Implosión, agonía e incertidumbre: la previa a las elecciones en Bolivia
La derecha se prepara para volver al poder mostrando una única virtud: la paciencia mientras el Movimiento al Socialismo era dinamitado por dentro. La posible estrategia a largo plazo del bloque popular y las tendencias de la derecha continental.
- Internacionales
- Por Santiago Toffoli
- Ago 17, 2025
Este domingo 17 de agosto se desarollará la primera vuelta de las elecciones presidenciales y legislativas en el Estado Plurinacional de Bolivia, donde todo indica que la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP) llegará a su fin y un candidato de la derecha anti masista accederá al poder después de dos décadas, con la excepción del interregno de Jeanine Añez luego del Golpe de Estado de noviembre de 2019.
El gobierno de Luis Arce Catacora, quien tiene un nivel de impopularidad tal que lo obligó a declinar su candidatura por la reelección hace ya varios meses, finaliza de esta manera con el MAS fragmentado, una crisis económica traducida en niveles inflacionarios altos en relación a los últimos años, escasez de combustible y de reservas y con el dólar paralelo presionando sobre la brecha cambiaria.

Hemos hablado en este espacio del fin de una época en Bolivia, marcado por una segura derrota electoral del MAS y la extinción del Instrumento Político, no sólo como motor del Proceso de Cambio, sino también como la representación de las mayorías sociales bolivianas. Lo que supo ser el único partido con alcance nacional, se presenta a estos comicios en dos candidaturas que no tienen, a priori, la capacidad de alcanzar la segunda vuelta que se desarrollará en octubre si, como todo indica, ninguna figura alcanza el 50% de los votos o el 40% y una diferencia de 10 puntos sobre su perseguidor.
En este marco, Andrónico Rodríguez, quien supo ser el heredero de la estructura sindical que sirvió de trampolín para la carrera política de Evo Morales, no cuenta con el apoyo del ex Presidente y ha perdido terreno en otros sectores que supieron ser parte del MAS. Eduardo del Castillo, Ministro de Gobierno de Arce y principal ejecutor de la judicialización de la candidatura de Evo, no despegó nunca en las encuestas y su intención de voto no supera el 5%.
Por su parte, Evo Morales, quien aún conserva cierta popularidad pero que perdió la lucha política por mantener el partido bajo su control, llamó a votar nulo y parece haber tomado la decisión de representar a aquellos que deberán resistir el embate del próximo gobierno de derecha. En este escenario, Evo buscará ser la cara del descontento de diversos sectores que, entiende, serán protagonistas en el conflicto social que se avecina.

Mientras la izquierda parece haber sacrificado el actual proceso electoral para reconvertirse en el mediano plazo, la derecha se frota las manos para volver al poder después de 20 años de derrotas a manos del MAS. En ese sentido, Samuel Doria Medina y Jorge “Tuto” Quiroga son los dirigentes que se perfilan para habitar la Casa Grande del Pueblo, la sede del Ejecutivo que Morales mudó desde el Palacio Quemado. Ninguno consigue, si nos guiamos por las encuestas, superar el 25% de intención de voto.
Doria Medina, empresario paceño que se candidateó 3 veces a la Presidencia pero se muestra como una cara nueva de la política, prometió resolver los problemas económicos del país en los primeros 100 días de su gobierno. Más allá de su antimasismo declarado, tiene una proto agenda de gobierno vinculada, a grandes rasgos, al retorno a la era neoliberal de los años 90’. Doria Medina hoy tiene el apoyo de los protagonistas del golpe de 2019, que lo identifican como la opción de derecha con mayor capacidad de amplitud y con más posibilidades de alcanzar consensos y acuerdos políticos.

Por su parte, Tuto Quiroga tampoco es una novedad en la política boliviana. Además de haber sido Presidente para completar el mandato del fallecido Hugo Banzer desde 2001 a 2002, también intentó volver al gobierno mediante elecciones en 2 ocasiones. Quiroga se presenta como la opción más intransigente de la derecha. Tomó algunos conceptos esgrimidos por Javier Milei en Argentina y se posiciona como el representante de los sectores más radicales del conservadurismo boliviano.

El domingo tendremos alguna pista sobre si Bolivia confirma la tendencia que observamos en varios países de América Latina y Europa: el proceso de fagocitación de la centro-derecha por parte de la derecha más extrema. En Argentina, Brasil, Chile y Estados Unidos -por citar algunos ejemplos- la derecha tradicional fue engullida por el conservadurismo radical, obligando a correr el eje del debate hacia los límites del consenso democrático. Una victoria de Quiroga confirmaría esta tendencia que, como dijimos, no es únicamente sudamericana.
Finalmente, se abre un proceso de incertidumbre por la propia promesa de conflicto social de los sectores afines a Evo y por la propia agenda de gobierno que prometen implementar los favoritos para esta contienda electoral. Esto abre varias opciones de cara al futuro.

Posiblemente, lo que supo ser el MAS pueda reagruparse y mostrarse como alternativa electoral viable para dentro de un lustro. Otra posibilidad es que la derecha consolide su proyecto de poder y encuentre una forma, legal o por fuera del respeto a las libertades políticas, neutralizar el reagrupamiento de los sectores populares en Bolivia. El otro escenario es que se produzca un proceso de fragmentación de la representación política similar al que sucede en Ecuador o Perú, que con sus matices, terminan colocando en el poder a aquellos que representan la mejor opción para evitar el retorno del correísmo en el caso ecuatoriano, o el fujimorismo en el caso peruano. Donde no seduce el proyecto, une el espanto.
Bolivia es la crónica de una muerte anunciada. En 2021 ya se percibía que la pelea interna entre Arce y Morales le abría una posibilidad a la derecha boliviana que, incapaz de generar un proyecto político que seduzca a las mayorías, solo se sentó a mirar como el MAS implosionaba y ahora aguarda el momento para su retorno triunfal, salvo que haya una sorpresa.

La larga agonía del Proceso de Cambio en Bolivia, que sacó a más de 3 millones de personas de la pobreza y permitió al país crecer como nunca en su historia a caballo de la mejora de la calidad de vida de las grandes mayorías, vuelve a poner de manifiesto el problema de los liderazgos y sus sucesiones, de las luchas de poder y de caudillismo; características propias de la política boliviana, pero que también es muestra de un cuello de botella que no supieron resolver, desde hace décadas, los procesos políticos populares latinoamericanos.

