El fútbol, más soccer que nunca: el Mundial, el poder, Messi y todas las historias de la primera fecha
La Copa del Mundo 2026 sin dudas marcará un nuevo punto de inflexión en la historia de la competición. Sí, principalmente por la cantidad de equipos y la modificación de formato, pero también por sus cambios de reglas en detrimento del deporte y por el pasamanos del poder. This is America, y en medio de todo, rueda la pelota.
- Deportes
- Por Santiago A. Fraga (desde Estados Unidos)
- Jun 21, 2026
Por Santiago A. Fraga, corresponsal especial de Conclusión desde Estados Unidos
7 días. 24 partidos. 48 selecciones. 75 goles. 1.248 jugadores. 1.572.884 espectadores en los estadios, más de 54.000.000 a través de los televisores -contando solo los partidos debut de los tres países organizadores- y un sinfín de historias atrapantes y fuertes polémicas que mezclan el fútbol, la geopolítica, la historia, la efectos de la modernidad, las supersticiones y la maquinaria de hacer billetes más grande que existe. Mientras ya se encuentra en desarrollo la segunda semana de acción del evento deportivo, social y cultural más importante del planeta, la Copa del Mundo, vale la pena detenerse y hacer un repaso de todo el agua que ya corrió bajo el puente en la primera fecha del campeonato.
El Mundial 2026 sin dudas marcará un nuevo punto de inflexión en la historia de la competición. Sí, principalmente por la cantidad de equipos y la modificación de formato, pero también por sus cambios de reglas, por el pasamanos del poder y por sus modificaciones de base como el llamado “cooling break”, destinadas exclusivamente a facturar más plata y a intentar, en detrimento de la naturaleza del propio deporte, cautivar a un público norteamericano al que, de todas maneras, no le interesa lo que está sucediendo ni aún cuando pasa frente a su propia cara.
Y es que al caminar las calles de Estados Unidos uno puede percibir que en términos de marketing, packaging y cartelería existe indudablemente una fiebre mundialista, pero por fuera de los turistas y de cierta parte de los residentes latinos, el interés que despierta en los “ajenos” la particularidad de la realización del Mundial no se traduce a la hora de observar con detenimiento un partido.
En efecto, por ejemplo, los diarios de Canadá, país anfitrión, en la antesala de la mayor goleada histórica de su selección en una Copa del Mundo, priorizaron poner en su portada la limpieza de una laguna donde habitan patos o la historia de una familia que recuperó su auto robado, mientras que periódicos como el USA Today del día del debut de la Argentina de Lionel Messi le dedicó unos tres centímetros de su sección de deportes a toda la cobertura mundialista: apenas mencionar los partidos del día.
Cambio de reglas: ¿para qué?
Resulta particular, entonces, que sea para esa misma audiencia desinteresada que el fútbol se convirtió, desde esta copa, en un deporte dividido en cuatro cuartos como el básquet de la NBA y el football americano de la NFL, con una duración por tramo similar a los períodos de 20 minutos del hockey de la NHL.
Más contradictorio (o, en realidad, explícito) se muestra aun que se pierdan hasta más de 5 minutos en algunos “cooling break” cuando luego la FIFA aplica reglas para supuestamente evitar las pérdidas de tiempo y acelerar el juego, como la cuenta regresiva en cambios, laterales y saques de arco. Ya no existe lugar para usar la demora del juego como herramienta táctica, pero ahora es la televisión la única con la capacidad de retrasar los partidos a su gusto.
Y esto, a su vez, impacta negativamente en el juego, ya que se elimina parte del factor físico, estratégico y anímico que hace del fútbol un deporte tan apasionante, donde las rachas de dominio, transición y posesión pueden ser determinantes por sobre el total de un partido. Aprovechar un envión de 5 minutos y meter un gol puede condicionar los 90 totales, pero ahora ese envión puede ser corrompido en pos, únicamente, de meter un anuncio comercial en medio del encuentro. Porque, de igual manera, poco tiempo duró la excusa de que es por el calor y la salud de los jugadores y para que puedan hidratarse, cuando el Mundial se juega en estadios climatizados con aire acondicionado y techo retráctil donde las temperaturas a veces ni siquiera superan los 20 grados.
De igual manera, los técnicos ahora se ven obligados a realizar planteos pensando en cuatro cuartos y no en dos tiempos. Si bien competencias como la Champions League ya anunciaron que no accederán a implementar estos “cooling breaks”, el impacto en este torneo ya es irrefutable, y sienta un precedente preocupante donde los caprichos comerciales y culturales tienen el poder de modificar ya directamente el reglamento y la esencia del juego.
La política, Trump y el pasamanos del poder
Asimismo, otro precedente preocupante es que, por primera vez al menos en la era moderna, la FIFA, que históricamente ejerció un poder supranacional, manejándose como si fuera un Estado e imponiendo sus normas, reglas y condiciones por sobre los países anfitriones y participantes, en esta Copa del Mundo cedió su soberanía en manos de Donald Trump.
De esta manera, se vieron de primera mano las contradicciones en la aplicación de sus propias leyes. En 2023, Argentina terminó organizando de imprevisto un Mundial Sub 20 porque a Indonesia se le retiró la sede tres meses antes, debido a su negativa a permitir que se albergue a la Selección de Israel.
Sin embargo, para este Mundial los Estados Unidos no le permitieron bajo ningún concepto al equipo de Irán poder albergarse en el país, y aun en la solución que encontró la FIFA el país de Trump no le permite a los iraníes permanecer más de 24 horas en su suelo. Están obligados a arribar y retirarse de territorio estadounidense el mismo día del partido, siendo que por reglamento los equipos deben poder permanecer concentrados mínimo 48 horas en el lugar en donde jugarán el encuentro, lo que genera un perjuicio y una desventaja deportiva en el seleccionado islámico.
De la misma manera, numerosos países, principalmente africanos y árabes, no pueden contar con sus hinchas en los estadios porque se les fue rechazada la visa, incluso cuando muchos de ellos ya tenían sus entradas compradas desde hacía tiempo y hasta incluso con las propias entradas que la FIFA le da a las asociaciones. En algunos casos, se adujeron cuestiones sanitarias, mientras que en otros como Irán o Irak simplemente se le rechazaron por motivaciones políticas y de “seguridad”, contradiciendo la primera regla histórica de la FIFA que es que los gobiernos no pueden imponerse por sobre el evento y lo deportivo.
Todo esto por si no hubiera sido ya evidente la pleitesía con la creación de un galardón como el «Premio FIFA de la paz», específicamente para ser regalado por primera (y seguramente única) vez a Trump, herido en su ego luego de no haberse quedado con el Nobel del mismo rubro dos meses antes.
Y ni hablar, también, del hecho de que la Selección de Rusia se encuentra suspendida de toda competición oficial desde 2022 por la guerra con Ucrania, lógica que no fue aplicada a otros países en guerra y con invasiones a otras naciones como la principal anfitriona de este año. El mensaje, entonces, fue claro: la FIFA está por sobre todos, menos Estados Unidos. Un pasamanos del poder que se originó con el FIFA Gate y la “traición” del ente futbolístico al país norteamericano con la elección de la sede 2022 y que se potenció a partir de la segunda llegada de Donald Trump a la presidencia.
Y entremedio, el fútbol
Por detrás de todo eso, la pelota ya está rodando en Norteamérica y los ojos del mundo están posados en lo que ocurre adentro de la cancha en un torneo “arruina-prodes”, donde las sorpresas están a la orden del día al mismo tiempo que la vigencia de jugadores extraordinarios como Lionel Messi y Kylian Mbappé.
Cabo Verde sacándole un empate a la candidataza España en su primera participación mundialista con un Vozinha impenetrable, o la República Democrática de Congo haciendo lo propio con la Portugal de Cristiano Ronaldo, con su gol siendo celebrado por cinco congoleños entre la multitud portuguesa de Lisboa o por otros miles de compatriotas refugiados en Ruanda, desplazados por el brutal conflicto armado en el este de aquel país, son algunas de las imágenes más virales y emocionantes de la primera fecha y de lo que más representa el espíritu noble mundialista.
Mismo causó impresión y admiración las imágenes de una multitud jordana reunida para ver el partido ante Austria en un anfiteatro romano del año 2 antes de Cristo, los escoceses pasados de cerveza festejando su primer triunfo en un Mundial después de 36 años, o los marroquíes celebrando su igualdad ante la siempre potencia Brasil.
En la segunda fecha se sumarían imágenes como las de Curazao consiguiendo su primer punto en su primera copa al empatarle a Ecuador, y el lleno total en Miami para ver el partido con «menor población total» de la historia entre las selecciones de Uruguay (3,4 millones de habitantes) y Cabo Verde (150.000).
Al mismo tiempo, Messi, cuya cara engalana todas las paredes y productos de Miami, brilló como siempre para lograr su primer hattrick en su estreno en esta Copa del Mundo, dándole un importante 3 a 0 a Argentina, mientras que su némesis mundialista, Mbappé, anotó un doblete para que Francia le gane 3 a 1 a Senegal. En la segunda fecha aparecería Lamine Yamal, la joya del presente y del futuro, para que España vulnere tres veces en 20 minutos lo que en la primera jornada había sido una muralla impenetrable por parte del saudí Mohammed Al Owais. En contraposición, a quien le llovieron las críticas fue a Ronaldo, quien se carga al hombro la responsabilidad portuguesa mientras que sus propios compañeros intentan públicamente sacarle ese peso, mientras se encuentra en su búsqueda individual de lo que sabe puede ser su última oportunidad de ganar el torneo más importante de selecciones.
Con equipos debutantes dando más atracción y fútbol que otras selecciones más tradicionales como República Checa y Turquía, en pleno Mundial, las federaciones de Cabo Verde, Curazao, Uzbekistán, RD Congo, Haití, Argelia, Túnez, Marruecos, Egipto, Ghana, Senegal, Costa de Marfil y Sudáfrica emitieron un comunicado conjunto contra Aleksander Čeferin, presidente de la UEFA, que dijo que muchos de los partidos del Mundial se volvían «poco interesantes» por la presencia de selecciones menores, debido al crecimiento de 32 a 48 equipos (expansión que la propia asociación europea aplicó en sus competiciones como la Champions).
La «maldición de Rocky», la foto de Bielsa y otras historias
Entre algunas de las historias peculiares que dejó la primera semana de la Copa del Mundo, se encuentra la de una “maldición” que era popularmente conocida en Estados Unidos pero no en el resto del mundo, y Ecuador lo aprendió por las malas. Resulta que en Philadelphia, una de las sedes de este Mundial, se puede ver una pintoresca estatua de Rocky Balboa, el mítico personaje cinematográfico de un boxeador intepretado por Sylvester Stallone, ubicada en el lugar en donde fue rodada la recordada escena de la película con la gigantesca escalinata del Museo de Arte.
La admiración de la gente por ese film y ese personaje, sumado al clima de fiesta, llevó a que los hinchas que celebraban en la previa le pusieran la camiseta ecuatoriana.
El resultado fue que el equipo de Sebastián Beccacece perdió 1 a 0 frente a Costa de Marfil, lo que llevó a que la oficina de Turismo de Philadelphia emita un comunicado dando a conocer a todos los fanáticos que visiten la ciudad la llamada maldición («The Rocky Statue Curse»), que previamente había afectado a numerosos equipos de fútbol americano y universitarios, y llamaron a que la gente no intente vestir a la estatua con los colores de su equipo. Lo primero que ocurrió luego fue que hinchas brasileños le pusieron una camiseta argentina. ¿Se transferirá la maldición o les saldrá el tiro por la culata?
Otra de las historias discutidas de la primera semana mundialista fue, involuntariamente, protagonizada por Marcelo Bielsa, el rosarino director técnico de la Selección uruguaya. Reacio desde siempre a las generaciones de contenido protocolares, en esta ocasión su poca predisposición al show por fuera del espectáculo futbolístico lo llevó a no ver a la cámara cuando la FIFA tomó las fotografías y videos de jugadores y entrenadores que luego serían utilizadas en toda la gráfica de estadios, televisación y sitios web.
Lo que podría haber sido simplemente un detalle gracioso terminó volviéndose un tema de conversación, con gente apoyándolo (por “no ver a los ojos a la FIFA”) y con una pregunta en conferencia de prensa que terminó por desvelar que todo era (y es) mucho más simple: “No tengo que dar ninguna explicación. Me sacaron la foto como me la sacaron, no soy un modelo. Estaba enfrentando a los fotógrafos y esas fueron la foto que obtuvieron de mí. ¿Pero cuál es la pregunta que ella hace? No tengo ninguna respuesta. ¿También debería explicar por qué no miro a los interlocutores en ese momento? No sé, no son explicaciones que deba dar”.
Este tipo de gestos y reacciones de Bielsa terminan siendo muestras de cordura (paradójicamente) y de respeto por la esencia del fútbol por encima de su espectacularización, y especialmente por sobre mundo contaminado con la perversión de estos tiempos modernos en donde por ejemplo, en Argentina, en cada “cooling break” y en cada entretiempo los espectadores son obligados a ver una publicidad en la que se utiliza cuestionablemente la imagen y la voz de Diego Armando Maradona, pobremente diseñada con inteligencia artificial, para promocionar una casa de nocivas apuestas deportivas. Una frase que condensa y pinta de pies a cabeza toda esta época, de la que hoy estamos viviendo su primera Copa el Mundo.





