sala de pediatría del hospital San Felipe de la ciudad de San Nicolás. Hasta 1997 Manuel se llamó Claudio Novoa. Hasta entonces, cuando tuvo el resultado de un examen genético que le restituyó la identidad como hijo de los desaparecidos Ana María del Carmen Granada y Gastón Roberto Gonçalves, no supo que era el único sobreviviente de un episodio de represión ilegal que se conoció como La Masacre de Juan B. Justo, por la calle nicoleña en la que su madre y una pareja, junto a sus hijos de 3 y 5 años, fueron asesinados en un operativo conjunto de las policías bonaerense y santafesina, y del Ejército. También descubrió que tenía un hermano, el bajista de la banda Los Pericos, Gastón Gonçalves.
Desde hace una década Manuel es el secretario de Abuelas de Plaza de Mayo, donde trabaja por la recuperación de la identidad de los 300 hijos e hijas de desaparecidos que aún no conocen su verdadera condición. En esta entrevista con Conclusión repasa su propia historia, pone en valor el proceso de Memoria, Verdad y Justicia, reflexiona sobre los “discursos negacionistas” y recuerda que el robo de bebés -que fue parte de un plan sistemático- es un delitos que no prescribe, por lo que se produce “todos los días sobre los cuerpos y las vidas” de personas que hoy tienen entre 45 y 48 años.
—¿Qué significado tiene hoy el 24 de marzo?
—Por el recorrido que hemos hecho como país, el 24 de marzo en particular, instituido como día de la Memoria y puesto en la calle como tal, es quizás el día del año en el que se refleja todo eso que hemos construido como sociedad, de la búsqueda de la verdad, de la memoria y de la justicia. Y en estos tiempos es sumamente importante visibilizar también que estos 24 de marzo no son solo los de aquellos viejos militantes o de personas que por alguna razón van el 24 de marzo a encontrarse en cada una de las plazas de nuestro país, sino que también es un momento para que las nuevas generaciones también hagan ese ejercicio de memoria, de ese tiempo que no han vivido, pero que significa para su presente también parte de las consecuencias que aún padecemos como país. En definitiva, lo que nos ha dejado la dictadura, además de los crímenes atroces cometidos y el secuestro y desaparición de personas y el robo de bebés, es también un país sumido en la pobreza y con muchas cuestiones que aún no hemos podido resolver.
—Hace poco se produjeron dos restituciones de identidad de nietos, por lo tanto no se trata de una cuestión, como a veces suele plantearse, del pasado, ya que en el caso puntual de esos delitos que cometió la última dictadura, se siguen perpetuando en el presente.
—Sí, de hecho están tipificados así. La sustitución de la identidad de una persona hasta que uno no encuentra a esa persona, un bebé robado durante la dictadura que hoy es una persona adulta entre 45 y 48 años, todos los días tiene ese delito se produce sobre su cuerpo, sobre su vida. Porque en definitiva, la sustitución de la identidad es el ocultamiento de su verdadera identidad, la falsificación de sus documentos y el contexto de una vida en la que, lo que uno entiende como lo más puro que podemos tener, que es nuestra propia familia, en este caso no están rodeados de su propia familia, sino de familias que le están ocultando su verdadero origen. Así que ahí hay un delito de acción continua, un delito que sólo termina cuando los podamos encontrar. Estas dos últimas restituciones son una prueba más. Ese daño de la dictadura, dentro del plan sistemático de robo de bebés, cuatro décadas después todavía se mantiene vigente. Por eso nos faltan encontrar a 300 hombres y mujeres hoy que no saben su verdadera identidad y que sus familias están buscando. Así que esos hechos del pasado están muy en el presente nuestro.
—¿Y que te ocurre cuando desde el Estado, desde el discurso oficial, escuchás planteos negacionistas o que de alguna manera de buscar cierta impunidad de las personas que están condenadas o aquellas que están en proceso por aquellos hechos?
—Yo creo que es muy difícil seguir esa agenda porque no es nuestra agenda. O sea, la agenda que ha construido Abuelas, los organismos de hechos humanos, los sobrevivientes y la sociedad que acompañó todo este proceso, viene de muchos años de una construcción, de una idea, de hacia dónde queremos ir con nuestra historia reciente, ¿Qué queremos hacer con esos hechos vinculados a la dictadura? Si bien está sintetizado en el proceso Memoria, Verdad y Justicia, tiene todo eso ya andado. La justicia ordinaria de este país, porque no hemos hecho una justicia especial para juzgar estos crímenes y eso tiene un valor muy importante para mí respecto de la construcción democrática, ja demostrado en infinidad de juicios por qué se pedía justicia y por qué se ha hecho justicia, con procesos en los que se han podido dar todas las garantías a quienes han sido juzgados y en algunos casos condenados, y en otros absueltos. En estos tiempos que se habla tanto de los beneficios que deberían tener, que básicamente conllevan a los pedidos clamorosos de muchos que hoy tienen posibilidades de amplificar esos discursos de las prisiones domiciliarias y plantear esto más como un acto de venganza más que de justicia. Si una persona tiene que estar en prisión domiciliaria ya lo está, la mayoría de ellos hoy ya lo están.
—¿Cómo fue el proceso desde que conociste tu verdadera historia hasta la tarea que estás haciendo hoy como secretario de Abuelas?
—Fue el proceso de la restitución de la identidad. Uno por ahí piensa, se le restituye la identidad a una persona cuando la encontrás. Ahí inicia en realidad, ahí inicia un proceso en el que cuando somos personas adultas nos vamos enterando de una historia de golpe. Y es una historia enorme, y es una historia que tiene además muchas situaciones muy difíciles de procesar. La desaparición de tu mamá, de tu papá, el por qué vos no supiste todo eso hasta ese momento, por qué viviste en otro lugar, con otro nombre. Todas esas cuestiones para cualquier persona es un proceso que creo que inicia y no termina. Y lo que en todo caso uno hace es ir acomodando esa historia en el día a día. Yo, de hecho, ahora estando acá en Rosario (vino a la ciudad a declarar en un juicio de lesa humanidad), estoy acá justamente porque sé quién soy. Si no, probablemente no estaría en Rosario, me seguiría llamando Claudio, estaría en otro lugar, haciendo otra cosa. Y estoy acá porque sé mi verdadera identidad. Entonces, a mí este proceso me llevó a ir transitando lugares, espacios físicos y también de relaciones humanas para ir conociendo de dónde venía, quién era, quién era mi mamá, quién era mi papá. Y eso me vinculó estrechamente a Abuelas. Y al poco tiempo empezó, como una herramienta fundamental para Abuelas, planteada por ellas mismas, la necesidad de que nosotros, los que quisiésemos, pudiésemos contar nuestra historia. Que el testimonio nuestro era el que podía impulsar a otros a acercarse, a buscar su identidad. El correr de los años me fue formando junto a las Abuelas, y en 2011 tuve el privilegio de que me hayan elegido para integrar la comisión directiva.
—Contanos tu historia.
—Yo soy hijo de Gastón González y Ana Granada. Eran militantes de la Juventud Peronista, de la organización Montoneros, eran alfabetizadores de adultos, básicamente su trabajo era político y social en la zona de Escobar. El primer día del golpe, el 24 de marzo del 76, mi papá fue secuestrado y desde ese momento desaparecido. Y mi mamá estaba embarazada de cinco meses, así que salió de la ciudad y empezó a ocultarse porque la dictadura la perseguía a ella también. Fueron no una vez, sino varias veces a buscarla en la casa de mis abuelos. Tuvo la posibilidad, a pesar de que tenía 23 años, estaba embarazada, con su compañero desaparecido, de ocultarse por lo menos hasta el parto. Yo no sé dónde nací. Es parte de lo que ella logró, poder darme a luz en algún lugar fuera del secuestro que la dictadura tenía pensado para las mujeres embarazadas. Porque el plan sistemático de robo de bebés también consistía en eso: si estaban embarazadas el secuestro se daba y se las mantenía con vida en los centros clandestinos para el momento del parto, y todas esas mujeres están desaparecidas. Mi mamá logró que yo naciese en algún lugar, entre comillas, en libertad. Pero luego de mi nacimiento llegamos a San Nicolás, a una casa en la calle Juan B. Justo, donde ya habitaban ahí una familia que también era perseguida por la dictadura. El matrimonio de Omar Amestoy y María del Carmen Fettolini, que eran de Entre Ríos, y que nos dieo lugar a mi mamá y a mí. Ellos vivían también ahí con sus dos hijitos, Fernanda y María Eugenia, de 3 y 5 años. Convivimos ahí hasta que el 19 de noviembre del 76, cuando fuerzas conjuntas del Ejército, la Policía Federal, la Policía bonaerense y la de Santa Fe, cuarenta hombres rodearon la casa a las 6 de la mañana y atacaron. Destruyeron, les volaron las puertas, las ventanas, granadas, disparos de ametralladoras, gases lacrimógenos. Las consecuencias de ese ataque son que yo soy el único sobreviviente de ese operativo. Mi mamá me puso dentro un placard en la misma habitación que estaba ella. Mi mamá fue asesinada con 14 disparos de ametralladora dentro de esa casa, a mí me sacaron de ese placard y nos llevaron a todos al hospital San Felipe, en San Nicolás. Ahí estuve durante cuatro meses, después de reponerme de la inhalación de gases y demás. Igual estuve cuatro meses con custodia policial, las 24 horas, en el área de maternidad, y ellos tratando de encontrar cómo sustituirme a la identidad, lo que efectivamente sucedió, a partir de la intervención de juzgado de menores del juez Juan Carlos Marchetti, que terminó entregándome a una familia con la que él tenía un parentesco. Así es que yo termino en el sur de Gran Buenos Aires, sustituyéndome a mi identidad. Porque podían -o deberían- haberme devuelto a mi familia biológica. Me hubiese criado con el dolor del asesinato y desaparición de mi mamá y de mi papá, por supuesto, pero mi identidad yo la hubiese sabido desde siempre. Eso no fue así, hasta que finalmente me enteré mucho de lo que he contado en esta charla con vos a partir de los 20 años.



