Día del Fotógrafo: estar ahí para poder mirar
En tiempos en que una imagen puede ser generada sin haber estado frente al mundo, la fotografía vuelve a preguntarse por aquello que la hace necesaria: la presencia, la espera, la cercanía y la memoria. Una reflexión personal en el Día del Fotógrafo.
- Info general
- Por Nicolás Heredia
- Sep 21, 2026
Puedo recordar con facilidad aquel momento en que miré por primera vez a través del visor de una Minolta A5. El mundo reducido a un rectángulo. Un pequeño marco de luz que, sin saberlo todavía, iba a moldear mi manera de mirar la realidad.
Cada 21 de septiembre se celebra el Día de la Primavera, el Día del Estudiante y también el Día del Artista Plástico. Pero ese mismo día, en Argentina y en varios países de América Latina, también se conmemora el Día del Fotógrafo y la Fotógrafa. La fecha recuerda la llegada del daguerrotipo a América Latina, una de las invenciones más conmovedoras de la humanidad: aquella que permitió dejar constancia de que algo —o alguien— estuvo alguna vez frente a nosotros.
A lo largo de estas líneas intentaré pensar qué fue y qué sigue siendo la fotografía. Qué dijeron sobre ella algunos de los grandes fotógrafos y pensadores de la imagen. Pero antes de llegar a esas voces, necesito hablar de la fotografía en primera persona. Porque, como fotógrafo, puedo decir que la fotografía no solo modificó mi oficio: cambió mi vida.
Mi trabajo documental me llevó por caminos muy distintos, pero todos tuvieron algo en común: la necesidad de estar cerca. En Rosario, compartiendo tiempo con personas que habitaban los márgenes de la ciudad en espacios como el refugio Sol de Noche o el Crotario, comprendí que fotografiar no era simplemente acercar una cámara, sino permanecer, escuchar y aceptar que ninguna imagen puede estar por encima de la dignidad de quien tenemos enfrente.
Esa misma certeza volvió a aparecer en otros territorios. En El libro peregrino, después de caminar 21 kilómetros en la procesión de la Virgen de Copacabana, entendí que la fotografía también podía ser una forma de acompañar la fe, el cansancio y la devoción popular. En los campos de refugiados en Francia, la cámara me puso frente a una pregunta difícil: cómo mirar el dolor ajeno sin convertirlo en espectáculo.
Más tarde, los viajes por el Gran Chaco, el contacto con comunidades indígenas y criollas, el trabajo que dio forma al libro Raíz y Cielo y mi vida en el norte argentino, especialmente en Nazareno, terminaron de transformar mi manera de entender el oficio. Vivir con las comunidades, compartir sus días, sus comidas, sus silencios, sus trabajos y sus historias, me hizo comprender que una fotografía puede ser también una forma de convivencia. No se trata solo de llegar, tomar una imagen y partir. A veces, fotografiar implica dejarse transformar por aquello que se mira.

Mientras todo eso ocurría, en casa se vivía otra realidad. Mi madre atravesaba el Alzheimer. Cada vez que comenzaba uno de aquellos viajes, yo sabía que al volver ella recordaría un poco menos de mí, de nuestra relación, de nuestra historia compartida.
Tal vez por eso mi elección de ser fotógrafo documental no pueda separarse de ese vínculo. Mientras mi madre perdía día a día parte de su memoria, yo salía al mundo con una cámara, intentando resguardar algo en la memoria de los otros. Fotografiar, para mí, empezó a tener entonces un sentido más profundo: no era solamente producir imágenes, sino luchar contra una forma de desaparición.
Quizás toda fotografía nazca de esa tensión. De saber que el tiempo pasa, que los rostros cambian, que los pueblos se transforman, que las personas se van, que la memoria falla. Y sin embargo, aun frente a esa fragilidad, alguien decide mirar, encuadrar y guardar una huella.
Roland Barthes, en La cámara lúcida, pensó la fotografía desde ese lugar incómodo y conmovedor. Para él, una fotografía no dice simplemente “esto se parece a algo”, sino “esto ha sido”. Esa es su potencia y también su herida. La fotografía certifica una presencia, pero lo hace cuando esa presencia ya pertenece al pasado. Cada imagen guarda, al mismo tiempo, una prueba y una pérdida.
Tal vez por eso seguimos mirando fotografías familiares, archivos antiguos, retratos de personas que ya no están o imágenes de pueblos que cambiaron para siempre. No buscamos solamente información. Buscamos una forma de contacto. Miramos una foto para acercarnos a algo que el tiempo nos arrebató.

Pero la fotografía no es memoria pura. También es elección. Encuadre. Distancia. Tiempo. Todo fotógrafo sabe que una imagen comienza mucho antes del disparo. Comienza en la forma de mirar, en la decisión de permanecer, en aquello que se incluye y también en aquello que queda fuera del cuadro.
Henri Cartier-Bresson llevó esa idea a una de las formulaciones más conocidas de la historia de la fotografía: el momento decisivo. Para él, fotografiar era reconocer, en una fracción de segundo, cuándo la vida, la forma y el sentido se ordenaban frente a la mirada. No se trataba simplemente de apretar el obturador en el momento justo, sino de estar preparado para que ese momento pudiera revelarse.
Cartier-Bresson decía que fotografiar era poner la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje. Esa frase sigue siendo una de las definiciones más bellas del oficio. Porque reúne tres dimensiones inseparables: pensar, mirar y sentir. La cabeza ordena, el ojo observa, el corazón comprende. Cuando esas tres fuerzas se alinean, la fotografía deja de ser un registro mecánico y se convierte en una forma de conocimiento.
Robert Capa, desde otro lugar, también entendió que la fotografía dependía de una relación física y ética con la escena. Su frase más recordada —“si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es porque no estás lo suficientemente cerca”— suele leerse como una invitación a acercarse con el cuerpo. Y, en parte, lo es. Capa fotografió guerras, desembarcos, exilios, huidas y muertes. Sabía que ciertas imágenes solo podían hacerse estando allí, en el borde mismo de los acontecimientos.
Pero esa cercanía no debería entenderse solo como distancia física. Estar cerca también significa involucrarse, comprender el contexto, aceptar el riesgo de mirar sin comodidad. Para la fotografía documental, esa frase conserva una vigencia enorme: no alcanza con apuntar una cámara hacia el dolor, la pobreza, la fe o la resistencia. Hay que construir una cercanía responsable con aquello que se fotografía.

Esa responsabilidad también atravesó el trabajo de Sara Facio, una de las grandes figuras de la fotografía argentina. Facio no solo hizo retratos fundamentales de la cultura latinoamericana; también ayudó a darle a la fotografía un lugar institucional, editorial y artístico en nuestro país. Su trabajo abrió caminos para pensar la fotografía como una forma de expresión humana y no como un arte menor o un simple oficio técnico.
Hay una imagen de Sara Facio que me interesa especialmente: la fotógrafa que elige la calle antes que el encierro del estudio. La cámara como una manera de salir al encuentro del mundo. Esa decisión resume una ética: la fotografía como recorrido, como contacto, como experiencia vital. No mirar desde lejos, sino dejarse afectar por aquello que se mira.

En ese punto, Barthes, Cartier-Bresson, Capa y Facio parecen encontrarse. Todos, desde lugares distintos, entendieron que la fotografía no ocurre solamente en la cámara. Ocurre en la relación entre quien mira y aquello que es mirado. Ocurre en la distancia exacta entre presencia y ausencia, entre intuición y forma, entre documento y emoción.
Sin embargo, hoy esa relación atraviesa una transformación profunda. Vivimos una época saturada de imágenes. Millones de fotografías circulan cada día en redes sociales, medios digitales y archivos personales. Pero además, una imagen de apariencia fotográfica puede nacer sin que haya existido una escena frente a una cámara.
La inteligencia artificial generativa abrió una pregunta nueva: ¿qué sucede cuando la imagen ya no surge necesariamente del encuentro con el mundo, sino de una instrucción escrita? ¿Qué cambia cuando el disparo fotográfico es reemplazado por un prompt?
No se trata de negar la potencia de estas nuevas herramientas. La IA puede crear imágenes bellas, inquietantes, útiles, imaginativas. Puede ayudar a visualizar aquello que no existe, reconstruir mundos posibles, asistir procesos creativos y abrir nuevas formas de producción visual. Pero conviene distinguir una cosa de la otra: una imagen generada no es necesariamente una fotografía.
La fotografía, al menos en su sentido más profundo, conserva una relación material con un instante del mundo. Alguien estuvo ahí. Hubo luz golpeando sobre un cuerpo, un paisaje, una calle, una multitud, una habitación. Hubo una distancia entre quien miraba y aquello que era mirado. Hubo espera, presencia, decisión.
La imagen generada por IA, en cambio, muchas veces nace de otra operación: ya no parte de la escena, sino del lenguaje. Ya no se pregunta necesariamente dónde debo estar para hacer esta imagen, sino qué debo escribir para producirla. Ese cambio no es solo técnico. Es cultural. Es sensible. Es, incluso, filosófico.
Durante décadas, el fotógrafo tuvo que desplazarse hacia el mundo. Caminar, viajar, esperar, acercarse, convivir, exponerse. Hoy, una parte creciente de las imágenes puede producirse desde la quietud de una pantalla. La escena ya no siempre se encuentra: se formula. El instante ya no siempre se espera: se calcula. La realidad ya no siempre se documenta: se simula.
Y ahí vuelve a aparecer la pregunta por el oficio. ¿Qué significa ser fotógrafo en una época en la que cualquiera puede producir una imagen impactante sin haber estado frente a aquello que muestra? Tal vez la respuesta no esté en defender la fotografía desde la nostalgia, sino en volver a pensar qué la vuelve necesaria.
Quizás lo irreemplazable de la fotografía no sea la imagen en sí misma, sino la experiencia que la sostiene. La convivencia con una comunidad. La espera de una luz. El silencio antes de un retrato. El cansancio de una caminata. El frío de una madrugada. La incomodidad de estar frente a una historia que no nos pertenece del todo. La responsabilidad de saber que cada imagen puede cuidar o lastimar.
Por eso, en este Día del Fotógrafo, me interesa celebrar algo más que una profesión. Me interesa celebrar una forma de estar en el mundo. Una manera de mirar que no busca solamente producir imágenes, sino comprender aquello que tiene delante.
La cámara, cuando se usa con honestidad, puede ser una herramienta contra el olvido. Pero también puede ser una forma de transformación personal. Uno sale a fotografiar creyendo que va a traer imágenes del mundo, y muchas veces vuelve con una modificación profunda de sí mismo.
A mí me ocurrió eso. Cada persona que fotografié, cada territorio que recorrí, cada historia que intenté contar, dejó una marca. La fotografía me permitió acercarme a vidas que de otro modo no hubiera conocido. Me obligó a revisar mis prejuicios, mis distancias, mis modos de mirar. Me enseñó que una imagen no se toma: se construye en una relación.

Y tal vez por eso sigo creyendo en la fotografía. No porque sea más pura que otras formas de imagen. No porque esté libre de manipulación, de artificio o de contradicciones. Sino porque, cuando nace de una experiencia verdadera, conserva algo que todavía me parece indispensable: la huella de un encuentro.
Aquella Minolta A5 sigue acompañándome. Tal vez ya no mire tantas veces a través de su visor, pero cada vez que la encuentro vuelve a traerme el comienzo de esta historia. Haydee ya no está, pero me dejó una certeza: preservar la memoria es también una forma de amor.
Quizás por eso sigo fotografiando. Para que algo de lo vivido no se pierda del todo. Para que aquello que alguna vez estuvo frente a mis ojos pueda seguir hablando, aun cuando el tiempo insista en llevarse las cosas.

